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Yi Fuxian: Lo que Donald Trump acierta respecto de China

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La adopción de aranceles por parte del presidente estadounidense, Donald Trump, ha sido muy criticada, y por buenas razones. Pero el diagnóstico de Trump sobre el sistema de comercio global -y, en concreto, sobre su impacto en la industria manufacturera norteamericana- puede no ser del todo erróneo. El problema, en cambio, es el trato que le da: en lugar de utilizar una motosierra, que probablemente mataría al paciente, debería utilizar un bisturí.

El orden internacional existente, incluido el sistema de comercio global y el sistema monetario basado en el dólar, se establecieron en Bretton Woods, New Hampshire, cerca del final de la Segunda Guerra Mundial. Con Europa en ruinas, Estados Unidos gozaba de un dominio económico indiscutible, incluso en el sector manufacturero: en 1948, cuatro años después de la conferencia de Bretton Woods, más de la mitad de todos los bienes producidos en el mundo eran fabricados por Estados Unidos.

Pero un producto de esa conferencia -los tipos de cambio fijos- resultó no ser tan bueno para Estados Unidos, ya que contribuyó a la caída precipitada del porcentaje estadounidense del valor agregado manufacturero global, del 55% en 1953 al 24% en 1970. La decisión del presidente Richard Nixon de desvincular al dólar del oro en 1971 estabilizó, en gran medida, este porcentaje, que luego se mantuvo prácticamente constante durante treinta años. Pero esto también hizo que Estados Unidos pasara de ser un país con superávit a convertirse en el mayor país deficitario del mundo, ya que impulsó el auge de las manufacturas japonesas.

El Acuerdo del Plaza de 1985 -por el que Estados Unidos convenció al resto del G5 (Japón, Alemania Occidental, Francia y el Reino Unido) para que ayudaran a debilitar el dólar- consiguió reducir el déficit comercial exterior estadounidense. Pero estos logros se vieron erosionados en 1994, cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), y terminaron desapareciendo después de 2001, cuando la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio abrió las compuertas para que los productos chinos entraran a raudales en el mercado norteamericano. Entre 2001 y 2021, el ratio de exportaciones manufactureras estadounidenses respecto de las importaciones se desplomó de 65% a 45%, y el porcentaje de Estados Unidos del valor agregado manufacturero global descendió de 25% a 16%.

De manera que, cuando Trump se queja de que las exportaciones chinas han contribuido al declive de la industria manufacturera estadounidense, tiene razón (hasta qué punto reducir las importaciones chinas hoy revitalizaría la industria manufacturera estadounidense es otra cuestión totalmente distinta). Pero nadie ha pagado un precio más caro por el exceso de capacidad china que China.

Los niños son “superconsumidores”: cuantos más hijos tiene un hogar, más gasta. Pero décadas de políticas de control de la fertilidad han dejado a China con relativamente pocos niños. En 1982, tres años después de que se introdujera la política del hijo único, la relación población total-trabajadores del país era de 2,2, lo que reflejaba un número relativamente elevado de personas dependientes por cada trabajador (de 20 a 59 años). En 2010, la proporción se había desplomado a 1,6, muy por debajo del promedio internacional de 1,8-2,2. (Aunque esta proporción hoy está aumentando nuevamente en China, se debe principalmente a un aumento del número de ancianos, no de niños).

A medida que los hogares se reducían, también lo hacían sus ingresos -de 62% del PIB en 1983 a 44% del PIB en la actualidad-. El resultado ha sido una demanda de consumo baja y decreciente: desde 1983, el consumo de los hogares ha pasado de 53% del PIB a apenas 39%, frente a casi 70% en Estados Unidos.

La debilidad del consumo interno dejó a China dependiente de un superávit manufacturero -que alcanzó 1,86 billones de dólares, o el 10,5% del PIB, en 2023- para proporcionar puestos de trabajo. Dado que Estados Unidos no solo tiene un mercado de consumo enorme y voraz, sino que también emite la principal moneda de reserva del mundo -y, por lo tanto, proporciona al mundo superávit comercial y liquidez-, el sobreconsumo estadounidense se convirtió en el contrapeso natural del exceso de capacidad chino.

Esta relación, que el historiador Niall Ferguson y el economista Moritz Schularick bautizaron como “Chimerica”, parecía inicialmente simbiótica. Pero rápidamente se transformó en algo monstruoso, ya que simultáneamente destruía la industria manufacturera estadounidense -ya en 2009 advertí de una guerra comercial entre Estados Unidos y China- y perpetuaba el desequilibrio entre producción y consumo dentro de China. En otras palabras, el colapso demográfico de China condujo a la sobrecapacidad.

El gobierno chino tiene pocas opciones para abordar su crisis demográfica. Sus intentos de flexibilizar las reglas de fertilidad -sustituyendo la política del hijo único por un límite de dos y luego de tres hijos- fracasaron estrepitosamente, porque los bajos ingresos de los hogares hacían que las familias no pudieran permitirse tener más hijos.

El gobierno parece depositar sus esperanzas en un “dividendo de ingeniería”, ya que China cuenta con más graduados en ingeniería que el resto del mundo combinado. Pero los graduados universitarios suelen encontrar trabajo en el sector de servicios, que solo representa 46% del empleo chino. Cuando otros países alcanzaron la tasa actual de matriculación terciaria de China, sus sectores de servicios proporcionaban entre 70% y 80% de los puestos de trabajo. No es de extrañar que el desempleo juvenil se esté disparando en China y que la cantidad de nuevos matrimonios -la columna vertebral de la fertilidad- caiga en picada.

Al imponer aranceles radicales a los socios comerciales de Estados Unidos, Trump corre el riesgo de debilitar gravemente -o incluso destruir- el sistema de comercio global. Dado que el superávit comercial de China refleja a la perfección el déficit comercial de Estados Unidos, cualquier esfuerzo por reactivar la industria manufacturera estadounidense debería empezar por ahí. Por desgracia para Trump, la única solución real es impulsar la tasa de fertilidad de China, y eso exige un rápido progreso en el aumento de los ingresos de los hogares chinos -algo que ningún arancel puede lograr.

Científico titular de la Universidad de Wisconsin-Madison, encabezó el movimiento contra la política del hijo único de China y es autor de Big Country with an Empty Nest (China Development Press, 2013), que pasó de estar prohibido en China a ocupar el primer puesto entre los 100 mejores libros de 2013 de China de Publishing Today.

 

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