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Rafael Fauquié: La escritura literaria es una…

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Escribimos para asomarnos al mundo desde la particularidad de nuestra mirada y nuestra palabra. Y, con nuestra palabra… ¿Decir qué? Principalmente, esas verdades que fueron dando forma a nuestro tiempo, a nuestra realidad.

Convertir nuestras palabras en recorrido de descubrimientos, bautizo de vivencias, expresión de preguntas, elocución de acertijos… Signos todos con los cuales enfrentar el silencio o acompañar el silencio que antecede a las verdaderas comprensiones.

Escribir nos permite relacionarnos con el mundo desde la voz surgida de ese centro que somos: morada poblada con creencias y sueños, ilusiones y recuerdos…

Pudiéramos utilizar nuestras palabras no solo para cumplir el objetivo natural de la voz humana -entendimiento con nosotros mismos y con la realidad- sino también para convertirlas en metaforización de nuestra relación con la vida. Utilizarlas para reunir lo disperso y pluralizar lo semejante, para relacionar lo fluyente y lo abrupto; para enfrentar errancias, incertidumbres, sinsentidos; para contrastar las carencias de ayer con algunos significados de hoy; para definir intenciones, tensiones y creencias en un propósito de hilvanación y finalidad…

En el fondo, acaso, nunca dejemos de escribir la misma página; ésa encargada de transmitir lo creído y lo creíble, capaz de enunciar la conciliación posible entre nuestra realidad y la realidad que nos rodea. Página cuyas palabras se conviertan en expresión de certezas conquistadas, en conjuro de mucha inconformidad y en apuesta por ciertas esperanzas. Página en la cual armonizar recuerdos, propósitos, convicciones. Página que nos aparta del mundo o nos acerca a él; y, que, acaso por sobre todo, nos permite conjugar los verbos  “ser”, “hacer” y “decir”, en primera persona, esencialmente, en primera persona.

Como lo veo, la escritura no podría dejar de reunir dos realidades: de un lado, dibujar palabras con las cuales expresar imágenes e ideas; del otro, convertir las voces en finalidad en sí mismas.

Más, mucho más que de vivir para escribir, se trata de escribir para ayudarnos a vivir; de escoger con qué palabras responder al desafío de vivir, comunicando con ellas- esperanzadoramente, siempre esperanzadoramente-  los matices de un desafío que comienza al lado de esas voces que pudieran permitirnos acercar un poco más el mundo a nuestro propio mundo.

Son interminables las razones para la escritura. Personalmente, escojo afirmarme sobre ésas que relacionan palabras y propósitos de vida. Creo que la escritura -el arte en general- es un acto de resistencia. Resistencia a muchas cosas: al tiempo que nos desgasta, al sinsentido de tantos días, a la incertidumbre, al temor y a la desilusión, al desvanecimiento… Nuestro espíritu en armonía con nuestra voz; nuestra conciencia traducida en voz junto a la cual nos descubrimos a nosotros mismos y descubrimos ese tiempo que pertenece a todos.

Unas y otras: las palabras con que nos dirigimos al afuera o las que escuchamos en nuestros adentros: todas parten de un mismo prisma que interminablemente nos construye.

 

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