Nota: La procesión del santo sepulcro, del jueves santo, en Río Caribe, Estado Sucre, siempre fue para mí un espectáculo maravilloso, lleno de fe, pero al mismo tiempo de una singularidad y belleza que sólo es posible cuando la creatividad humana se desata libremente. Este relato, no ajeno a la fantasía del narrador, forma parte de una novela del suscrito, supuestamente editada con ISBN, número 978-980-14-0980-9, por El Perro y la Rana, titulada “La mudanza”, pero los ejemplares incorporados a tal edición y el texto enviado por el autor, con tal fin, no aparecen por ninguna parte; al parecer, aún están extraviados en los archivos de Fundarte, desde hace más de 6 o siete años.
Dedico este texto, en primer término “a la abuela”, nuestra inolvidable y amada “Mamaé”, Doña Andrea Echenagucia ya mi inolvidable compañera, nieta de Mamaé. Ambas riocariberas.
Pero llevaba un recuerdo grato, imborrable que, a cada paso de la vida, se le viene de repente, asociado a algo presente, otro recuerdo o simplemente aparece así, porque le da la gana, estando despierto y también con insistencia en sueños de madrugadas: el jueves santo y la procesión del Santo Sepulcro que, sobre la humanidad de los pescadores, le da la vuelta al pueblo y se detiene en la playa a celebrar y escuchar el cante popular para regresar al anochecer al viejo templo.
Los pescadores, por años y como si fuese un compromiso hereditario, habían asumido la tarea de pasear al Santo Sepulcro alrededor del pueblo el jueves santo. Era ese, no sólo el acto central de la festividad religiosa, sino también el acontecimiento que más despertaba entusiasmo en los pobladores y los pocos visitantes. El sacerdote, personaje respetado y hasta venerado en aquel sencillo pueblo costeño, donde la vida transcurría mansamente, ese día perdía su autoridad espiritual y control de los actos religiosos, por la actitud desafiante de los trabajadores de la playa. Desde algún tiempo atrás, así venía sucediendo. Y esa disputa, que cada año se daba en la puerta misma del templo y a lo largo del recorrido del hijo de Dios por el pueblo, como si fuese un acto teatral previamente ensayado, era ya por sí mismo un motivo para despertar entusiasmo, interés y gestos de solidaridad con aquellos humildes hombres que se consideraban los únicos llamados a transportar el santo sepulcro.
En los últimos años, las autoridades de la iglesia, atendiendo el reclamo de vecinos influyentes, instruían al sacerdote de turno que, al transportar la sagrada y muy pesada imagen, permitiese a feligreses previamente mencionados o espontáneos destacados, aparte de la gente del gremio de pescadores, participar en la exigente tarea. También que la ruta a seguir incluyese determinadas calles, de manera que las viviendas de aquellos gozasen del divino don de ver pasar al hijo del señor en su lecho de muerte.
Desde el inicio de la procesión, los pescadores, colocándose rollos de tela, a manera de almohadilla sobre la cabeza, se posesionaban del Santo Sepulcro. El enorme peso de éste tampoco entusiasmaba a muchos a cargarle, aparte de la disposición de aquellos a no compartir la tarea con nadie. Los cargadores, marchaban ocultos tras una cortina o falda que, colgaba desde la parte inferior de los bordes laterales del enorme y pesado recinto de la imagen de Jesús, hasta llegar al suelo, estando aquellos en posición erguida.
Así se inició la procesión. Los cargadores, ocultos debajo del sepulcro, caminaban despacio mientras la botella pasaba de mano en mano; y cuando esta se vaciaba, aparecía otra y otra. Y el Santo Sepulcro, como el año anterior, bamboleando discreta y lentamente, acompañado por las notas que. como lánguidas, salían de los instrumentos de la banda del pueblo, contraviniendo el itinerario oficial, tomaba la avenida principal del pueblo rumbo hacia la playa, pese las protestas airadas del sacerdote y algunos de los feligreses. Y, parsimoniosamente, sin dejar de detenerse con frecuencia para satisfacer la curiosidad y hasta la fervorosa fe de quienes se ubicaban a los lados de la vía, con decisión, los cargadores transitaban la senda que ellos, por su decidida voluntad, habían impuesto al sepulcro del hijo del Señor.
Y el marchar, sólo era afectado por las irregularidades del camino, los efectos tempranos del alcohol o las desviaciones necesarias para pasar de una calle a otra o para girar sobre el eje a manera de saludo a una casa, familia venerable, un templo católico o la estatua de algún prócer, que en el camino esperaba a Jesús mártir. Y aquel giro era ordenado por el cargador primero, ubicado en el frontal izquierdo del sepulcro, avisado desde fuera por un pescador designado para orientar el rumbo, a la voz enérgica de: izquierda o derecha.
De cuando en cuando, se detenía la procesión para sustituir a los cargadores cansados, quienes una vez repuestas sus fuerzas, volvían con el mismo entusiasmo, fe y amor, a servir su sacrificio a la venerada imagen. Y a todas estas, el cura en apariencia al frente de la procesión, rodeado por algunos de los “importantes del pueblo”, a cada instante detenía su rutina para protestar airadamente las iniciativas de los cargadores. En alguna oportunidad, el cura tomó el rumbo que él y sus más cercanos le habían señalado a la procesión, atendiendo a las instrucciones de allá arriba y los cargadores tomaron otro, lo que obligaba a aquel a volver con premura al frente de la santa marcha, no sin protestar en forma airada. La mayoría de los acompañantes de la santa caminata, por el respeto debido a las circunstancias, reían disimuladamente y se sentían felices que aquello aconteciese. Y, la botella continuaba pasando, de mano en mano, bajo del sepulcro.
Los pescadores, con extremada devoción y amor, pero sin atender los reclamos y alaridos del cura, llegados a la playa, colocaron el pesado mausoleo en el centro de la enorme plazoleta que, en ocasiones, servía de mercado público y hasta campo de béisbol. Y allí, rodeados por los creyentes y por quienes no tenían otra cosa que hacer, que era como decir casi todo el mundo en aquel pueblo, iniciaron una fiesta pagana, acompañados por quienes tenían algo que cantar, con voces mayormente aguardentosas, pero no exentas de fe y manifestaciones de amor por toda la humanidad.
Y permanecieron horas en aquel espacio donde, después de las labores de pesca, transcurrían mayormente sus vidas. Y le cantaron y hablaron a Jesús como si fuese uno de ellos. Y los brindis se repitieron a nombre del señor que, era como una forma nada ortodoxa pero sí muy fervorosa de rendir culto al santo.
Y, mientras Jesús, descansaba en su lecho de muerte, los cantantes y grupos musicales lo ofrendaron, continuaron la celebración que ya habían iniciado al principio de la marcha y el público disfrutaba y veneraba, el cura y sus allegados no cesaban la protesta y el reclamo a continuar el paseo por el pueblo, sin cometer actos pecaminosos y por la ruta señalada, acorde con las instrucciones de las autoridades de la iglesia.
Atendiendo al tiempo transcurrido, al cumplimiento de las actividades por ellos señaladas, que obedecían más a la espontaneidad y desafueros de la fe, los pescadores optaron por continuar la marcha. Fue una decisión espontánea tomada por iniciativa de cualquiera de ellos, menos por el cura u otro personaje.
— ¡Vamos a continuà compañeros que es tarde y ya Chucho debería estar llegando a su casa!
–¡Sí, sí, sí!, respondieron afirmativamente tres veces unos cuantos a coro y la procesión se puso de nuevo en movimiento
A esta altura, los pescadores que cargaban a Jesús en su pesado mausoleo, se habían excedido en el consumo de alcohol y no les era fácil mantener el equilibrio. Y este regreso, por una vía distinta a la que le llevó a la playa, pero no la escogida previamente por el cura, constituía un espectáculo que siempre disfrutó mientras estuvo en el pueblo y recordaría toda su vida.
Y a él le agradaba disfrutarlo desde la altura de la escalera más alta de las que rodean la iglesia. Al entrar a la calle para llegar al templo, viniendo desde la Rivero, cerca de la casa de la abuela materna, el mausoleo se bamboleaba con elegancia, iba de derecha a izquierda y de pronto caminando de frente, se inclinaba en la esquina izquierda y luego en la derecha. Y se agachaban los cargadores de adelante y volvían a tomar el equilibrio. Y luego los de atrás y la estructura del mausoleo a cada movimiento crujía, tan fuerte que se escuchaba en cualquier punto donde lo estuviesen observando. Y al acercarse a la iglesia, le imprimían un nuevo movimiento; avanzaban tres o cuatro pasos y unos tantos retrocedían para ejecutar las maniobras anteriores. Como si fuese un bote, bamboleado mansamente por las olas del mar, iba el sepulcro.
Al llegar a la boca del callejón donde vivía la abuela, cuidadora de la imagen venerada de Santa Rita, giraban lentamente a la izquierda de manera que el frente del sepulcro apuntase hacia allá.
La abuela era una autoridad en cuestiones de religión en el pueblo. Los pescadores y la mayoría de los pobladores del sector campesino de los alrededores, algún milagro debían a la santa que en un altar estaba en la sala de la abuela. Y, lo que es más, ésta era la intermediaria indispensable en sanaciones demasiado frecuentes. Y el reconocimiento era tal que, los curas que por el pueblo desfilaban, después de mostrarse renuentes, incrédulos e inapropiadamente competidos, terminaban algún domingo tocando la puerta de la humilde vivienda de la abuela a saber de su salud, compartir con ella un café y finalmente solicitar su opinión en asuntos de la iglesia pueblerina.
La mano de la abuela, colocada con delicadeza justo sobre el punto de la dolencia y las invocaciones a la santa, hechas con convicción y devoción profunda, en tono audible al enfermo, producían milagros, curas increíbles, alegrías donde antes hubo dolor.
Campesinos y pescadores que, en las madrugadas y los domingos, cuando mayormente se enferman los pobres, no encontraban disponible al médico, acudían a la santa ya la abuela, que a veces eran como lo mismo; y allí, en la casita de aquel discreto callejón, se encontraban la cura o por lo menos el consuelo. Y cuando el médico, lo que era en exceso frecuente, no encontraba el remedio a un mal de naturaleza tropical, sin dudarlo iban en busca de la abuela, quien disponía de un abundante arsenal de recursos naturales, de la vieja medicina desconocida y negada en las academias que sanaban con prontitud ya demasiado bajo costo.
Por eso, el cura visitaba a la abuela generalmente los domingos, después de la misa, pero ella nunca devolvió la visita, salvo cuando a su muerte, como a cristo, en su sarcófago, la llevaron antes de conducirla al cementerio.
También por lo mismo, los cargadores del Santo Sepulcro los jueves santo, hacían aquella parada y reverencia.
Plantados allí, a la entrada del estrecho callejón, con gran esfuerzo, bajaban el sepulcro casi a ras del suelo y lo bamboleaban de derecha a izquierda y atendiendo a la voz, la misma que desde que salía de la iglesia ordenaba los movimientos y los cambios de rumbo, lo bamboleaban de izquierda a derecha. Y luego, rítmicamente, se movían hacia adelante y hacia atrás, con su pesada carga. Al fondo, pese a la oscuridad de la temprana noche que ya había caído sobre el pueblo, San Miguel, desde la altura del cerro que se levantaba al final del callejón, donde estaba la casa de la abuela, observaba con respeto y paciencia. Y la música no dejaba de sonar.

