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Eligio Damas: Al verla frente a mí, por su fuerza y encanto, todo se me borró

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Nota: Parte de mis memorias. Continuación de “ Una circunvalación de autobús con un final feliz y bello”, como un homenaje a mi bella e inolvidable compañera, Ana Josefina Valencia de Damas, dado que hoy, 10 de abril, cumplimos 60 años de habernos casado, en Barcelona.


Nunca antes en mí todavía corta vida,

había experimentado tanta alegría, paz

y esperanza; pues ella parecía ser la salida

que buscaba o mejor esperaba, pues no estaba

sujeta a especulaciones y menos a decisiones

de fuerzas superiores a las mías y menos a las

de las dos juntas.

Eligio Damas. De la circunvalación hacia ella.

Eligio Damas y Ana Josefina Valencia de Damas

Eligio Damas y Ana Josefina Valencia de Damas.

Bajé del autobús, justo en la esquina de la calle que llevaba a “La Araucana”, hasta allí mismo, a menos de una cuadra. Respiré hondo, me alisé el traje y los cabellos, agitados por los vientos que entraban en abundancia y persistencia al autobús y me dirigí a mi destino, con lentitud y firmeza, con la sensación y hasta actitud del conquistador al entrar a un espacio, que le ha sido abierto y puestos todos de rodilla.

Buenas doña Carmen, ¿cómo está?

A la manera de siempre le saludé, después de haber estado largo tiempo en aquella circunvalación de autobús, para derrochar el tiempo, disfrutar del paisaje y, sobre todo, ahorrar, no por guardar, sino por no tener, lo máximo en dinero; cuando llegué casi al fondo de la casa, donde estaba la cocina, dando las instrucciones, a quienes allí trabajaban, para el preparativo de la cena. Respondió mi saludo, terminó con su rutina de todas las tardes a esa hora, se volteó hacia mí, me puso la mano sobre uno de los hombros y me condujo a la entrada de la casa.

“Si, me preguntas por la chica, te diré, ¡sí! Ya está aquí. Ahorita mismo está en el Pedagógico, no debe tardar en llegar”.

Me dijo aquello y subió la escalera cercana que llevaba al segundo piso a continuar su tarea, ahora a cerciorarse que, pasillos y habitaciones, todo, estuviese en orden y limpio, pues la mayoría, de quienes ese espacio habitaban, estaban por regresar.

Ella llegó montada sobre sus tacones; erguida, como quien intenta volar. Esta vez la miré en detalle, casi la escruté, toque su cuerpo, lo acaricié con mis manos y lo ojos se fueron hasta dentro, no hubo rincón al que no llegase, mientras mi boca parecía invadida por un río desbocado; Tuve que apretar las mandíbulas, presionar los labios para no inundar la sala y menos dar un feo espectáculo ante ella. Su baja estatura la compensaba la belleza de su cuerpo. Su linda cabellera corta de negro intenso y un rostro que, pese lo demasiado serio, más siendo ella tan joven, también lucía por los demás hermosos y atrayentes. Era como un personaje desafiante, de ella parecía emanar una extraña fuerza que atraía y repelía, como un fuerte difícil de asaltar y menos de sorpresa. Era ella una mezcla equilibrada y exquisita, justo en su punto, de la gente que aquí se encontró, restregó y se envolvieron en aquellos rebusques multitudinarios de las selvas, caminos y al final las calles, nuestras primeras comparsas, donde todos se confundían, encontraban y hallaban un motivo para estar juntos, alegres y reproducirse. La imaginé montada en una nube, moviéndose en el espacio abierto todo para ella, escrutándolo y mirando hacia abajo; no era el suyo, su escenario, el abierto a su mirada y sueños, el mismo mío, también bello, pero no tanto y además limitado, que entraba por las ventanillas del autobús de circunvalación que me llevaba donde deseaba encontrarla. Su mirada volaba al infinito, hacía arriba, donde el sol y las estrellas habitaban, a los lados, en redondo, hasta todo pareciera acabarse, mientras la mía, dirigida hacia arriba, la de ella no existía. Por su seguridad al caminar, pese estar montada en aquellos altos tacones, su rostro y los ademanes todo de su cuerpo, la percibí ahora de cerca, más que antes, como una dama temprana de enorme fuerza y seguridad. Era pues alguien como para amedrentar a un joven inseguro como yo. Aquella nueva o más reciente percepción, me generó dudas y hasta temores. Sentí que mis pocas fuerzas, diezmadas siempre, pese mi juventud, por mi casi siempre deprimente estado, no eran suficientes ante aquella personalidad que hacía de una dama de pequeña estatura, parecer una diosa, algo gigantesco. Y entonces, el estado de ánimo que en mi se forjó en el primer instante que la vi, las ilusiones “construidas” durante el recorrido de la circunvalación, parecieron venirse al suelo y un miedo a perder algo que aún no tenía, sólo me proponía lograr, se apoderó de mí. Por eso al verla de nuevo, ahora, recorriendo la pequeña vereda que atraviesa el pequeño jardín y lleva al porche de la casa, desde dentro de esta y por la puerta abierta de par en par, como era habitual a aquella hora, cuando comenzaban a llegar unas tras otras, las muchachas allí residenciadas, todo lo que había planificado se derrumbó, se me olvidaron las escenas que había concebido y casi escrito en mi memoria. Y al verle caminar con paso firme, su cara levantada, me sentí pequeño, débil y asustado. Sólo tuve el poco valor para mirarla con detenimiento, como antes dije, no sin temor y hasta pena de ser detectado, descubierto en mi terror, mientras avanzaba con firmeza y extremada elegancia, hacia donde yo estaba parado casi con la boca abierta y por supuesto por demás vacilante.

Me miró por obligación, pues no había nadie frente a ella. El corto espacio de la puerta de la calle, en medio de los dos pequeños jardines y el porche estaban solitarios y sólo yo, estaba parado, esperándola, sin que ella lo supiese, en medio de la sala de entrada, el mismo sitio donde estuve cuando llegó a buscar residencia.

Cuando la tuve cerca y de frente, pues al verla entrar me coloqué como para trancarle el paso, me miró a la cara, levantando la suya con gesto hermoso y enérgico, para luego dibujar en esta una discreta sonrisa, decirme, “buenas tardes” e inmediatamente girar ligeramente a la izquierda para evadirme y tomar rumbo a la escalera que llevaba al segundo piso, donde estaba la habitación que ocupaba con Iris, una de las dos con el mismo nombre, que allí estaban residenciadas.

Unos años antes, que aún para un joven, parecen como demasiados, siendo apenas un muchacho de unos 10 u 11 años, me embarqué en la aventura de irme a la Guaira a estudiar el primer año de Bachillerato. Acababa de aprobar la primaria en la Escuela República Argentina, donde fui alumno de un maestro, entre tantos excelentes, de apellido Franco, un margariteño, de quien antes habló, personaje que, a lo largo de mi vida, siempre ha estado presente en mis recuerdos y eso, tiene un gran significado, como que dejó una huella de honda en mí. Recuerdo su figura, como si ahora mismo, le tuviese al frente y hasta que fue mi maestro en tercer grado.

Mi primo Enrique Serrano, trabajador en la estiba del Puerto de la Guaira y dirigente sindical, sobrino de mi madre, estando de visita en esos días en Cumaná, previo acuerdo entre ambos y supongo que conmigo mismo, no lo recuerdo, me llevó con él a aquella ciudad para que iniciara mis estudios de bachillerato. Unos pocos años atrás había muerto mi padre y la familia quedó en la pobreza; quizás esto, hizo que mi madre, optase por lo que para ella era un sacrificio, siendo yo su hijo menor; Quizás, no sé, la capacidad persuasiva de mi primo, quien no tenía hijos ni esposa, también contribuyó en aquella decisión radical. Por supuesto, debió haber contribuido a mi ansiedad infantil por seguir estudiando y cumplir los sueños de hacer carrera en ese mundo, daba la influencia de mi padre y mis bellos recuerdos de las conversaciones con él, sobre todo sentado en sus piernas. Por lo que aprenderá a soñar y buscar lo que a nadie se la ha perdido; volverme cuidadoso y exigente. Tanto que, mi viejo amigo ya muerto, el abogado y ex miembro del Tribunal Supremo de Justicia, Dr. Emiro García Rosas, solía llamarme “el caracol”, por mirarme metido en una concha.

Para irnos a La Guaira abordamos la embarcación o yate Mánamo, que transportaba pasajeros de Puerto Sucre a La Guaira. Pero, muy pronto, antes de que se iniciaran las clases, opté que mi primo me devolviese en la misma embarcación a Cumaná; Sentí demasiada nostalgia por mi madre, mis amigos y querencias. Era aquello, para mí, un cambio demasiado brusco, me sentí solo, como que me habían arrebatado todo lo lindo que tenía, comenzando por el Manzanares, la Playa de Castillito, el manglar y la laguna, aquellos espacios que me dieron motivo para escribir “El Crimen más grande del mundo”; mis amigos y algo que supe después, me negaba la oportunidad de entrar al Liceo Sucre de Cumaná donde mi adolescencia transcurrió feliz y afortunada.

De todo aquello, me quedó en el recuerdo lo agitado de las olas pasando frente a la costa central del norte de Venezuela, ya en las cercanías de La Guaira y como aquella embarcación, cuyo calado era de cierta magnitud, tanto que aparte de la relativamente grande bodega, su cubierta era tan espaciosa que transportaba más de 30 pasajeros, se movía de manera agitada que, hasta llegué a sentir miedo. Pero esas, aquellas olas grandes, de gran fuerza que estremecían el barco, que me dieron miedo, también, al mismo tiempo, una fuerte y agradable emoción, experimentados ambos estados de ánimos, cuando la ola atacaba, llevaba el barco hasta su lomo y lo entregaba a la placidez del mar ya la ola que venía detrás.

Casualmente, poco tiempo después de aquello, tres o cuatro años, cuando mucho, quien sería mi compañera de toda la vida, y a quien conocí después en Caracas, ingresó a estudiar en ese mismo Liceo en el cual pude yo haber estudiado si no me hubiera dejado llevar mis querencias ya existentes y arraigadas, acabando de llegar desde Río Caribe a La Guaira. Ella, la misma que me motivó a embarcarme aquella tarde en la misma circunvalación que solía abordar, para intentar hablarle por primera vez, después de haberla visto como encantado, dos días antes y haberme sentido atravesado por una lanza que me clavó en el piso. La misma bella jovencita de fuerza descomunal, que ahora pasaba frente a mí, en la sala de la residencia, para tomar la escalera que la llevaba a su habitación. Mientras yo la miraba extasiado y enredado sin atinar a decir ni una palabra y menos hacer ningún gesto. El discurso se me quedó atorado en la garganta y los ensayados gestos congelados.

 

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