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Eligio Damas: Cuando Cumaná se vistió de luto por la muerte de su hijo poeta

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Por alguna vía llegó la noticia. Y es que las malas siempre llegan, rápido y en el momento preciso. La feroz censura impuesta por el régimen y ejercida con saña por el lápiz rojo de Vitelio Reyes, no quiso tener motivos para ocultar aquella muerte. En un accidente de tránsito, allá lejos, en ciudad de Méjico, donde vivía exiliado, a causa de la  persecución de la feroz dictadura que entonces imperaba en Venezuela, el día 21 de mayo de 1955, había muerto Andrés Eloy  Blanco, parte de la exquisita lista de hijos de la que él llamó, “La ciudad marinera y mariscala” .

Por eso, al día siguiente, los muchachos del liceo Antonio José de Sucre de Cumaná, estábamos cabizbajos y cuchicheábamos de grupo en grupo. El rumor se expandía rápidamente y también comenzó a gestarse una protesta sorda. Por la piel de uno, las ganas de protestar se trasladaron a otro y se fueron con éste a contagiar al grupo más cercano. Éramos víctima de una herida profunda, tanto que nos sentimos  como aquellos paisanos que el días después del 4 de junio 1830, recibieron la noticia del asesinato de Antonio, nuestro “Toñito” Sucre, en Berruecos, habiendo pasado horas antes, en sentido contrario, por Popayán, aquella ciudad en la cual ejecutó una brillante acción militar, de sólo horas, para tomar aquella ciudad un 24 de diciembre de 1818, viniendo de la retaguardia, donde  Bolívar, a manera de prueba de su capacidad militar, pero sabiendo de sus habilidades administrativas y disciplina, aunque también militar, por lo que es pertinente pensar, le sometía a prueba, dadas sus dudas por la intimidad del heroico cumanés con los guerreros orientales, con quienes estuvo en la llamada impropiamente, dada su trascendencia, de manera simple,  “Invasión” de Chacachacare, comandada por Mariño, que llevó  a tomar casi la mitad de la antes Capitanía General de Venezuela.

Nadie levantaba la voz. Cerca de los grupos de estudiantes, con el paltó azul marino guindando del antebrazo derecho y la corbata negra ligeramente ladeada, como protestando el agobiante calor de mi pueblo, la policía acechaba. El día venía avanzando lentamente, más en aquella ciudad tranquila; ya eran las ocho de la mañana. El timbre de entrada del liceo sonó con puntualidad e insistencia. Él, que de ordinario entraba con estridencia hasta la sala de billar de Domingo Ramírez, marcando la interrupción de una partida iniciada quizás diez minutos antes, no fue atendido por nadie en esa oportunidad. Los más nos mantuvimos sentados en las escalinatas de la catedral, justo al frente del liceo, hundidos en la tristeza y la rabia. Había muerto una figura que nos llenaba de orgullo y permanente satisfacción al recordar sus versos y toda su obra literaria que bastante conocíamos.

andres eloy blanco y su familia

Mientras el timbre continuaba su rutina, yo recordaba aquella tarde que le conocí, cuando mi padre, Paco Damas Blanco, su primo, me llevó de su mano al parque Ayacucho a “escuchar a tu primo”, como me dijo. A papá, poeta también, no le interesaba para nada aquel acto electoral en el cual Andrés Eloy, hablaría a favor del candidato de su partido, el novelista Rómulo Gallegos. Iba allí sólo con el interés de escuchar al poeta, gracioso, elegante,  denso orador y compartir luego un rato con él.

En tanto hablaba, frases, juicios políticos, versos y chistes inteligentes se mezclaban con gracia y armonía. Parecía una fuente de agua fresca o la sombra del parral sembrado en el patio interior de su casona cumanesa. Yo apenas tenía nueve años y aquel orador político tuvo la rara virtud de cautivar a un niño. Hasta ese momento, era capaz de apostar mi guante, bate y basta bolsa de “pichas”, metras o canicas, o “pichas”, como decíamos nosotros, que nadie podía hablar con la fluidez, elegancia y amenidad de mi padre. ¡Pues era mi viejo un bello encantador de serpientes!

En la plaza 19 de Abril, que hoy lleva el nombre del poeta, un grupo formaba un círculo y la mirada iba hacia el centro. Tristeza y rabia se mezclaban en el radio de cada mirada.

En el billar, las bolas que corrían mansamente encima de las mesas, al llegar la información de la calle, se detuvieron a manera de protesta y como un homenaje al “hijo bueno que se muere fuera”.

Detrás de la catedral, un grupo más activo y audaz continuaba el cuchicheo e impartía órdenes que, como por arte de magia, se iban transmitiendo a todos los estudiantes dispersos por el área próxima al liceo.

El director del plantel, el profesor Tirso Boada, cansado de hacer sonar el timbre, asustado y preocupado por nuestra respuesta, salió a conversar con nosotros. Recuerdo la forma y el color de su corbata, la gravedad de su rostro, el corte de su traje y hasta el modelo de sus zapatos. Comenzó a hablar, nada me quedó de lo que dijo, si es verdad que algo dijo. No he olvidado su mirada angustiada que saltaba de nosotros a los hombres de corbata negra.

Nadie levantó la voz, no hubo carreras ni empujones. La policía política no tuvo oportunidad de agredir. Todo era tensión y silencio. La noticia de la protesta sorda se desparramó por la ciudad. La población se enteró que estábamos tristes por su tristeza, arrechos por la muerte inesperada del poeta y hastiados de aquella dictadura. La ciudad, la nuestra y del poeta, mostró, además de su dolor, tristeza y luto, también su odio a quienes le arrebataron aquel hijo brillante, gran poeta, ser humano y solidaridad incondicional con la protesta. Hubo una epidemia de protesta callada y a todos les llegó por la piel. Las lágrimas inundaron al río Manzanares y este supo que le faltaba alguien.

 

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