Tradición republicana histórica
La sociedad venezolana, desde antes de la fundación de la República en 1811, practicaba un conjunto de valores, principios y creencias, que les iban a servir para regir su permanente transitar histórico y político. Esa sociedad con el tiempo, hizo de la soberanía popular, de la separación de poderes, del federalismo y del respeto a los derechos humanos banderas eternas, a pesar de los múltiples vaivenes autoritarios vividos desde aquel entonces, que en todo caso pusieron a prueba la conducta ciudadana en la búsqueda de la libertad o de su preservación.
Cada sociedad, dice -Isaiah Berlín- “tiene sus propias tradiciones, su propio rostro, su propio carácter y, lo que es más importante, su propio centro de gravedad moral” que difiere de todos los demás y la hace perseguir fines diferentes. Ahí residen “tanto su valor como su carácter específico”. De allí provienen las ideas y las orientaciones para la acción histórica de los individuos, por eso no es de extrañar, nuestra permanente conducta por reencontrarnos con los valores que han formado parte de la tradición republicana venezolana.
Ese cultura expresada en valores, principios y creencias se muestra en las conductas desarrolladas por los ciudadanos en sus respectivos entornos, cuando esas importantes e influyentes instituciones propias de la Democracia mencionadas al principio de esta opinión, son vapuleadas; en tal sentido, se pueden observar conductas de rechazo o indiferencia a llamamientos electorales o procesos políticos relativos a la participación política de los ciudadanos, pues la gente sin aspavientos o ruidos molestos, sabe seguir su vida, sin borrar u olvidar de su mente los hechos, que han manchado la tradición republicana nacida en 1811.
La sapiencia popular
Tan inteligentes conductas, han permitido eludir sabiamente constantes provocaciones originadas desde el oficialismo, quien se inventa mecanismos de tensión social o de enfrentamiento con la población, a sabiendas que ésta lucha en condiciones desiguales; con las anteriores actitudes, el pueblo ha dado un viraje definitivo a la inveterada conducta de orientarse hacia el populismo gubernativo, que antes regalaba apoyos a cambio de prebendas o favores, la gente se dio cuenta que, ninguna dádiva, será suficiente para tener mejor calidad de vida.
Pareciera que, el populismo iniciado a comienzos de este siglo se erosionó, que ya no pueden seguir engañando o confundiendo, acabaron con los recursos cuantiosos y sin control que mal administraban y con los cuales inclinaron la balanza política y electoral hacia su bando, por muchos años; nuestro colectivo social, a costa de sacrificio, lucha y sufrimiento, está en cuenta de esta situación gubernativa, que está claro que, la incultura dominante por años, está agotada, que se requieren de nuevas orientaciones, acordes con nuestra conciencia histórica y republicana.
Otra situación, relacionada con el viraje de la conducta ciudadana, es la comprensión de que no es el autoritarismo, el paso sucedáneo a la Democracia, cuando la misma se torna disfuncional, pues ese remedio resultó peor que la enfermedad, de ocurrir tal anomalía lo conveniente es aplicar más democracia, que haga posible resolver los problemas prestacionales, de otras maneras, sin agravar la crisis generada, como ha ocurrido en nuestro caso, en donde el modelo autoritario no ha dado respuestas satisfactorias a la crisis de gobernanza existente.
Crisis sin referentes normativos
Crisis que se acentúa cuando las normas y procedimientos establecidos para dirimir los conflictos políticos, son quebrantados por el mismo poder, que cada vez que convoca un proceso electoral por ejemplo, en lugar de dirimir el conflicto, lo agrava, con lo cual, se puede decir francamente que, en la protección de nuestros derechos políticos, no existen reglas o normas, que preserven la opinión de las mayorías, además no se respeten los consensos electorales, ante lo cual la postura asumida por la mayoría de exigir respeto a nuestras opiniones resultan las más idóneas.
Ahondando en el asunto vemos como tenemos reglas anticonflicto, pero no se aplican, todo lo contrario, las distorsionan los promotores de la incultura democrática, quienes tratan de sobrevivir aplicando antivalores y falsas creencias, como triunfos electorales nunca ocurridos, para Sartori, hechos como esos, “configuran una sociedad, sin reglas esenciales, así las tengan”; lo que hace surgir un estancamiento y parálisis política, a causa de posiciones o intereses antagónicos irreconciliables de una de las partes, que abandona esas reglas anticonflicto.
Reticente cultura
Estamos presenciando entonces, como un estilo de cultura arcaica y reticente a valores, principios y creencias republicanas, se resiste al cambio democrático, a pesar de que concursaron con considerables ventajas en el clásico electoral presidencia de la república; es esa una cultura difusa, vaga y hasta temerosa de la realidad, que sigue con el discurso populista de que su “poder encarna al pueblo”, con su cultura de manipulación, al insistir en que fueron favorecidos por el pueblo al cual, por lo demás, se sigue manteniendo en porcentajes de bienestar escasos.
Luego del 28 de julio, siguen enfrentadas dos culturas, la que se resiste a sucumbir, a pesar del rechazo popular, la que insiste en utilizar al poder público como un papá que, aunque regañón y punitivo, quiere para nosotros la misma protección oficial de todos estos años, la que nos llevó a un empobrecimiento social colectivo, solo subsidiado por bolsas alimenticias de baja calidad nutritivas y sin salarios, frente a otra cultura que prioriza las libertades, las alianzas económicas públicas y privadas, la educación y el trabajo como verdaderos motores de desarrollo.
Espejismos verbales
En estos tiempos de sacudones sociales y políticos, la gente tampoco se cree el cuento que tenemos una riqueza infinita, que supuestamente nos garantiza el porvenir, que somos un Estado rico, como se vende el Poder Público, aunque nos falte gasolina, gas y electricidad, entre otros servicios; en contrario, la gente si concibe al trabajo como el método honesto y responsable para crecer en distintos órdenes, no las dádivas de las misiones; esa es la cultura a la que queremos regresar, para combatir la pobreza como mecanismo de control, queremos volver a la cultura del esfuerzo bien retribuido.
Regreso a una cultura democrática
Para regresar a una verdadera cultura democrática, necesitamos entre otras cosas que, sea vista y valorada como un derecho humano, que se reciban de manera continua del Poder Público, políticas y programas que estén más cerca de los ciudadanos, que se les ocupen en acciones masivas tendentes a la formación democrática; que la organización, administración y supervisión de eventos electorales, quede más subordinada a las organizaciones ciudadanas especializadas en esa materia, para ello la soberanía popular, deberá hacerse más activa, no sólo con el voto, sino también con una permanente y amplia voluntad de participación.

