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Li-Young Lee: Autoayuda para refugiados

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Autoayuda para refugiados

Si su nombre recuerda a algún país en el que las campanas
eran usadas en los espectáculos

o para anunciar la llegada y la salida de las estaciones
o los cumpleaños de dioses y demonios,

lo mejor será usar ropas simples
al llegar a los Estados Unidos
y tratar de no hablar en voz muy alta.

Si además usted ha visto a los soldados
golpear y arrastrar a su propio padre
frente a la puerta de la casa
y arrojarlo a una camioneta puesta en marcha

antes de que su madre lo halara desde la veranda
y escondiera su cara entre sus vestidos,
trate de no juzgar con dureza a su madre.

No le pregunte qué creía, por qué desviaba
los ojos del niño
lejos de la historia
hacia aquel punto en que comienza todo el dolor humano.

Y si usted llega a conocer a alguien
en su país de adopción
y le parece ver en ese rostro
un cielo abierto, la promesa de un comenzar de nuevo,
tal vez eso signifique que usted ha llegado demasiado lejos.

*

O si usted cree leer en esa otra persona, como en un libro
en el que faltan la primera y la última página,
la historia de su propio lugar de nacimiento,
un país que ha sido doblemente borrado,
la primera vez por el fuego, la segunda por el olvido,
tal vez signifique que usted ya ha llegado muy cerca.

En cualquier caso, no haga cargar a los demás
el peso de su propia nostalgia o su esperanza.

Y si usted es uno de esos
en los que el lado izquierdo de la cara no concuerda
con el derecho, tal vez se trate de una pista.

Mirar al revés fue una estrategia
que sus antepasados encontraron útil para sobrevivir.
No sé queje por no haber sido hermoso.

Acostúmbrese a ver cuando no mira.
Ocúpese en recordar mientras olvida.
Muriendo por vivir y al mismo tiempo no queriendo seguir.

Es muy probable que sus ancestros hayan decorado
sus campanas de todas formas y tamaños
con calendarios complejos
y diagramas de lejanos sistemas solares;
pero sin un solo mapa para los dispersos descendientes.

*

Y apuesto a que usted ya no podría decir en qué idioma
hablaba su padre cuando le gritó a su madre
desde atrás de la camioneta: «¡Deja que el niño mire!»

Tal vez no fuera el idioma familiar.
Tal vez se tratara de un idioma prohibido.
O tal vez hubiera demasiados gritos
y llantos y el ruido de las armas en la calle.

Nada importa. Lo importante es lo siguiente:
Es bueno el reino de los cielos.
Pero mejor es el cielo aquí en la tierra.

Pensar es bueno.
Pero es mejor vivir.

Estar solo, en su silla favorita
con un libro que le guste
es algo bueno. Pero acostarse acurrucado a alguien
es todavía mejor.


Li-Young Lee es un poeta norteamericano nacido en Yakarta, Indonesia, en 1957. Es descendiente de una influyente familia china. Su bisabuelo, Yuan Shikai, fue el primer presidente de la República China y su padre fue médico personal de Mao Zedong. Aunque este se exilió en Indonesia, acabó recluido diecinueve meses en un campo de prisioneros en Macao. Tras pasar por Hong Kong y Japón, la familia se asentó finalmente en Estados Unidos en 1964. En la Universidad de Pittsburgh, Li-Young Lee conoció a Gerald Stern, quien prologó su primera colección de poemas, Rose (1986). También es autor de los poemarios The City in Which I Love You (1990) y Book of My Nights (2001), por los que ha obtenido diversos premios como el Whiting Writers’ Award, el Lannan Literary Awards o el American Book Award así como la beca de la Fundación Guggenheim. Cuenta además con un libro de memorias, The Winged Seed (1995). En nuestro país la editorial Vaso Roto ha editado sus libos de poesía Mirada Adentro (2012), El desnudo (2019) o La ciudad donde te amo (2023). Presentamos una selección de sus poemas con traducción de Enrique Servín, Adelmar Ramírez, Elisa Díaz Castelo y Adalber Salas Hernández.

 

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