Caminante, a la vez seguro e inseguro, fuerte y débil, hábil y torpe… Aprendiz, siempre aprendiz de tus personales circunstancias. Avanzas por entre confusos principios e idealizados finales, dirigiéndote hacia espacios escritos en páginas que solo tú lograrás leer. Eriges tu manera de creer y de soñar como un… ¿Impulso? ¿Alejamiento? ¿Resistencia?… En cada una de tus horas, forjas tu rostro caminante. Ilusión y desencanto acompañan muchas veces ese enigma que tan a menudo eres para ti mismo. Con frecuencia tus ilusiones de hoy contradicen tus ilusiones de ayer. Obligado a buscar en ti las razones de tu permanencia en la tierra, sigues el rumbo de tu curiosidad. Te apruebas en algunas anécdotas evocadas por tus recuerdos y te desapruebas en otras. Rehén siempre rehén de tus personales cielos e infiernos, buscas anticiparte a ese tiempo que te aguarda. Previsible en tus certezas, imprevisible en tus desconciertos y torpezas, vives por igual el miedo y la esperanza, la sospecha y la querencia. En lugares inusuales –inusuales para los demás, claro- buscas aventurarte en el tiempo, esforzándote por no quebrar sus delicados hilos. Te debes a tu lucidez, a tu imaginación, a tu voluntad; pero, por sobre todo, a la necesidad de identificar un sentido en tu vida y a justificar los principales actos de la existencia a ese sentido. Desconfías de la inconclusión de los propósitos, de la atolondrada rebeldía, del inconformismo que conduce al desaliento, de la mórbida apatía… Avanzas arropándote con los atributos de tu esperanza. Te construyes en presente, y, siempre en presente, señalas la manera de ser presencia en el mundo. Te propones afirmarte dentro de un orden asumido como reconciliación y rescate. Te propones reunir tu fuiste, tu eres y tu serás en parecida intención conciliadora. Te propones hacer de tus ilusiones y rutinas cadencia; pero, por sobre todo, argumento y orientación. Te propones sostenerte por entre lo impredecible, lo amenazante o lo precario. Te propones alimentar la ilusión reconociéndote al interior de una larga cadena de sucesos. Te propones intuir un sentido para el acaso y una lógica para el impredecible después. Te propones describirte alrededor de ciertos sueños, enlazar tus voces a tus ilusiones y convicciones, descifrar recuerdos al interior de tu tiempo… Reconoces en algunos lejanos comienzos el origen de muchos posteriores itinerarios. Te esfuerzas por diseñar un centro desde donde distinguir más lejos y de manera más profunda y diferente. Te alejas de las voces innecesarias y buscas solo aquéllas capaces de reconciliarte con el mundo. Te rescatas en algunas razones más allá de la elusividad de las respuestas. Lentamente fuiste aprendiendo el sentido de la cautela a la hora de explicarte a ti mismo junto a tu explicación del mundo. Constantemente introduces apuestas y propósitos en tus recorridos. Fuiste aprendiendo a callar mientras aprendías a decir. Eres aprendiz al interior de itinerarios que nunca dejarán de ser acertijos. Respondes al desafío de vivir pronunciando voces reconciliadoras. Reconciliarte contigo: mucho más que un propósito, una impostergable urgencia de sosiego, de armonía. Hubo siempre para ti cosas que nacieron mustias o prematuramente envejecidas; otras, contundentemente verdaderas, comenzarían muy pronto a dibujar la forma de tu destino.

