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Oscar Meza: La glorificación de la pobreza o ser pobre no es bueno

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Hace más de cuarenta años que comencé el trabajo social de manera institucional en los barrios de Venezuela, cuando ingresé como Promotor Social en FUNDACOMÚN[1]. Nos motivaba, inspiraba y comprometía la posibilidad de incidir en alguna medida en las condiciones de vida de los sectores urbanos marginados, como se denominaban en aquellos años a las barriadas ubicadas en la periferia de las principales ciudades del país. La inspiración y el compromiso provenían de nuestro origen humilde, y de haber vivido también en barrios populares de la ciudad de Caracas.

Precisamente por surgir de los estratos pobres, apostamos al progreso sobre la base del trabajo, del esfuerzo personal y del estudio, dentro de las posibilidades que nos ofrecía el sistema democrático en construcción, el cual hizo de la educación y la salud dos de sus pilares fundamentales. Tales valores nos fueron inculcados en el hogar. Tanto mi madre como mi padre nos enseñaron a no pedir, aunque estuviéramos necesitados; a no tomar nada que fuese ajeno y a ganarse todo trabajando. Como sé que esto que acaba de leer el lector le puede parecer cursi, repetido y hasta exagerado, le narraré dos anécdotas que pueden ilustrar lo que estos valores significan en nuestras vidas.

De la primera fue protagonista mi padre, Pedro Oscar Meza Linares. 

Siendo él un niño todavía, tenía que trabajar como le tocó a la mayoría de la generación de su tiempo. Su madre le consiguió un empleo como “muchacho de mandado” en una tienda del centro de Caracas y la primera tarea que le encomendaron fue llevar una cantidad de dinero en efectivo a otro local.  Cuando llegó con el encargo al sitio donde debía entregarlo, al contar el dinero, resultó que faltaba un fuerte de los antiguos (cinco bolívares fuertes de verdad o una morocota[2], no recuerdo bien, pero en todo caso, era una moneda fuerte).  Mi papá nos contó que se puso blanco del susto.  Por un lado y, en primer lugar, de sólo imaginar la reacción de mi abuela cuando lo supiera y lo castigara por ello; y, por el otro lado, quedaría muy mal en el empleo en el que apenas empezaba. La persona que recibió y contó el dinero, viéndolo tan asustado, le recomendó que hiciera el recorrido de nuevo para ver si encontraba la moneda que le faltaba. Así lo hizo mi padre y, aunque cueste creerlo, la consiguió en la esquina de Pajaritos (en donde hoy está el edificio José María Vargas, sede de tribunales y oficinas de la Asamblea Nacional). Por supuesto, la recogió y la entregó, con lo que se liberó del susto y de la reprimenda; pero, principalmente, demostró su honradez e inocencia frente a sí mismo y ante su madre y su patrón.  Al final del relato, mi papá nos decía: ¿ustedes creen que esto hoy (años sesenta del siglo pasado) sería posible?  Era la honradez un valor fundamental de las familias venezolanas de la primera parte del siglo pasado, aún de las más humildes. De ahí viene el dicho muchas veces escuchado: “Pobres, pero honrados”.

La otra anécdota nos sucedió a mis dos hermanas y a mí, cuando éramos unos niños, y nos mandaban a comprar el pan a la panadería “La Golondrina”, cerca de la Plaza Pro-patria, en Catia, en la populosa parroquia Sucre de Caracas.  Un día nos conseguimos un monedero de plástico con aproximadamente diez bolívares de aquella época, en la acera de la panadería; miramos a nuestro alrededor para ver si la dueña o el dueño estaba cerca y comprobar que efectivamente estaba tirado en la calle, pero, sobre todo, para poder explicarle a mi mamá, primero, y a mi papá, después, que, en verdad, lo habíamos encontrado en una acera.  Decidimos abrir el monedero y vimos que había unas monedas y un billete de diez bolívares, algo más de dos dólares[3] de aquellos años, por cierto; en seguida nos  compramos un pan dulce que se llamaba “Camaleón” y nos fuimos a la casa.

Como nos temíamos, cuando llegamos y le enseñamos lo que nos habíamos conseguido, mi mamá nos sometió a los tres a un interrogatorio para comprobar la veracidad de lo que decíamos. A regañadientes aceptó lo que le contamos, pero no le gustó.  Supongo que lo comentó con mi padre; aunque no recuerdo que nos hayan castigado.  Dijimos la verdad.  Moraleja: era un verdadero problema familiar conseguirse cosas o dinero en la calle que luego había que justificar con todos los detalles y, aun así, no eran bien percibidos tales eventos fortuitos. No se celebraban. “Pobres, pero honrados” era un valor familiar cuya transgresión se pagaba caro.

Aunque había muchas necesidades, nadie sugería robar para satisfacerlas. Trabajar y estudiar era la única receta.  No existía esa asociación directa y cínica que ahora se plantea entre pobreza y delincuencia. No se glorificaba la pobreza. No le escuché decir a nadie que ser pobre es bueno. Lo que se decía era que para salir de la pobreza había que estudiar mucho y trabajar duro. Menos se justificaba o exaltaba la delincuencia.

Eso no quiere decir que quienes proveníamos de los sectores humildes no viéramos y sintiéramos las injusticias y los obstáculos que se nos planteaban para avanzar en la vida, en la medida en que crecíamos y tomábamos consciencia de los problemas y comparábamos nuestra situación con la de otros estratos sociales de mayor nivel socioeconómico.

Como se puede comprender, nuestra propia experiencia, ya como técnicos de Fundacomún, nos facilitaba la comprensión de los problemas sociales y nos animaba a trabajar para reducir las penurias de los sectores populares que habitaban los barrios pobres de las grandes ciudades venezolanas.  Creíamos, y así lo hicimos, que si ayudábamos a desarrollar proyectos y programas sociales dirigidos a los barrios, con una visión integral que contemplara, por supuesto, la construcción de aceras, brocales, escaleras, caminería y vialidad; así como la infraestructura indispensable para suministrar electricidad y agua potable; canalizar las aguas servidas y recolectar la basura; llevar el transporte, la salud, la educación y la comunicación; y también centros de capacitación para la comunidad, podíamos aumentar las posibilidades y las oportunidades de sacar de la pobreza a millones de compatriotas, para que se incorporaran a la modernidad y participaran de los beneficios de una sociedad que progresaba en democracia.

Tales programas se desarrollaron y tuvieron momentos estelares, por ejemplo, con los módulos de servicios múltiples que el presidente Carlos Andrés Pérez construyó en los barrios de muchas ciudades de Venezuela, durante su primer gobierno[4].  Fundacomún fue el organismo encargado de desarrollar ese programa que hizo historia en el trabajo social de este país.

Entre otros proyectos comunales, ejecutados durante el período de gobierno del presidente Luis Herrera Campins, estuvo el llamado “Diagnóstico Participativo”, como primera fase de los planes de organización y participación de la comunidad, mediante el cual se capacitaba a los vecinos de los barrios para que aprendieran y mejoraran sus habilidades para precisar, ordenar, registrar y priorizar sus necesidades y participar en el diseño de los proyectos de solución, las respuestas y el presupuesto, para resolver los problemas que tenían.  Ello permitió organizar e involucrar directamente a las comunidades de los barrios en la solución de sus problemas y sobre todo en la administración de los recursos que se destinaban a los proyectos. Concretábamos de esa forma, en alguna medida, la política de organización social del pueblo y participación popular que impulsó el presidente Herrera en su administración[5].

Partíamos de nuestro propio ejemplo: si nuestra generación, con menos recursos y posibilidades, podía salir de la pobreza sobre la base del estudio y el trabajo; con más recursos y, sobre todo, con un mayor compromiso profesional y político y el apoyo institucional del Estado, dirigidos hacia los sectores menos favorecidos, podíamos aumentar las oportunidades para que un mayor número de hogares también saliera de la pobreza.  Por supuesto, un objetivo de esta naturaleza, entonces y ahora, depende de las políticas públicas en su conjunto, de la voluntad política del equipo que dirige el gobierno y, sobre todo, del respaldo y la disposición social indispensable para acometer una tarea de tal dimensión.

Lo fundamental era que no veíamos a los pobres como delincuentes naturales, ya que nosotros, técnicos de aquellos años, de extracción humilde, no fuimos delincuentes porque proveníamos de hogares pobres; pero tampoco veíamos a los pobres como “los buenos”, “los inmaculados”, automáticamente. No idolatrábamos ni a la pobreza ni a los pobres. Ni héroes ni villanos. Tampoco los considerábamos minusválidos sociales. Seres humanos, simplemente. Con valores, antivalores, sombras, virtudes y miserias, como somos los seres humanos. Y también constatábamos que la mayoría quería vivir mejor, quería progresar, y quería hacerlo sobre la base de su trabajo y de su esfuerzo; por ello optamos por la autoconstrucción, empleando a los propios residentes de los barrios en la construcción de las obras y en la prestación de servicios para su propia comunidad, impartiendo simultáneamente la capacitación básica requerida en la práctica. “Aprender haciendo”, mediante los programas del INCE: Instituto Nacional de Capacitación Educativa.

De allí que nuestro enfoque siempre fue motivar, estimular, organizar y capacitar a las comunidades en la solución de sus propios problemas.  Empoderarlas, como se diría hoy.  Y como una preocupación personal me animaba la idea de contribuir a desmontar “el rancho” que muchos tenemos en la cabeza. Fue y es lo más difícil de lograr, porque supone una evolución cultural de largo aliento. Sigue siendo el mayor desafío sociocultural pendiente.

Creemos firmemente que, con las condiciones adecuadas, en el marco de un modelo exitoso como la economía social de mercado y la economía circular, por ejemplos, se puede salir de la pobreza, que valoramos como inhumana y degradante, al tiempo que es un serio obstáculo para el desarrollo, por lo que debe ser reducida. Nunca glorificada.  Ser pobre no es bueno. 

(Revisado y reeditado el 28 de abril de 2025).

[1] Fundación para el Desarrollo de la Comunidad y el Fomento Municipal, adscrita al Ejecutivo Nacional, 1978; reconvertida en Fundacomunal.

[2] Moneda que circulaba en la época del Dictador Juan Vicente Gómez: 1908-1935.

[3] 4,30 era el tipo de cambio.

[4] 1974-1979.

[5] Período 1979-1983.

 

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