Cuatro días después de aquella mañana cuando la vi por primera vez, pendiente que ella ya estaría en la residencia, de acuerdo a lo que supe por Doña Carmen, dado estaría dos días en libertad, me vestí lo mejor que pude, hice que mis zapatos brillasen, me afeité y peiné cuidadosamente; hice uso escondido del perfume de mi compañero de cuarto y salí a su encuentro, lleno de felicidad y con una ilusión nunca antes concebida.
El autobús que abordé era uno de aquellos que llamaban “circunvalación”, de esos distante a aquello que define la línea recta, entendiendo esta como la más corta que une a dos puntos. Pero era la que estaba a mi alcance; si optaba por la vía más corta y por supuesto rápida; pues en este caso tendría que tomar dos autobuses y pagar el doble; es decir, más cara. No tenía nada de dinero, pero el tiempo me sobraba, nada significaba, en aquellos momentos de mi vida; más de las veces, lo que acumulaba era tiempo; más bien me faltaba en qué invertirlo. Lo mal gastaba a raudales y todavía me quedaba en las manos, ganas y hasta ansias llenas. Era tanto así que, ver el Ávila, desde cierta distancia durante horas, de este a oeste, arriba abajo y en ambos casos a la inversa, desde el ángulo caraqueño, me pasaba horas. Y lo escrutaba como cuando montado en el lomo del cerro Pan de Azúcar en Cumaná, viajaba a Manicuare y Araya, en un bote a remo que, desde mi infantil imaginación, siempre ha estado. Del mismo modo que, desde mi barrio, miraba allá lejos y arriba, rozando el cielo, el viejo castillo de San Antonio de Eminencia y los soldaditos que entonces allí había, pues todavía funcionaba como cuartel.
Y aquel autobús, corriendo en dirección oeste-este, en un espacio que ahora no recuerdo el nombre, giraba al norte buscando las faldas del Ávila y, por la llamada Cota Mil, regresaba al oeste, llegado a los alrededores de Catia, cambiaba de rumbo en dirección al sur y luego por El Paraíso, retornaba al este. En este transitar, como dando vueltas casi en redondo, tomaba la avenida principal de esta urbanización, pasaba frente al Pedagógico y el viejo hipódromo, donde en esos tiempos, de los que hablo, instalaron el liceo Aplicación; justo en la esquina siguiente me bajaba. Había invertido quizás, dado el pesado, lento, tráfico caraqueño, una eternidad, pero sólo había pagado un pasaje. Como dije el tiempo me sobraba en bolsillos, cartera, para sueños y hasta malbaratar, pero el dinero no y tampoco tenía ideas, buenas o malas y por supuesto planes para encontrarlo. Para gastar el tiempo, era todo un genio y hasta exitoso. Uno podía abordar uno de esos autobuses desde la mañana y estar allí hasta la noche, cuando terminaba su rutina, sólo debía estar pendiente quedarse antes en el punto de partida, con sólo pagar un pasaje. Pero además, esa circunvalación, estaba como hecha para uno, pues podía repetir lo de ayer, con sólo abordar el autobús, sin necesidad de pensar lo por hacer, para lo que se invertía tiempo y demasiado poco esfuerzo, más si terminábamos siempre en lo mismo.
Quizás por esa rutina, casi redondeada, le llamaban circunvalación. Y ella tenía un número, de donde siempre deduje que había otras; ahora no sé si esto fue cierto, pues nunca me enteré de la existencia real de las otras.
Pero aparte del pagar sólo un pasaje y estando sobrado en tiempo, pues yo procuraba además que este fuese más del común, podía soñar cuanto quisiese mientras viajaba, y despierto, púes siempre he sido en buena medida insomne. He aprendido más pensando, planteándome incógnitas, intentando resolverlas que leyendo; y esto es bueno, pues los libros en veces suelen ser cadenas, rutas establecidas, como las de esos autobuses, concepciones personales de quienes los escribieron, sin comprobación alguna y menos referencia con lo que a uno le toca vivir y enfrentar. Hasta cuando uno lee dos o tres libros, sobre el mismo tema, es como si hubiese pasado todo el día en el autobús de la circunvalación. Y en esos autobuses, que te cambian el paisaje, se puede pensar mejor sin quedar atascado en una imagen. No obstante, solía hacer las dos cosas al mismo tiempo, leer un libro mientras el bus avanzaba, detenerme como él o hace a recoger pasajeros, yo a intentar entender lo leído y pegarlo en una página paralela a la del mundo real para hallar coincidencias.
Pero aquel temprano atardecer, como desde que me atravesó aquella lanza, cuando viajaba en el autobús, sólo pensaba en ella. Y no hacía otra cosa que mirarla en la pared que me servía de pantalla, dentro de mi cabeza. Era una pared muy lisa, no había huecos, pegotes ni arrugas, pero tampoco brillaba; estaba construida para que las imágenes se viesen nítidas. Y a ella la veía hermosa y como esperándome con los brazos abiertos; la pared no me molestaba, pues a ella, en nada desfiguraba. De repente, como si el cuervo se hubiese salido del poema, me pregunté, ¿Por qué?
El autobús avanzaba y con ella la pared y sus imágenes, las que veía y revisaba en detalle, pero también se filtraba el cambiante paisaje, pues la ventanas permanecían abiertas. El libro que llevaba en la mano, “El cuervo”, que tenía marcado con un pequeño pedazo de papel en blanco, cuando yo todavía no había comenzado, apenas intentaba el primer paso, lo que sería mi vida y existencia toda, donde dice el poeta Allan Poe, “dime, dime, te imploro: ¿llegaré jamás a hallar un bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?”, lo guarde en el bolsillo de mi chaqueta, dada su delgadez, pues sus dudas, respondidas por el cuervo, ¿nunca más!, las mías, eran, por el aire fresco que bajaba de la montaña y entraba al bus por las ventanas abiertas de par en par, positivas y llenas de optimismo; nunca antes en mí todavía corta vida, había experimentado tanta alegría y paz y esperanza; pues ella parecía ser la salida que buscaba o mejor esperaba, pues no estaba sujeta a especulaciones y menos a decisiones de fuerzas superiores a las mías y menos a la de las dos juntas. No había cuervo, sino mariposas que danzaban afuera, mientras corrían a la par del bus y por las ventanas entraban, giraban con mis sueños y conmigo viajaban. Esa vez la rutina del autobús y la circunvalación toda, me llevaban a una vida nueva, una ruptura con mi demasiada persistente rutina y oscuridad.
Cuando entré a la residencia, llevé entre las imágenes más atrayentes del paisaje, la de ella, en el momento de su retirada, cuando miraba hacía lo alto de la mata de aguacate y su pequeña figura que, montada sobre los tacones, parecía querer volar. Y ella, entonces llegó conmigo y a mí, dentro de recuerdos y visiones, volando entre los paisajes de El Ávila.

