Definitivamente, El Valle de Caracas y su amplia zona metropolitana, no está hecha para albergar tantas motos rodando por sus calles, menos, para que quiten sus espacios, en parques, plazas y aceras, como lo expresan con angustia, tantas persona de esta urbe.
Ahora resulta, que en esta ciudad, “tenemos más motos que gente”, como se dice coloquialmente. Por cualquier recoveco, surge un motorizado, con, o sin parrillero. Muchas veces, con una familia completa a bordo. ¡Y dale pa´ lante!… ¡Qué no vienen policías!
Es el paisaje visual más notorio en la otrora ciudad de los Techos Rojos, Sucursal de Cielo, o Sultana del Ávila, a despecho de los “ultra patriotas”, socialistas- indigenistas, del Waraira-Repano.
El otro aspecto resaltante de nuestra amada capital, no tan hostil, como el de las dos ruedas rugiendo a toda mecha. Aturdiendo sin piedad, los tímpanos de los caraqueños, asustando a niños, o colmando los nervios de los temerosos viejitos, es la presencia en calles y avenidas, desde muy temprano, de una variopinta legión de vendedores ambulantes.
Un proverbial contingente, en el que se cuelan barberos, perro-calienteros, churreros, heladeros, vendedores de ropa, artesanía, golosinas, frutas, verduras y comida en general, quienes aparecen apertrechados, con mesas, sillas, sombrillas, toldos de colores, y una extensa y variada mercancía.
Obviamente, que no todos corren con suerte. A muchos de ellos, con solo observar “la pinta” de su pequeño negocio, se puede deducir, que no les va tan mal. Mientras, que a los llamados despectivamente manteleros, no solo tienen que ganarse el aval de la policía, sino la simpatía de sus panas de faena, para tender sus corotos sobre un mantel, en plena acera.
Y así, con barberos, heladeros, perreros, fruteros, verduras, corotos y manteles, el ruido callejero, música estridente, de salsa, reguetón, o vallenato, todos se desenvuelven, en la atribulada ciudad.
Con el advenimiento, de la barbarie socialista- populista del siglo XXI al poder, no solo se ha multiplicado la venta ambulante en calles, barrios y puentes de Caracas, sino que se ha tejido como una suerte de descomposición social en la dinámica diaria de los capitalinos, que los hace, ya no tan caraqueños, como se notaba, en sus anteriores habitantes.
Es obvio, que la profunda crisis política, económica y social, que ha afectado a todo el país, también ha influido enormemente, para que tantos compatriotas del interior busquen ganarse la vida, haciendo de “toeros”, en Caracas. Lo que sin duda, ha contribuido a incrementar su “pujante”, comercio informal.
Sorprende ver ahora, a los pequeños kioscos, que inicialmente, fueron diseñados para la venta de periódicos, revistas y golosinas, sofisticadamente remodelados, y convertidos, en toda una innovación, del pequeño emprendimiento capitalino.
Lamentablemente, a los cambios de la economía informal, sigue corriendo pareja, la antigua matraca, por parte de las siempre ocultas autoridades. Situación que sale a relucir, cuando se producen, desalojos, arrestos, o decomisos de mercancías, y los afectados, denuncian por las redes sociales, lo que ocurre, “por poder pagar a tiempo, las vacunas”.
Así que a lo largo y ancho, del expectante paisaje caraqueño, convergen dos crudas realidades. De un lado, la incontrolable y temeraria presencia de los motorizados. Del otro, la pujante, controversial y prolífera economía informal, Aún lejos, de convertirse en emprendimientos formales. Ambas realidades, combatidas y rechazadas por diversos sectores, pero muy necesitadas, por sus más directos involucrados.
Pero afortunadamente, existen otros tantos atractivos en los senderos caraqueños, para no terminar odiando a la eterna Sultana Del Ávila, pese a las arremetidas de los bárbaros socialistas, para execrar su heroico pasado, y construirse uno, a su semejanza.
Tal vez por esa razón, siguen llenando las principales avenidas, de vallas y grafitis, con mensajes de falsas esperanzas, y el desesperado propósito de imponer en el imaginario de la gente, la fatalista idea, de que “los malos, siempre serán los buenos”, o bien, de que “las cosas malas, se hacen por buenas razones”.
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