En una oportunidad, hace ya muchos años, escuché a alguien, dentro de un grupo de personas interesadas en los temas de historia y crónica, emitir este juicio:
“Don Salomón de Lima, el cronista de Barcelona, en verdad no es cronista; pues sus trabajos están llenos de embustes”.
Aquel juicio tan demoledor referido a un cronista que gozaba de mucho respeto y era muy leído en el conurbanismo Barcelona-Puerto La Cruz, a través del diario El Tiempo”, aquel fundado y en ese tiempo todavía dirigido por Jesús Alvarado, me pareció inapropiado. Por eso, sin mostrar incomodidad alguna, más bien deseos de aprender de quien aquello dijo, pregunté el fundamento de ese juicio.
“Él”, dijo mi contertulio e interrogado, “suele meter muchos embustes en sus trabajos e inventarle cualidades e historias a sus personajes”.
Opté por escuchar esa, su respuesta, la que también fue escuchada por casi todo los que aquel grupo formábamos. Ninguno de ellos le contradijo y hasta hubo quienes, entre risas, eso asintieron. Siendo yo el más joven del grupo, apenas había escrito pocas cosas y ellos bastante, me pareció prudente callar; más cuando comprendí que ellos asumían la crónica como asociada al realismo y para nada al narrar lo imaginado. Pues esa es una noción oficializada del concepto de crónica, que debe acogerse a los hechos reales y el narrar en orden cronológico. Pero hay una contradicción, cuando ese concepto admite como valederos las informaciones de personajes reales que vivieron los hechos, dando como cierto, sin prueba alguna que, lo que esos testigos cuenten. Y se niega lo que el “cronista”, a través de esos testigos y él mismo como tal, escriba.
Hay una estereotipada y hasta muy añeja idea que, confunde la crónica con la historia. En este sentido, crónica o base para ella, serían aquellos hechos del pasado, hasta lejano, de aparente poca significación o relacionados con personajes que poco se destacaron. Y en el caso contrario, cuando se cuenta algo insignificante, de la vida rutinaria, relacionado con un personaje de gran significación y trascendencia, con el interés nada oculto de exaltarlo más, haciéndole más humano. Porque la historia estaría reservada, casi exclusivamente a hechos trascendentes. En ese concepto de crónica, el estilo narrativo es lineal, rígido, como el usado en la historia. Y deben ser cuidadosamente narrados, tal como sucedieron o dicen los textos o documentos que así fueron. Está preestablecido que, una cosa va detrás de la otra, en estricto orden cronológico, saltarse el tiempo o jugar con él, en un va y viene, es hacer trampa literaria y según algunos, en la crónica esa estrategia no tiene cabida. En la crónica, según algunos, no se puede narrar, algo que el personaje sobre el cual se habla, hizo estando en el vientre de su madre. La historia debe comenzar con su partida de nacimiento, lo determinado en los documentos; los del Estado. Fuentes orales y además imprecisas, de gente poco respetable, de nada valen, pues la crónica no da oportunidad para la imaginación. Pese la crónica de indias, está llena de embustes. Hablar del personaje en el pasado, hasta darlo por muerto y más adelante narrar acerca de él, como si siguiese vivo, para cierta idea de lo que es la crónica, no tiene validez. El muerto está muerto y en el hoyo.
Los cronistas de indias, narraban aquello que miraban y percibían. No tuvieron otra opción. Su función era contarles a sus regiones de origen, a su gente, lo que estaban viendo, en lo que llamaron América. Pues ese era el interés de sus posibles lectores, unos por saber, conocer, con un fin u otro. Sus narraciones, pese hubiese en ella percepciones muy objetivas de la realidad o imaginaciones, fantasías de los cronistas, dada la cultura que en ellos prevalecía, están enmarcadas dentro de un ritmo y orden lineal.
Para muchos, al parecer, la crónica está asociada al pasado y sobre todo a lo colonial y, en Venezuela, hasta a los tiempos de lucha por la independencia. De acuerdo a eso la crónica es una variante de la historia, que se encargaría de narrar hechos de poca trascendencia o hablar de personajes de baja significación. Pero eso sí, ligados o sacados del pasado. La crónica, según eso, es ajeno al presente y a la vida diaria, lo cotidiano, pues en ello, según esa percepción, no hay hechos ni personajes para escribir la crónica.
Por eso uno ve tantos trabajos de escuelas de cronistas, sacados de textos de historia. Y, en la mayoría de los casos, el mérito está, en haber librado un pequeño hecho y hasta algún personaje que algún mérito tuvo, del olvido. O para ser más exacto, volverlo a nombrar para que las nuevas generaciones lo conozcan. Porque esa falsa idea de la crónica, además, está asociada a personajes “trascendentes”, influyentes, aunque sea en una pequeña comunidad. Y como antes dije, todo eso, narrado de manera lineal, rígida, como quien escribe historia.
La crónica, no es ajena a la poesía y la libertad del lenguaje y hasta a la imaginación. Tampoco al diálogo, bien sea éste entre intelectuales o gente humilde y de hablar sencillo y coloquial. Por eso García Márquez, pese se le llame novela, habla de la “Crónica de una muerte anunciada”. Porque un rasgo de la crónica es brevedad. Pero ella no es ajena a la imaginación, al diálogo y hasta la poesía. Como es crónica y no historia, la obra de Eduardo Blanco, “Venezuela Heroica”, donde la narrativa no es nada lineal, rígida, sino flexible y hasta “curvilínea, altamente imaginativa, poética, al estilo romántico, donde a los personajes, como Bolívar, se le atribuyen rasgos propios de los dioses, como en la épica griega.
La crónica no es ajena al presente, a lo que transcurre diariamente y a la gente que, con uno convive y convivió, pocos años atrás.
Pero sobre el concepto de crónica, lo vengo mencionando en tertulias y hasta lo hablé una vez ligeramente con el recientemente fallecido Juvenal León, un importante cronista anzoatiguense, quien por cierto compartía el mismo criterio. La última vez que nos vimos acordamos volvernos a ver para discutir sobre el tema y hasta escribir algo en común. Cosa que no pudo darse por las limitaciones que la edad de ambos y la salud de él, nos impusieron. Sobre lo mismo bastante he hablado con Luis García, el cronista oficial del Municipio Sotillo. Suelo escribir crónicas, tengo más de 200 escritas y hasta participé en un concurso literario, en el campo de la crónica, del cual no dieron resultado y ni siquiera lo declararon desierto. Y estoy seguro, que mi libro de crónicas, que le llamé “Crónicas de Cumana y cumaneses”, lo calificaron no pertinente, porque no entra en la idea estereotipada y falso concepto que prevalece en mucha gente, sobre la crónica.

