Bromeaba el año pasado por esta misma fecha, a propósito de mis 18 años al revés, el 10 de abril 2024.
Aludía entonces, a una simpática anécdota de los alegres compadres, Bartolo Parra y Roberto Cobo, vecinos de San Pedro, otrora apartado barrio de Mene Grande, de mi cálida tierra natal, al sur este, de la costa oriental del Lago de Maracaibo, hoy crecida zona residencial, y alicaído reducto agropecuario.
Recordaba, que el bodeguero Bartolo, le reprochaba a su compadre Roberto, que a su edad, (75), ya no se cumplían años, sino que se engordaban pesares. Y con botella de miche claro madurado, en mano, brindaban por un nuevo aniversario, entre el jolgorio de los visitantes domingueros, que acudían a su bodega, “a echarse uno”, antes de las peleas de gallos, que se libraban en el patio de su pulpería.
Lejanos recuerdos de la niñez y adolescencia, devenidos en apreciadas nostalgias, que aún me alcanzan, en mi octogenaria longevidad, plagada de vivencias, sueños, fantasías, errores, incertidumbres y hasta de miedos y dudas razonables.
Muchos recuerdos y anécdotas juntas, que tantas veces nos apabullan y derriban en los brazos de Morfeo, o del mismo Cupido. O que nos reconfortan en largos y prolongados silencios. Un trance genético inevitable, que nos entrega indefensos, al eterno dilema existencial, del que solemos escampar, con la sabiduría aprendida en los avatares de la vida.
Como los compadres Bartolo y Roberto, también sentimos que acumulamos pesares, pero igualmente, percibimos, que sumamos un inmenso caudal de sueños, visiones, esperanzas, para elucubrar, examinarnos, volver a empezar, y tejer leyendas.
Sueños, y fulgurantes visiones, que nos vuelven a hacer sentir en la lejanía, los gritos de los niños, el canto de los pájaros, las campanas de la iglesia. O esa inolvidable ensoñación, que aún sentimos, y que nos dejara eternamente en la piel, las magistrales notas del Emperador, El Danubio Azul, Voces de Primavera, excelsos valses vieneses, de Johan Strauss, que sonaban suntuosos por los parlantes, para animarnos cada mañana, y despedirnos cada tarde, a la salida, de la escuela Shell Andrés Bello, allá en Mene Grande.
Como en años precedentes, suelo repasar, los beneficios cuantificables alcanzados, el peso de los errores e intentos fallidos, las promesas incumplidas, así como los sueños y esperanzas por vivir.
Y el balance no puede ser más alentador. El solo hecho de arribar a la cima de 82 veranos, y haber edificado una prodigiosa familia, ya es mucho que decir. Es como si escribiera el guion, rodara, y pusiera en escena, todas las peripecias de nuestras vidas, en una suculenta y original película existencial, aclamada por una exquisita audiencia, de seres queridos.
Como tanta gente en el mundo, también considero que somos imperfectas criaturas de Dios. Que a pesar de la inútil y eterna búsqueda de la felicidad, no dejaremos de ser, un minúsculo y deslumbrante reflejo, de la indetenible danza del universo. “Una brizna de paja en el viento”, como diría el poeta.
Capítulo aparte, merecen los sentimientos que nos estremecen, cuando oímos de cerca, una vieja canción de Gardel, Los Panchos, Sadel, Sandro, Serrat, Celia Cruz, Toña la Negra, Morela Muñoz, La Rondalla Venezolana, Los Beatles, los Bee Gees, y tantos otros.
No solamente creo, sino que estoy convencido, que hoy es un maravilloso día, para derrotar pesares, para regresar a la niñez a pintar marionetas en el aire, como alguna vez lo soñamos, pero también, para enseñar a madurar, a ser joven y feliz a la familia, a los amigos, a la gente. Bendita sean las nostalgias de cada 10 de abril.
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