Escribo con el peso de un país que se desangra, la garganta rota por un grito que no alcanza el cielo. Para un venezolano, hablar de la muerte de Pepe Mujica es un lujo imposible cuando el régimen del horror nos arranca la vida a diario. Amigos, familiares, rostros que fueron hogar, hoy están presos, desaparecidos o bajo tierra. A pocas horas del secuestro —porque no hay otro nombre para la infamia— del abogado Eduardo Torres, mi memoria se quiebra. Lo conocí recién llegado de Yaracuy, un joven que soñaba con el derecho mientras yo, académico consolidado en la Universidad Central de Venezuela, intentaba enseñar que las ideas podían ser refugio. Hoy, Eduardo es un nombre más en la lista del dolor.
No puedo escribir sobre Mujica sin pensar en William Dávila Barrios, a quien acompañé en su proyecto doctoral sobre derechos humanos y totalitarismos en América Latina y quedó sin tutor porque tuve que salir del país. William, un hombre de 74 años, carga ahora el peso de la crueldad en su cuerpo. No puedo escribir sobre Mujica sin recordar a Enrique Márquez, que creyó en el diálogo y en los mecanismos de una constitución traicionada, y hoy yace preso por atreverse a soñar con la legalidad. El sufrimiento de nuestro pueblo es inmenso; nuestra lucha, titánica. Hemos resistido con todas las formas posibles —en las calles, en las urnas, en el exilio— contra un régimen totalitario, corrupto, desalmado. Ni las palabras de Arendt, con su “banalidad del mal”, bastan para nombrar esta ignominia.
Y sin embargo, me detengo en la fractura de nuestra propia lucha. Me resulta incomprensible que persistan dos tácticas opuestas: una nacional, aferrada a elecciones que se desvanecen en el fraude, y otra internacional, que espera que un Trump mesiánico resuelva lo que nosotros no hemos sabido tejer. Hablaré claro, con la crudeza de quien escribe desde el hueso: Henrique Capriles, esto es contigo. No se trata de llamarte traidor, palabra envenenada por el régimen. Se trata de honestidad. En 2013 nos dijiste que ganamos las elecciones. La multitud que te seguimos estaba dispuesta a todo, a dar la vida en las calles. Pero nos pediste “bailar salsa”, nos pediste calma. Y ahora, cuando Edmundo González Urrutia vence el 28 de julio, cuando Enrique Márquez, Juan Barreto y Vladimir Villegas afirman que en 2013 se contaron los votos, se abrieron las cajas y perdimos, ¿qué nos queda? Arregla cuentas contigo mismo, compañero. O no tuviste entonces la valentía para admitir la derrota, o no la tienes hoy para confrontar a quienes te contradicen. Un líder cobarde es peor que la ausencia de liderazgo. Que se quede en su casa.
Pero hay quienes, como Márquez, participan en elecciones no por cobardía ni por venderse, sino por creer en esa vía. Y siguen presos, los presos y los muertos yacen sin recuerdos. No es posible que, tras tantos años, nuestra dirigencia no aprenda a trabajar en equipo. La lógica caudillista, el mito del libertador o la libertadora, nos hunde en la miseria. ¡Coño! Basta de prepotencia, de llamarnos traidores entre nosotros, de usar el lenguaje del régimen para dividirnos. Trump puede ayudar, claro que puede. Pero no se trata de esperar que resuelva. Un pueblo con vocación de patria teje su destino. Debemos aliarnos con el mundo, no para mendigar, sino para decirle a Trump, a Bukele, al universo entero, cómo queremos que nos ayuden. ¿Es ayuda deportar a venezolanos inocentes? ¿Es negociación encerrar a cientos sin juicio en cárceles inhumanas? ¿Qué significa, entonces, luchar por los derechos humanos? Hasta el peor delincuente merece defensa. Si pudiera gritar con estas letras, lo haría una y otra vez: ¡despierten, dirigentes, dejen de ser tropiezo!
En medio de este torbellino, muere Pepe Mujica. Una vez nos llamó “caribeños” con desprecio, como si nuestro desorden, nuestra pasión, fuera sinónimo de atraso. Escribí un artículo refutándolo, con la furia de quien defiende su raíz. Pero hoy, desde el sur del desarraigo, lo reconozco grande. Mujica fue grande porque vivió como pensaba. Eso es honestidad. Fue valiente defendiendo sus ideas, aunque errara. Los romanos no peleaban con cualquiera; elegían al guerrero digno de la batalla. Reconocer al otro, no por bondad ni cristianismo, sino por pragmatismo, es la única vía para construir unidad en la diferencia. La cohesión es ética, es fuerza para enfrentar al régimen miserable de Maduro. Escribo, y mi cuerpo tiembla. Somos un boceto inacabado, un pueblo que se reescribe en cada herida, en cada lucha, en cada palabra que no se rinde.
Profesor universitario

