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Jonatan Alzuru: Alzuru analiza a Jonatan; Prepotencia, pasión, religión y política

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En este artículo analizo la figura de Jonatan Alzuru Aponte a partir de su conversación con José Rafael Herrera, centrada en la pregunta: ¿el Papa es progresista o de izquierda? La discusión revela no solo las posturas ideológicas de Alzuru, sino también su estilo discursivo, su gestualidad y las pasiones que lo animan, los cuales configuran un retrato complejo de un sujeto que oscila entre la convicción, la prepotencia y la defensa apasionada de sus ideas.

La prepotencia como rasgo discursivo

La prepotencia de Jonatan Alzuru se manifiesta con claridad al cierre del diálogo, cuando afirma, movido por el Espíritu Santo, que su palabra es una verdad inapelable. Esta declaración no solo refleja una autoproclamada autoridad, sino también una falta de apertura al diálogo, contradiciendo la humildad que él mismo exigió a María Corina Machado, líder de la oposición venezolana. Desde el inicio, Alzuru adopta una postura crítica hacia los filósofos latinoamericanos, evaluándolos con un tono que denota superioridad. Este comportamiento revela a un sujeto que, lejos de la humildad, se posiciona como árbitro de la verdad, tanto en el ámbito filosófico como en el político.

Performatividad y pasión: el cuerpo en el discurso

La performatividad de Alzuru —su tono, estilo y gestualidad— evidencia una defensa apasionada de lo que considera una verdad absoluta: la posibilidad de evaluar prácticas políticas y religiosas sin recurrir a las categorías tradicionales de derecha o izquierda. Sin embargo, esta defensa se ve opacada por la intensidad emocional que impregna su discurso. Su gestualidad y tonalidad, marcadas por una visible pasión, anulan parcialmente el mensaje que intenta transmitir, incluso cuando sus argumentos puedan tener fundamento. Como señala Baruch Spinoza en su Ética, “los hombres se guían más por el afecto que por la razón; y, por tanto, la multitud, guiada como por una sola mente, no se congrega por un mandato de la razón, sino por algún afecto común”.

La multitud y los afectos: una lectura spinozista

La filosofía de Baruch Spinoza ofrece una clave para comprender tanto el discurso de Jonatan Alzuru como la dinámica colectiva de la oposición venezolana. En su Ética, Spinoza argumenta que las acciones humanas no están primordialmente guiadas por la razón, sino por los afectos —intensidades emocionales como el deseo, la esperanza, el miedo o la indignación— que configuran los vínculos entre los cuerpos y dan forma a la multitud (Ética, Parte III, Proposición 2, Escolio). La multitud, lejos de ser un conjunto de individuos racionales que deliberan fríamente, es un cuerpo colectivo que se cohesiona a través de afectos compartidos, moviéndose como un solo ser en respuesta a estas fuerzas.

En el caso de Alzuru, su performatividad —el tono apasionado, la gestualidad enérgica, la defensa vehemente de sus ideas— revela cómo los afectos moldean su discurso. Su afirmación de estar “movido por el Espíritu Santo” no es solo un gesto de prepotencia, sino una expresión de un afecto dominante: la convicción de poseer una verdad absoluta. Sin embargo, esta intensidad emocional, como señala Spinoza, puede opacar la razón, debilitando la capacidad de persuadir o dialogar. La pasión de Alzuru, aunque refleja una fuerza vital, compromete la claridad de su mensaje, haciendo que su postura parezca más una reacción afectiva que un argumento fundamentado.

Los afectos que Spinoza describe son múltiples, pero algunos son particularmente relevantes para entender tanto a Alzuru como a la multitud opositora venezolana:

Esperanza: La esperanza impulsa a los cuerpos a unirse en pos de un futuro deseado, como la liberación de una dictadura o la recuperación de la justicia. En Venezuela, esta pasión moviliza a la oposición, que se congrega alrededor de la promesa de un cambio político.

Miedo: El miedo, por su parte, aglutina a la multitud ante amenazas comunes, como la represión o la crisis económica. Este afecto puede explicar la urgencia en el discurso de Alzuru, que parece responder a un contexto de inseguridad y precariedad.

Indignación: La indignación surge ante la percepción de una injusticia, como los fracasos políticos o la opresión del régimen. Esta pasión, descrita por Spinoza en su Tratado político, es un motor clave de la resistencia opositora, pero también puede alimentar la polarización, como se observa en la defensa exaltada de Alzuru.

Amor y odio: El amor, entendido como la alegría derivada de un objeto común (un líder, un ideal), cohesiona a la multitud. Sin embargo, cuando este objeto decepciona, el amor puede transformarse en odio, generando movimientos de rechazo o venganza. En Venezuela, el odio hacia los responsables de la crisis une a la oposición, pero también puede nublar el juicio, como parece ocurrir con Alzuru.

Deseo: Como conatus o esfuerzo por perseverar en el ser, el deseo es la base de todas las pasiones. En la multitud, los deseos individuales se entrelazan, formando una red de afectos que amplifica la potencia colectiva.

Estos afectos no son meros sentimientos, sino potencias que atraviesan lo social, configurando la multitud como un plano dinámico donde los cuerpos se afectan mutuamente. En Venezuela, la oposición se articula precisamente a través de estas pasiones: la esperanza de un futuro mejor, el miedo a la perpetuación del régimen, la indignación por las injusticias y el deseo de perseverar frente a la adversidad. Alzuru, como parte de esta multitud, no escapa a esta lógica. Su discurso, impregnado de indignación y esperanza, refleja la experiencia colectiva de un pueblo fracturado, pero su falta de autoconciencia lo lleva a proyectar estas pasiones sin reflexionar sobre su impacto.

Autoconciencia y el riesgo de la ceguera afectiva

Spinoza sostiene que la libertad humana radica en comprender los afectos que nos mueven, en lugar de ser dominados por ellos. Para Alzuru, este es un desafío crucial. Si no se observa a sí mismo, si no analiza las pasiones que subyacen a su prepotencia o su defensa apasionada del Papa, corre el riesgo de estancarse en un ciclo de reacciones impulsivas. Como un atleta que revisa su desempeño para mejorar, Alzuru debe examinarse: ¿qué afectos lo impulsan? ¿Por qué su tono se vuelve defensivo? ¿Cómo su gestualidad refleja su estado emocional? Sin esta introspección, su discurso no solo pierde eficacia, sino que puede fracturar las relaciones con su entorno, desde su familia hasta la comunidad política.

Esta falta de autoconciencia no es exclusiva de Alzuru, sino un rasgo compartido por muchos en la oposición venezolana. La indignación colectiva, aunque poderosa, puede convertirse en un obstáculo si no se canaliza reflexivamente. La esperanza y el odio, si no se moderan, pueden generar polarización en lugar de diálogo. Spinoza nos invita a reconocer estas pasiones no como defectos, sino como fuerzas que, bien comprendidas, pueden orientarse hacia la construcción de una comunidad más sólida.

Religión, política y el espacio público

La conversación de Alzuru también plantea una reflexión sobre el lugar de la religión en la política. Su defensa exaltada del Papa podría interpretarse como una prueba de que los temas religiosos son conflictivos y deben evitarse en el debate público. Sin embargo, esta conclusión es reductiva. La democracia requiere que asuntos como la religión y la política se discutan abiertamente, con respeto por las diferencias, incluso cuando los estilos discursivos varíen. Silenciar estos temas no fortalece la democracia, sino que la empobrece, reduciendo su capacidad para abarcar la pluralidad de experiencias humanas.

Además, la idea de que la modernidad implica la superación de la fe por la razón es cuestionable. En Inglaterra, el monarca es simultáneamente jefe del Estado y de la Iglesia Anglicana, mientras que los billetes estadounidenses proclaman “In God We Trust”. Estos ejemplos muestran que la fe y la razón coexisten en las sociedades modernas, desafiando la narrativa de una secularización absoluta. En el caso de Alzuru, su apelación al Espíritu Santo no es un anacronismo, sino una expresión de cómo la religión sigue siendo un componente activo en la esfera pública, que debe dialogarse con apertura y respeto.

Conclusión

Jonatan Alzuru Aponte, con su prepotencia, pasión y contradicciones, encarna las tensiones de un sujeto inmerso en un contexto político y afectivo complejo. Su discurso, analizado a la luz de Spinoza, revela cómo las pasiones —esperanza, miedo, indignación, deseo— configuran no solo su performatividad, sino también la dinámica de la multitud opositora venezolana. Sin embargo, su falta de autoconciencia lo expone al riesgo de perderse en sus propias sombras, afectando su entorno y las relaciones colectivas. El desafío, tanto para Alzuru como para la oposición, es reconocer estas pasiones, reflexionar sobre ellas y canalizarlas hacia un diálogo que fortalezca la democracia. Solo así, en la aceptación de las propias debilidades y en el respeto por las diferencias, se podrá construir un horizonte colectivo más sólido.

Profesor universitario

 

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