¿Tren de Aragua? García Márquez y los regresados de Corea.
Se miente más de la cuenta por falta de fantasía, También la verdad se inventó. Antonio Machado. Proverbios y cantares.
En “Vivir para contarla”, lo que llamaría una buena parte de las memorias de “El Gabo”, éste cuenta como, a los soldados colombianos, regresados a su país, de los cerca de cinco mil, enviados a participar en la guerra de Corea, una que no era suya, pero llevados a ella engañados con ofertas y hasta por sueños, se les trató cruelmente, tanto que, con frecuencia, alguno de ellos, aparecían muertos en calles, suburbios, después de una noche oscura. Se les juzgó como invasores, extraños y potencialmente delincuentes. Muchos hasta creyeron un heroísmo matarlos, porque matar a un heroico era un acto que llenaba de grandeza. Mayormente, eran sujetos de persistente desprecio y malos tratos; hasta uno de ellos tuvo que empeñar sus condecoraciones de guerra para poder subsistir, lo que hizo un eco enorme en la prensa de entonces. Pero no como resultado de la adhesión de la multitud con él, sino por la decisión de unos periodistas, de hacer de aquello, una manera de llamar la atención.
La migración latinoamericana de siempre, desde mucho antes del nacimiento de los profetas, como la permanente ola sur, centroamericana, a la que se le unía la mexicana hacia Estados Unidos, cuando los venezolanos iban al norte sólo “por tá, barato dame dos” y retratarse al lado de Mickey Mouse , ahora, en ese país, sufre el mismo trato que los combatientes colombianos enviados a Corea, pese fueron a perder la vida, justamente por colaborar con el Tío Sam. Terminada la guerra, en lo que en buena medida fue un fracaso, pues media Corea quedó en manos de quienes EEUU tuvo como enemigos y aún sigue teniéndolos, los soldaditos colombianos, los que quedaron vivos, porque hubo un arrume de muertos, fueron devueltos a su país y sometidos en éste al desprecio.
“A ellos”, los colombianos regresados de Corea, “se les cerraron las puertas. No hubo lágrimas para quienes regresaron en cenizas”, escribió García Márquez.
Los migrantes latinoamericanos, por años, fueron recibidos en EEUU, casi con alegría, por lo barato que resultaba aquella mano de obra, no protegida por nadie en el asunto de sus derechos del trabajo, para granjeros, propietarios de negocios y fábricas. Se les podía explotar al máximo, como si la esclavitud hubiera regresado sin maletas. A los venezolanos, porque llegaban cargados de dólares y, en su determinante mayoría, sólo de vacaciones. El modelo estadounidense, como el inglés, después del largo proceso que fue la llamada Revolución Industrial, comenzó a demandar mano de obra abundante para tareas secundarias.
En Venezuela misma, en el espacioso territorio que va del centro del país hasta donde empieza a levantarse la montaña andina, los hacendados, productores agrícolas y hasta pequeños empresarios, desde que el petróleo comenzó a regar dinero entre ellos, como cuando se revienta una piñata y los muchachos se lanzan en tumulto al suelo a recoger de lo que de arriba cae, comenzaron a hacer uso de esa mano de obra barata, a escondidas, clandestina, como semi esclava o feudal, no protegida por ninguna ley y menos sindicato, pues estos hasta como cómplices por lo inconsciente ni para allá veían. Y así actuaban, porque esos trabajadores no votaban, no militaban en partidos y, siendo así, no entraban en sus cuentas.
Pero todo aquello, promovido y usado por los de arriba, como quienes mandaron soldaditos a Corea, pero aquí metidos en sus fincas o pequeñas empresas, trabajadores de bajo salario, generaron en el seno de la población, la que comenzó a percatarse que aquello, de una manera u otra le perjudicaba, malsanos sentimientos.
Pero aquella atracción o búsqueda de la felicidad donde afloraba la veta de oro, no sólo sedujo a trabajadores, gente sana, eficiente, productiva y dispuesta a servir, sino también a quienes la vida los llevó a considerar con derecho a obtener desde migajas, hasta presas enormes, causando daño y malestar.
Quienes dentro de EEUU y en la Venezuela del bienestar petrolero, se favorecían sin pudor, hasta violando las leyes y más que estas las reglas del humanismo, empezaron a protestar, como si tuviesen moral y derecho para ello, por la larga cola de delincuentes que se formó detrás de los trabajadores honestos y respetables. Recordando de nuevo a García Márquez y su tiempo de dedicación al ejercicio periodístico, se me viene ahora con él, a la memoria, aquellas viejas noticias de los diarios caraqueños, que circulaban por todo el país y no daban lugar a la prensa regional, como “El Renacimiento”, de Cumaná, editado por Juan José Acuña, que hasta ya, en mis años de mocedad, salía como clandestinamente una vez a la semana o para decirlo de manera convencional, como semanario; noticias policiales o de sucesos, según la crónica periodística, donde era frecuente titular, “detenidos cinco ladrones, intentando robar una bodega, entre ellos dos o tres colombianos “.
La nota de prensa, eso era demasiado frecuente y hasta vicioso, procuraba en exceso, poner de bulto que, entre los delincuentes, había colombianos; tanto que no se conformaba el editor o redactor, con señalarlo en el cuerpo de la noticia, sino lo destacaba en el titular, en las letras más grandes que tenían cabida.
Pero nunca, jamás de los jamases, un periodista, diario o semanario, se ocupó de denunciar que, en una enorme cantidad de fincas, empresas y hasta en casas de familias, multitud de colombianos honestos trabajadores, eran explotados casi como esclavos y con crueldad.
En el pueblo venezolano, ese mismo donde nací y formé, el de los humildes, como lo fue el de Cumaná, pero también Caracas, Maracay, Mérida y cualquier espacio nuestro, que descendía, en gran medida de aquellos arriesgados y abnegados que lucharon a lo largo del continente por la independencia, casi un cambio de nada, sino sólo por deshacernos de los escupitajos españoles, lleno de bondad, para el que no había fronteras, porque no las hubo para Sucre y Bolívar, no había el más mínimo atisbo de xenofobia. Todos los hombres del mundo eran nuestros hermanos, más aquellos nacidos en el espacio que Bolívar quiso fuese una sola patria.
Pero cuando aquellos inmigrantes llegados en masa, legal e ilegalmente, comenzaron a rozar con nuestros cuerpos, empujarnos para abrirse también espacio, como humanos que eran, a competir, en veces hasta con ventaja pertinente con los nuestros o causar en verdad malestares, los inherentes al fenómeno mismo, como la delincuencia, dado es inevitable que, en medio del barullo se mezcle lo indeseado o, como solemos decir coloquialmente, “entre los bagres se mezclan o naden las guabinas”, que lo Hay y sucede en todas partes y tiempos, comenzó entonces la quejadera, las descalificaciones y la xenofobia. Esa que estaba siempre en los titulares de la prensa, “entre los ladrones detenidos, están dos colombianos”. Se empezó a exaltar en los medios los males, mientras por años se ocultó la injusticia que benefició y benefició a “Los amos del valle”, para decirlo como Herrera Luque.
El modelo económico universal desde tiempos inmemoriales, como cuando los grandes imperios, hasta la etapa que arranca con eso que llamaron “descubrimiento, conquista y colonización” y luego el período mercantil, las masas de trabajadores se mueven hacia donde pueden encontrar la subsistencia. Es más, antes, los pueblos nómadas, se movían de un espacio a otro según variasen las estaciones y cuando en el espacio donde estaban se acababa lo que él les daba y se iban a otro donde se encontrarían como subsistir. La memoria y lo simple instintivo, les avisarían cuándo regresar al anterior.
Pero hemos llegado a un momento cuando el modelo comienza a fallar. Las Mecas, los sitios hacia donde la gente quiere ir, ya no están en condiciones de recibir a tanta como antes, aunque eso abarate los costos a empresarios y usuarios de esa mano de obra, pues por incapacidad para absorber a toda, arruma malestares, como la delincuencia y trashumancia; la que, de hecho, desde el principio le es propia y más cuando, quien no pertenece a ese mundo, por la simple subsistencia, en él pudiera incursionar. Y entonces, las oleadas de inmigrantes, por causa de un modelo desigual, vienen causando malestares y, de esto, se comenta no sólo en aquella prensa escrita de poca cobertura, sino en los medios masivos e intrusivos de hoy.
Pero “en esto llegó” un fenómeno. Un invento poco inteligente y resultado de una estrategia por ensayo. En Venezuela, para intentar descalificar y hasta deshacerse del gobierno, desde unos ya significativos años, se optó por estimular la migración, fue una de las inusuales formas de lucha y hasta arma. Había que escapar del infierno que, por serlo, justificaba salir corriendo. Y, hasta hubo quienes, llegados a edad madura, aquí nunca trabajaron, ni se tomaron el trabajo de buscarlo, salieron en estampida a buscarlo afuera.
Se empezó a estimular la estampida, aun antes que los malestares se pusiesen de manifiesto. Fue un plan adelantado antes que pasara lo que sabían pasaría, como resultado de muchas cosas; las sanciones, las malas políticas que en aquellos años en el gobierno experimentaban, el cierre de los pozos de petróleo liviano, lo impertinente de creer que los “aliados” cubren El trato de Trump a los migrantes .

