I. Todo el mundo le dice Michi o Mishi, no sé cómo se escribe, es una gatica que adoptaron las familias en un condominio del vecindario. La mayoría personas mayores solas que se socorren mutuamente, comparten las cargas y llevan su vida en paz en medio de tantas calamidades conocidas. Hoy tendrán su ágape para agasajar a las madres presentes y recordar a las ausentes. El cuento viene porque en estos días Michi se fugó (literal), y como yo pasaba por allí, me incorporé a la búsqueda. Al rato la encontraron retozando con sus “colegas” en un solar abandonado. Felices e indocumentados. Libres. De eso parece que va la vida. Ese no es el cuento como a ustedes les gusta.
Los gatos son tan hermosa compañía, que en algunas cárceles norteamericanas a los internos se les permite tener un Michi que les acompañe. Eso ha bajado los índices de ansiedad y violencia en esos centros de triste memoria. Y si el interno se porta mal, le quitan el minino, y no se lo devuelven hasta que se corrija. El amor a un gatito puede cambiar una vida marcada por la tragedia…
II. Hoy amanecí pensando en esos animales de pruebas que participaron en la carrera espacial (años 1950-60). Laika fue la más famosa, escogida entre hembras, porque no levantar la pata para orinar era una ventaja-desventaja. La cápsula espacial Satélite Sputnik 1 tenía poca capacidad. Laika murió, fue famosa y lo dejo hasta aquí porque el cuento es largo.
Del otro lado de Atlántico Norte la NASA andaba en lo mismo, pero adiestrando chimpancé que calificara para las misiones espaciales Mercury. El primer elegido fue Chang, comprado por la Fuerza Aérea estadounidense en 457 dólares. Chang era natural de Camerún; su nuevo nombre sería Han, las siglas del centro de adiestramiento. Hizo una sola incursión en el espacio; al llegar fue premiado con una manzana, la foto recorrió el mundo. No pudo ir a las siguientes, se daba cuenta de lo que venía y el pánico a la claustrofobia le ocasionaba crisis incontrolables. Igual que a nosotros.
Fue cedido a un zoo en Washington y alguna vez apareció en TV.
Esos experimentos o pruebas, tanto en la URRS como en USA, llegaron a ser calificados como tratos crueles a los animales; ¿O eran sacrificios por el bien de la humanidad? Ahí te lo dejo.
Laika fue famosa después de muerta. Mientras que Han, al finalizar la gira, recibió como premio una manzana y sonrió. Esa foto recorrió el mundo
III. Es raro conseguir alguien a quien no le gusten las mascotas. Es una moda. En las cárceles sirven y de mucho, como ya les comentamos con los gatitos en los penales de USA. Hay mucha literatura y películas que conmueven, inspiradas en la realidad. El Tren de Aragua tuvo hasta un zoológico en Tocorón; Pablo Escobar, en su famosa Hacienda Nápoles, construyó un parque de atracciones con su respectivo zoológico lleno de hipopótamos. De repente se copió del dictador Juan Vicente Gómez. De los animales el que más amaba era el hipopótamo. Cuentan en Maracay que les hablaba.
Continuando, conocí a alguien que tuvo tiempo en una de esas salas de castigos que tienen en las cárceles llamadas “tigritos”, él hizo dos amigos: un tuqueque y también un halcón que se asomaba en una minúscula ventana todos los días a la misma hora. La mente es tan sabia que le hizo creer que hubo una gran amistad.
Me comentó que, cumplida la condena, le dolió dejar a sus amigos el tuqueque y el halcón.
La costumbre y la necesidad también, son más fuerte que el amor…
IV. Total, que fines y confines, a García Márquez no le gustaban los perros, y dejaba constancia: “… entonces es para mí la hora providencial en que vuelvo a mi casa llena de las tortugas de la buena suerte, del loro que canta los arias entrañables de Puccini y los aromas de las rosas que perfuman la casa sin ladrar, que no muerden, ni se trepan encima de la gente; a los cuales no hay que sacarlos a pasear todas las tardes para que ensucien la ciudad con sus gracias frugales…” Por acá décimos: nadie es perfecto.
V. He llegado hasta aquí por algo. Hace semanas circuló copiosamente una gráfica que hablaba por sí sola: uno de los refugiados en la Embajada de Argentina estaba sentado meditabundo y una Guacamaya lo veía con cierta admiración. No es para menos, ella y sus colegas bajan del Ávila y recorren Caracas en busca de alimentos. Ese buen hombre y los otros “inquilinos” del famoso inmueble le daban a las Guacamayas lo que ellas querían y éstas a su vez le daban a ellos una retribución emocional que en medio de un cautiverio no tiene precio; jugaban, comían y les hacían a esa gente la vida más placentera, dentro de lo que cabe. Al rato, en medio de un gran aleteo y una bullaranga, se iban a sus aposentos en el cerro El Ávila.
Los presos desde la ventana las veían partir hasta que desaparecían en el horizonte. El mismo ejercicio de la gatica Michi que les conté, a buscar su espacio… libres…
Quizás es por eso que en estos días se habla tanto de una tal Operación Guacamaya.
Siempre hay que tener presente: a un preso con dignidad nunca les pueden cortar las alas. Vuelan igualito que las Guacamayas.
¡Feliz día de las madres!
Nos vemos por ahí.

