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Ricardo Combellas: Pepe Mujica y el Hombre Nuevo

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Desde el primer momento en que oí hablar de Pepe Mujica no solo de mi parte surgieron una espontánea admiración, sino también una especial curiosidad con relación a su vida, más bien las muchas vidas que se entrecruzaron en su existencia. De joven rebelde a guerrillero urbano, una fuerte vida insurreccional, un durísimo confinamiento, el resurgir de la libertad de un nuevo hombre (en realidad el mismo ser humano curtido de experiencia), un exitoso político coronado con la jefatura del Estado de su país, para concluir su tránsito terrenal como un maestro que nos sorprendía con sus ingeniosas respuestas llenas de sabiduría.

Mujica, joven radical que identificamos como de extrema izquierda, tiene que haber compartido, no necesariamente ser convencido, la utopía del Hombre Nuevo, tesis de larga tradición en la historia del pensamiento occidental, sobre todo gracias a la modernidad política que explota con la Revolución francesa, y que se expande como fuego por el orbe, recalando con particular fuerza hasta nuestro días en el marxismo.  En efecto, en los sesenta la Revolución cubana había enceguecido a buena parte de lo más granado de la juventud latinoamericana, que bebía de ella a través de la obra de Ernesto «Che» Guevara, que junto con el argelino Franz Fanon y su influyente Los condenados de la tierra, desarrollaron dicha tesis afincada en el ser revolucionario consciente de su radical misión de cambiar la historia, ser humano auténtico en su forma de ser y actuar, enfrentado al egoísmo dentro de una visión comunitaria profundamente anticapitalista, donde crecería el hombre nuevo, reconciliado consigo mismo y en plena armonía con sus semejantes, en suma la plenitud de un nuevo humanismo, el humanismo socialista.

Pepe Mujica tiene que haber meditado mucho, conversado largamente consigo mismo en la dureza convertida en acero de templanza, del inclemente encierro del cual pudo milagrosamente sobrevivir, para entender que la utopía del hombre nuevo no conduce a la libertad, sino a la servidumbre, y a algo a ello consustancial, la alienación del poder. Pascal recoge en esta frase la idea que deseo transmitir: “Los hombres no hacen el mal con tanto entusiasmo como cuando lo hacen por convicción”. Es el trágico sino de las revoluciones totalitarias, una fuente de reflexión que nos emplaza a valorar el compromiso político de Mujica, que un autor tan agudo como Fernando Mires ha llegado a admirar como una posibilidad de conversión de su vida y pensamiento como modelo en un mito de nuestro tiempo.

Pepe Mujica aprendió de su propia experiencia política, pues tantas veces estuvo confrontado con el poder, sea combatiéndolo o ejerciéndolo, tentado al inclemente peligro de la  alienación del poder, un sutil veneno que se apodera del ser humano  y lo convierte en marioneta del mal al servicio de la destrucción  y el envilecimiento de nuestros semejantes, en pocas palabras, el antihumanismo en su cabal expresión. Repasemos la historia de la humanidad, y comprobaremos el aciertó de que la alienación del poder es la regla y su superación es la excepción.

Esa es la grandeza de Pepe Mujica y la fascinación que nos produce como un modelo a seguir del político en estos tiempos borrascosos, pues él dio testimonio de que el poder no debe ser para disfrutarlo, sino para servir a nobles propósitos, donde siempre deben servir de guías la ética, los valores y las ideas, pero también el desprendimiento, la humildad, la sencillez y el desprecio al odio.

 

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