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Leonardo Padilla: La dignidad como norte y la honestidad como legado

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En estos tiempos turbulentos de la política venezolana, donde la desvergüenza parece campar a sus anchas, la dignidad emerge como un faro de esperanza y la honestidad como un valor imperecedero. Resulta bochornoso escuchar a ciertos “dirigentes” culpar a quienes, con dignidad, se niegan a legitimar una farsa electoral. Sus ansias de poder los enceguecen, incapaces de ver que la verdadera derrota no está en las urnas, sino en la pérdida irreparable de la confianza ciudadana. Un cargo espurio no maquilla la bancarrota moral.

Mi abuelo materno, Luis González, hombre de principios y contemporáneo de Luis Beltrán Prieto Figueroa, nos legó una frase que resuena con fuerza hoy: “Soy un hombre de valor permanente”. Con esa convicción, se retiró de la política cuando sus principios no encontraron eco. Un ejemplo de que la dignidad no se negocia por cargos.

En este contexto de claudicaciones, la figura de Juan Pablo Guanipa se agiganta. Su victoria en la Gobernación del Zulia en 2017 y su firmeza al no doblegarse ante la ilegítima constituyente son un faro de esperanza. Guanipa demostró que la política puede y debe ser un ejercicio de honestidad, un servicio noble a la ciudadanía, no un mercado de prebendas. Su ejemplo nos recuerda que hay políticos con visión trascendente, cuyo norte no es el cargo efímero, sino el bienestar de una sociedad que clama por integridad y que reconoce a quienes actúan fuera de cálculos, María Corina Machado, Edmundo González y otros tantos que insurgen en la opinión pública, como Perkins la Roche y Magaly Meda son buenos ejemplos a seguir.

No todos los políticos son iguales, hay buenos ciudadanos haciendo política y requerimos más incorporaciones a la buena política. Queremos una Venezuela de bien.

Mientras algunos se empequeñecen en sus contubernios y componendas, otros, como Guanipa, crecen en la admiración de quienes anhelamos una política ética y transparente. El 25 de mayo será un espejo que reflejará la talla moral de muchos.

Mantener convicciones firmes en la arena política no es tarea fácil, pero es el camino que dignifica la labor. Los ciudadanos no son ingenuos; observan, analizan y juzgan. El tiempo, ese juez implacable, terminará por develar la verdadera estatura moral de cada actor político. La dignidad y la honestidad, como el valor permanente de mi abuelo, perdurarán como el legado más valioso en la memoria de un pueblo que anhela justicia y libertad.

Ciudadano Libertario.

 

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