Una de las máximas en política es que “quien tiene el poder debe ejercerlo o, de lo contrario, perecerá”. Así de sencillo. No importa como lo haga, lo importante es que sea capaz de hacerlo frente a los ojos de los demás. Es un asunto de sobrevivencia política más que de moralismo. En política se impone la realidad de los hechos ante los deseos humanos.
Así lo entendió Max Weber, uno de los autores de mayor referencia en el campo de las ciencias sociales. Para este versátil pensador alemán el Estado deja de ser una estructura orgánica y formal para convertirse en el real y monopólico ejercicio de la fuerza legítima sobre un determinado territorio, es decir, quien domine y ejerza a sus anchas el poder en una población, sin que prive ningún tipo de resistencia, es quien representa al Estado.
No es un asunto ético sino real. No se trata de que todos estén de acuerdo, lo que importa es que se practique el poder ante los ojos del colectivo a cómo de lugar. Esto implica el avance y conquista de territorios con un poderoso ejército. Ese es el Estado, nos guste o no, en la concepción weberiana. Tal comprensión resulta vital en los tiempos actuales, signados por la incertidumbre y la desesperanza.
La política, esa actividad centrada en la lucha y ejercicio del poder, no es un juego como muchos creen de forma ilusa. Requiere de fuerza y pasión, es verdad, pero también de astucia, estrategia y resultados concretos. Si los que prometen determinadas metas no logran hacerlas realidad, lo más probable es que siembren desesperanza ante sus seguidores y, en consecuencia, perderán credibilidad para seguir “vivos” en la dinámica política.
Por eso observamos líderes que han estado en la cresta de la ola y, de manera sorpresiva, desaparecen de la preferencia colectiva. Algunos resultan más habilidosos y recurren a tácticas discursivas para seguir generando expectativas, entre la muchedumbre, aunque sean falsas. Es un asunto de sobrevivencia en una actividad de suma complejidad y llena de intereses diversos como la política.
Si no logramos comprender esta visión weberiana del Estado, va a resultar poco esperanzador para la oposición venezolana salir del gran cuadro de incertidumbre donde se encuentra en los actuales momentos. Por ejemplo, en el deporte suele decirse que “el que no hace, le hacen”. Asimismo, ocurre en la política. Quien pretenda cobrar debe hacer lo que esté a su alcance para lograrlo, sino que le diga adiós a ese asunto. Lo real es que el tiempo es implacable en ella. Muentras más transcurre, las esperanza se desvanecen.
¡Así de claro!

