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Sergio del Molino: Los niños no se mueren de ocho a tres

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No conozco a Jesús Sánchez Etxaniz, el pediatra del hospital de Cruces en Bilbao que ha sido amonestado por atender a una niña moribunda en su tiempo libre, pero he conocido a un puñado de colegas suyos con una entrega y un compromiso idénticos. He conocido a pediatras oncológicos y a paliativistas que dan su teléfono privado a las familias de los niños en fase terminal para que les llamen a cualquier hora del día o de la noche. He conocido a doctoras que, tras una jornada agotadora, se despiertan a las tres de la mañana y llaman al hospital para preguntar por el estado de su paciente y cambiar pautas y dar consejos. He conocido a profesionales que llevan su vocación y su servicio muchísimo más lejos de lo que las cláusulas de su contrato o su plaza de funcionario les exigen, y gracias a ello, los padres quienes hemos sostenido a nuestros hijos en brazos mientras morían encontramos apoyo, seguridad y cierto consuelo, y nuestros hijos recibieron dignidad.

Ninguno de estos médicos espera una medalla o que pongan su nombre a una calle por ese esfuerzo. Ni siquiera esperan que las familias se lo agradezcan, tan abismadas como están en su propia pena, pero sí les gustaría que, al menos, su entrega no les costase una amonestación, una sanción o un enfrentamiento perpetuo con una administración que solo entiende de hojas de cálculo y jamás mira a la cara a los pacientes.

Porque tampoco conozco las circunstancias laborales y de gestión con las que trabaja el doctor Sánchez Etxaniz, pero sí he visto a gestores mezquinos, a cargos públicos que escamotean recursos y a administradores que se encogen de hombros y se desentienden por completo tanto del dolor de las familias como de los esfuerzos extraordinarios de los sanitarios que las atienden, sin que la precariedad o las restricciones horarias o de recursos humanos les frenen.

 

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