pancarta sol scaled

Jonatan Alzuru: Francisco murió pecador como todo santo

Compartir

 

El pecado, en su esencia más honda, no es sino el reflejo de las equivocaciones que, en tanto humanos, cometemos en el discurrir cotidiano. Cada individuo, en mayor o menor grado, alcanza a percibir algunos de sus yerros, aquellos que, por su peso o nitidez, irrumpen en la superficie de la conciencia. Nadie, empero, puede abarcar la totalidad de sus faltas, pues tal empresa exigiría una autopercepción tan exhaustiva que consumiría horas de introspección cotidiana, revisando cada interacción, cada pensamiento efímero, cada omisión inadvertida. Sería, en términos prácticos, una tarea inviable, un desafío que rebasa los límites temporales y psicológicos de la existencia humana. La autoconciencia, por poderosa que sea, no logra abarcar la complejidad inabordable de nuestras acciones y motivaciones, las cuales se entretejen en un tapiz de intenciones, deseos y contradicciones que escapan a la mirada introspectiva.

El verdadero dilema reside en la incomprensión de lo que implica ser santo. En el marco estrictamente cristiano, un santo no es un ser exento de imperfecciones, sino una persona que emprende un periplo íntimo y transformador hacia el autoconocimiento, guiado por la luz del Evangelio. Este proceso no es estático, sino profundamente dinámico; es el arte de esculpir la propia existencia, moldeándola con paciencia y deliberación, en un diálogo constante entre la fragilidad humana y la aspiración divina. El santo, en su inquietud por comprenderse, descubre que amarse a sí mismo constituye un acto de amor hacia Dios, pues en su cuerpo —templo vivo del Espíritu Santo— habita la chispa de lo divino. Este amor propio, lejos de ser egoísta, se irradia hacia los demás, reconociendo en cada persona la misma presencia sagrada. En la fe católica, donde se profesa que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, amar al prójimo deviene, en última instancia, un acto de amor a Dios. Para cultivar esta experiencia, San Ignacio de Loyola proponía los ejercicios espirituales, prácticas de silencio y reflexión que, análogas a la meditación en tradiciones orientales, buscan reconectar al ser humano con su esencia espiritual. No obstante, la perfección absoluta permanece inalcanzable. La muerte, siempre impredecible, interrumpe el camino, y la condición humana, por su propia naturaleza, impide alcanzar un estado de plenitud absoluta. Nadie se conoce por completo, nadie ama con totalidad, ni a sí mismo ni al otro. La santidad es una brújula, un rumbo que orienta pero que nunca se consuma plenamente en esta vida.

El problema más significativo en la tradición católica yace en las biografías de los santos, las cuales, en su afán de idealización, incurren en errores tanto académicos como teológicos. Estas narrativas, salvo contadas excepciones, tienden a ofrecer una visión deformada: los santos, antes de su conversión, son retratados como pecadores, pero tras ella, se transfiguran en figuras de perfección inmaculada. Tal representación no solo es errónea, sino profundamente contraproducente. Idealizar a los santos los despoja de su humanidad, transformándolos en arquetipos inalcanzables que, lejos de inspirar, desalientan a los fieles en su búsqueda espiritual.

Desde una perspectiva académica, estas biografías incurren en múltiples falacias. En el ámbito de la filosofía antropológica, convierten al santo en un ideal abstracto, despojándolo de las contradicciones y luchas que configuran la condición humana. Desde la psicología, ignoran las complejidades de la psique, negando —en términos freudianos— las neurosis y complejos, o —en la visión junguiana— las sombras que todos portamos en nuestro interior. Al hacerlo, estas narrativas soslayan el impacto de las relaciones familiares y sociales en la formación del sujeto. Nadie se forja en un vacío: los padres, con sus errores, los hermanos, con sus rivalidades, y los maestros, con sus influencias, tejen la trama de la psique. Negar esto constituye un error sociológico, pues se desconoce la naturaleza relacional del ser humano. Además, desde el campo de la historia, estas biografías distorsionan los hechos al omitir los errores de los santos para exaltar únicamente sus virtudes, manipulando así la realidad histórica en pos de una narrativa edificante pero sesgada.

Desde el punto de vista teológico, estas representaciones contravienen principios fundamentales. Al presentar a los santos como figuras casi divinas, se los eleva por encima de San Pedro, la roca sobre la cual Cristo edificó su Iglesia, y de los demás apóstoles. En algunos casos, se los sitúa en una posición que roza la igualdad con Jesús o María, lo cual es teológicamente insostenible. No se trata aquí del sacramento de la confesión, que es un mecanismo de reconciliación personal, sino de una verdad más honda: nadie, por más que se confiese con frecuencia, puede enumerar todos sus pecados, pues la autoconciencia humana es intrínsecamente limitada. Reconocer los errores de los santos no es un escándalo, sino una afirmación de su humanidad. No son ángeles; son, como afirmó Nietzsche, “humanos, demasiado humanos”.

Las consecuencias de estas biografías defectuosas son devastadoras para el creyente común. Al presentar la santidad como un estado inalcanzable, generan una fractura entre el ideal y la realidad. El católico, especialmente aquel formado bajo la lógica de la culpa, termina percibiéndose como insuficiente, incapaz de acercarse a la santidad. Esta autoenajenación, esta lucha interna contra la propia humanidad, puede tornarse una vivencia del infierno en la tierra, un estado de tormento espiritual que contradice el mensaje de amor y redención del Evangelio.

Es imperativo que la jerarquía eclesial, inspirada en figuras como Francisco, reflexione sobre la distinción entre la espiritualidad y la condición humana. Francisco, con su llamado a una Iglesia acogedora e inclusiva, exhortaba a cardenales, obispos y sacerdotes a abrir las puertas a todos, proclamando un Dios que perdona incansablemente. Los errores, lejos de ser un obstáculo, son parte constitutiva de la humanidad, tan esenciales como las virtudes que los acompañan. Negar esta dualidad es negar la esencia misma de la creación divina, que abraza tanto la luz como la sombra en su designio redentor.

A quienes, desde su fe católica, critiquen los errores de Francisco —que, como todos nosotros, los tuvo en abundancia por su condición humana—, les convendría contemplarse en el espejo de la humildad. El Evangelio de Mateo (7, 3-5) nos interpela con diáfana claridad:

«¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que hay en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Déjame sacarte la paja del ojo’, cuando tú tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.»

Este pasaje no es un reproche, sino una invitación a la introspección, a reconocer que el camino hacia la santidad no es una carrera hacia la perfección, sino un peregrinaje humilde, sembrado de tropiezos, pero también de redenciones. Solo al abrazar nuestra humanidad, con sus luces y sombras, podemos aspirar a ser, como Francisco, pecadores que, aun en su imperfección, caminan con esperanza hacia la santidad.

Profesor universitario

 

Traducción »