En la tercera década del siglo XXI, el mundo desarrollado se mueve en la preferencia por valores materialistas e individualistas. De hecho, son dos de las tendencias fuertes que se manifiestan en que las personas están menos vinculadas a sus redes sociales/familiares, acentuándose los sentimientos de soledad y aislamiento.
Junto al individualismo y el materialismo, el pluralismo, el igualitarismo, la libertad, la privacidad y la secularización definen y construyen nuestro día a día.
El individualismo, para algunos estudiosos “hiperindividualismo”, es el rasgo más determinante, en nuestro momento histórico, que orientará los cambios a futuro. Se asocia a la desvinculación de las personas respecto de sus grupos y comunidades más directas, en un entorno en donde elegimos que deseamos hacer con nuestras vidas, a la par que se ha acrecentado la dependencia respecto del mercado y del Estado.
El gran sociólogo alemán Ulrich Beck, hace ya cuatro décadas, planteó que, tras la Segunda Guerra Mundial, se había generado un impulso de individualización de tal profundidad, que los sujetos se fueron alejando de sus referentes familiares/sociales y remitidos a sí mismos, con los consecuentes riesgos, oportunidades y contradicciones. Una de las repercusiones más reveladoras es que son el centro de sus estilos de vida, habiendo tomado protagonismo frente a la sociedad. La prueba la tenemos en la aparición de diversas y genuinas familias, construidas por iniciativa individual (como veremos a continuación) y que se negocian con plazos definidos.
Las opciones familiares se han ampliado, también a consecuencia de su privatización, desinstitucionalización y mercantilización. Louis Roussel hace treinta años planteaba existían “… nuevos modelos biográficos en los que los individuos eligen numerosas combinaciones concernientes a la cohabitación, al matrimonio, al divorcio y al recasamiento, al tener o no tener hijos”.
Los hijos/as son, por tanto, más que nunca una decisión meditada y la maternidad y paternidad en solitario son una realidad, que no conlleva estigma alguno (no como antaño, particularmente con las mujeres solteras).
En este contexto, las técnicas de reproducción asistida han adquirido un papel significativo, a consecuencia del aumento de la esterilidad tanto en los varones como en las mujeres. La utilización y mercantilización de estos procedimientos ha dado lugar a que el parentesco se formalice en relación a la vinculación socio-cultural que se origina con el nacimiento de un nuevo ser humano, obtenido a partir de una intermediación científico-tecnológica-mercantil. De ahí que el ser padre o madre se colige, cada vez en mayor medida, al deseo de tener un descendiente, que se conforma a partir de una intermediación económica que enfatiza, por encima de todo, el resultado final.
De lo expuesto cabe deducir que la procreación en humanos es un producto más del mercado, sujeto a las leyes de la oferta y la demanda: los hijos/as como bienes de producción y consumo.
En este contexto, hay aplicaciones diversas en Internet para satisfacer las demandas de quiénes, desde el anonimato de sus atalayas, buscan cubrir su intención de “inmortalizarse” en sus descendientes. Llaman la atención las que se publicitan ofreciendo un servicio sui géneris que se “vende” poniendo en contacto a personas para que formen una familia, sin que medie relación afectiva alguna (“coparentalidad”).
La reproducción se disocia totalmente de la relación amorosa y el nacido se convierte en un medio para satisfacer el deseo de perpetuar los genes, a través de un artificio cultural-tecnológico.
Estas “startup” analizan la compatibilidad de los solicitantes a través de un algoritmo, que en la era de la inteligencia artificial, previsiblemente se perfeccionará y dará lugar a un cada vez mayor uso de esta opción reproductiva, en una trama, como relatábamos anteriormente, de “hiperindividualización” en todos los ámbitos de lo social.
A la luz de lo anterior, cobra especial fuerza la obra de Richard Dawkins El gen egoísta del año 1976, en la que interpretaba la evolución de las especies desde la visión de los genes en lugar del individuo: el gen como unidad evolutiva básica.
Según esta mirada la elección de la madre/padre de los hijos/as trasciende la presencialidad, se instala en la virtualidad, cobrando especial notabilidad las particularidades genéticas de los que se eligen en tan distintivo escaparate.
Queda plenamente constatada que el negocio de la “fabricación” de vida humana avanza, en este nuestro siglo, a buen ritmo y no parece tenga vuelta atrás. Por lo que estimo obligado que nos demos un tiempo como civilización y pensemos, desde la pluralidad y la máxima amplitud de miras, sobre los efectos que puedan tener estas y similares posibilidades sobre las sociedades y los seres humanos.

