Es demasiado el sufrimiento y dolor acumulados y no de tiempos recientes por tantos ciudadanos de bien y completamente indefensos, salvo por su palabra y su conciencia crítica, por su bandera tricolor que ondeaba vibrante y luminosa entre las manos inermes al caer desplomados, heridos o muertos, fulminados por un balazo o por una bomba lacrimógena disparada como proyectil. Tantos civiles que han sido secuestrados, torturados y devueltos después, como “escarmiento”. Otros que nunca aparecieron o que fueron ajusticiados extrajudicialmente.
Varios de los que espontáneamente salieron en febrero de 2014 fueron asesinados a mansalva, o bien por grupos paramilitares, o bien por individuos de las fuerzas militares o policiales, sin contención alguna ni piedad. En abril, mayo y junio de 2017 y hasta el mismo día, el último de julio, cuando dieciocho personas fueron asesinadas mientras era instalada la ilegal asamblea nacional constituyente, gente inocente ha muerto por amor a su país.
Por expresar su necesidad de manifestar pacíficamente, como ocurrió en las calles de Caracas, en la avenida Francisco de Miranda de Chacao, o en la zona de La Candelaria, o en áreas periféricas de la capital, en Los Salias o San Antonio de los Altos, o en otras ciudades del país, Mérida, Rubio y hasta San Fernando de Apure, al reunirse o marchar para expresar su desacuerdo o reclamo frente a los atropellos, abusos y desafueros del régimen, o simplemente mirando lo que ocurría, o escondidos bajo un carro, como en el Táchira, incluso menores de edad, muchos civiles murieron.
O se fueron en éxodo masivo hacia los más recónditos sitios del planeta. Rota la democracia, al pisotear el estado de derecho, primero con el caudillo carismático barinés y hoy, en 2025, con los que detentan autocráticamente el poder, el país está arruinado; a muchos les costó la vida, asesinados cruelmente o en el exilio. O los que siguen presos, en condiciones materiales infrahumanas, sometidos a humillaciones y a espantosas torturas, indescriptibles por el alcance patológico del sadismo que aplican reiteradamente los esbirros del régimen.
Así ha sido hasta ahora, desde la resistencia democrática en contra de la empecinada lucha del grupo de delincuentes que desafía toda lógica por mantenerse en el poder, a hierro, sangre y fuego. Una figura emblemática, que no desdice de ninguno de los civiles recién y arbitrariamente detenidos, secuestrados o víctimas de la práctica nazi de la sippenhaft, consistente en apresar a los familiares o desaparecerlos para presionar al civil perseguido para que se entregue, es Juan Pablo Guanipa, dos de cuyos hermanos están presos.
Forzado a la clandestinidad, obligado a dejar a sus hijos, incluso los pequeños, al cuidado de terceros, impedido de vivir el duelo por la muerte, hace unos meses, de su esposa, ha sido detenido en la nueva oleada represiva, en estos días de mayo de 2025, con gran despliegue militar y policial, por delación de Melvin Larreal. Por recomendación del actual gobernador del Zulia había sido designado escolta del presidente electo y, a raíz de su exilio, pasó a ser del equipo de seguridad de Guanipa.
Hago un homenaje a su valor, entereza y honestidad. Cercano a María Corina Machado, es un ejemplo grande de decencia, probidad, valentía, de ser demócrata hasta los tuétanos, de desprendimiento y generosidad. Juan Pablo Guanipa, no lo confundamos con otros del mismo apellido, es un verdadero líder: consecuente, honrado, defensor de las mejores causas, inspirador; un servidor público sin amiguismo ni demagogia. ¿Alguien duda de que no estamos en democracia y de que el 25 de mayo ha sido una farsa siniestra y gigantesca?
Una camarilla criminal mafiosa parece haber celebrado pactos diabólicos para perpetuarse, no importa cuán alto sea el precio para la gente indefensa frente a los excesos y transgresiones sistemáticas a los derechos humanos más elementales de parte de los que en Venezuela detentan el poder usurpado. Los militares, que fueron un componente decisivo en la preservación de una democracia recién nacida después del pacto de “conciliación de élites” con “Punto Fijo”, a partir de 1958, han perdido la brújula de cuáles son sus deberes y obligaciones constitucionales.
La formación de las fuerzas armadas ha sido tergiversada al punto de enfatizar hoy el adoctrinamiento pseudorrevolucionario de origen marxista y stalinista de cuño cubano y de alienar a los jóvenes oficiales con consignas y estereotipos que degradan la institución y distorsionan su sentido. El título de mi escrito evoca el lema de la guardia nacional venezolana, porque quiero explorar, no teorías políticas sobre el militarismo o el populismo autoritario, sino el caso emblemático del horror que también viven los militares que aspiran a mantener la institucionalidad y ser fieles a su juramento ante los símbolos patrios, hoy alterados.
Tres de ellos, el capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo, el general Raúl Isaías Baduel y el teniente primero Ronald Ojeda Moreno, son ejemplo trágico de quienes no claudicaron a su honor. Con distintas posiciones, se opusieron a la deriva autoritaria del chavismo y sufrieron consecuencias extremas por mantenerse fieles al ideal de unas Fuerzas Armadas institucionales. A través de sus trayectorias, sus convicciones y las circunstancias de sus muertes, se evidencia cómo el régimen ha vaciado de contenido la noción de “Patria” y ha subordinado la estructura militar a un proyecto político totalitario.
Desaparecido varios días y detenido arbitrariamente por supuesta conspiración, Acosta fue víctima de tortura sistemática y atroz que llevó a su muerte a finales de junio de 2019, como lo reconoció públicamente el propio tribunal militar, mientras permanecía en Caracas la entonces Alta Comisionada de Derechos Humanos, Michelle Bachelet. Su caso ilustra la instrumentalización de la justicia militar y el uso del terror como método de control.
Ojeda Moreno, detenido con engaño cuando estaba asilado en Chile, fue secuestrado, torturado y asesinado en febrero de 2024. Su vida y muerte revelan el alcance extraterritorial de la represión política y la complicidad transnacional. Representa a la nueva generación de oficiales que decidieron romper el silencio.
El general Baduel, figura histórica del chavismo, cercano a Chávez y artífice del retorno del expresidente tras el golpe de abril de 2002, se opuso a la reforma constitucional de 2007, lo que marcó su ruptura con el régimen. Fue encarcelado, desaparecido temporalmente y murió bajo custodia del Estado en 2021. Su caso evidencia la lógica del régimen: nadie está a salvo si cuestiona el poder, ni siquiera los fundadores.
Más allá de la crónica judicial o forense, este esfuerzo por construir memoria es también parte de una historia moral y política que interpela no solo a Venezuela, sino a todo el continente.
@martadelavegav

