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Eligio Damas: La cazadora y la Tonina

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Casi todo su tiempo, lo dedicaba a rondar por las calles, dentro de su vehículo, siempre a relativa alta velocidad. Solía hacer su recorrido por la ciudad sin compañía; y, por el tiempo que en eso invertía, parecía tener pocas obligaciones. Sus hijos ya no necesitaban el cuidado de ella y, la casa, le sobraba gente quien la atendiese. Pero también, poco frecuentaba el club; y cuando lo visitaba, se entretenía, sin compañía alguna, alrededor de la piscina y en los espacios del bar, disponible  para los visitantes, desde los viernes en la tarde hasta el domingo a la misma hora. Era evidente que nadie, entre la gente que allí acudía cotidianamente, era de su interés; no obstante, era un espacio que escrutaba, no se sabe “de donde salta la liebre”; además estaba a pocos pasos de su casa y el tiempo le sobraba, tanto que, para mantenerse en la mejor forma, en equilibrio, debía gastarlo; pues si eso no hacía, este, en su interior, se podía transformar en angustia y hasta en carga explosiva.

Los infaltables, solían explicar aquella conducta, diciendo imprudentemente que andaba buscando compañía masculina, lo que según ellos le faltaba en casa; pese que, siempre pude observar, no sólo transitaba a gran velocidad, sino que, en los sitios donde habitualmente la veíamos pasar, que eran diversos, nunca volteaba la cara, no fisgoneaba, lo que hace todo aquel que, en la calle y hasta en el monte, hace. El hábito de todo cazador.

Solemos juzgar desde nuestro interior a los demás e imponerles una lógica, conducta, según las exigencias que nos inculcaron a partir de un manual de comportamiento colectivo que, pasa por alto las circunstancias, vivencias y hasta carencias de cada quién. Se busca que, el humano, que es en buena medida individual, dadas sus capacidades para pensar, razonar y exigencias, reaccione como si fuesen máquinas programadas. Y, se juzga, a todos los seres humanos, dada determinadas circunstancias, como tener esposo, esposa y hasta hijos, deberían tener la misma conducta. Esas circunstancias, sólo ellas, se toman como determinantes y necesarias para generar un comportamiento igual; el ser humano, colocado en una situación como esa, no tiene derecho a aspirar más nada, como si eso llenase sus sueños, deseos de ser tomado en cuenta y hasta sentirse satisfecho y correspondido. Está obligado a ser, no tiene derecho a rebelarse. Se juzga su comportamiento, de acuerdo a normas convencionales, hasta sujetas a espacio y tiempo, las trazadas como de obligatorio cumplimiento, no importa que su vida interior sea una sabana inmensa, donde ni siquiera soplan los vientos y menos toda la historia que arrastra desde su niñez.

Al parecer, no tenía amistades que visitar o la visitasen, no sé si por sus estrictas exigencias, particulares, pero es valedero suponer que eso la orientaba. Prefería, todo el tiempo disponible, que era bastante, dado también las excesivas ocupaciones profesionales de su marido, andar en la calle, como errante, en busca de algo, que los observadores, más y, hasta antes que ella, creían saber que era; pese que, la juzgada misma, no tenía idea exacta que la impulsaba a aquellas aventuras. En veces, parecía ser poco cuidadosa, dado que, en aquella ciudad, de poco tráfico de vehículos, solía imprimirle al suyo, uno muy nuevo y elegante, una velocidad un tanto apresurada, nada conveniente para observar con cuidado, evaluar y escoger. Lo azaroso parecía prevalecer en ella, quizás como una manera de escudarse, hacer creer a los observadores o tal vez chismosos que, andaba en otra cosa, una diligencia apresurada, derivada de su rol ciudadano y familiar.

Parecía no buscar a nadie en particular, un individuo o una especie de este, sino dejar que lo imprevisto, el azar,  le deparase algo desconocido que pudiese llenar sus vacíos, quizás una manera de evadir compromisos y sentirse menos culpable por el peso del recuerdo y la identidad. Y hasta creyese que la velocidad del vehículo, pudiese lograr el milagro de dejar atrás todo aquello que le agobiaba o, al contrario que, viniendo de frente algo llenase sus vacíos. Eso sí, según la oralidad, era exigente, ponía cuidado en lo elegante y lo que le pareciese bello. Cada quien le transfería sus deseos, malas intenciones y hasta sus propios gustos.

Desde tiempo atrás, antes de marcharme a Caracas, en las tertulias de amigos, cuando ella pasaba por los espacios nuestros, apresurada como dije, lo que le hacía ser poco escrutadora, demasiado azarosa, también había escuchado comentarios del motivo de ese andar en la calle rodando sin una aparente meta, por alguna diligencia, como quien quiere que el tiempo se le vaya, el día se empate con la noche y en esta llegue pronto la hora de dormir.

“Anda de cacería”, decían algunos de los sentados en los bancos de las distintas plazas donde solíamos conversar cuando el tiempo sobraba. Según quienes hacían esos comentarios, la dama buscaba compañía que no hallaba en casa. Lo que era posible, pero todo el mundo que eso decía, tenía una respuesta estereotipada sobre el tipo de compañía que buscaba. No era válido pensar en otra.

Pero esa búsqueda tan apresurada, debía resultarle, además de infructuosa, por la velocidad, muy difícil escoger con el debido cuidado y sutileza. Y quizás, la mayoría de las veces, por lo apresurado, escogía al azar, en una curva, esquina, donde debía aminorar la marcha o donde frenaba de repente ante algo imprevisto. Lo cierto es que nadie nunca aportó prueba alguna que convalidase sus malos pensamientos acerca del comportamiento de la dama apresurada.

Lo sustentable es que, si andaba en busca de algo, debía tener definida cosas superficiales detectables a simple vista y alta velocidad y siendo así, sólo se trataba de un tanteo, un punto de partida, para algo más sustantivo y estudiado.

Como ya dijimos, no era como juzgaban los apresurados, simplistas y malas lenguas. Tenía su esquema, para lo que vista le sobraba, pues no buscaba nada ni nadie con quien establecer un vínculo estrecho y permanente, fuera de la moral colectiva, sino para un momento, lograr una satisfacción, como pararse en el Bar Sport y comerse un delicioso helado de los Francisco Pérez, entablar allí una conversación con alguien a manera de sondear en busca de amistades y motivos para el retorno; y luego, como fuese pertinente y necesario, volver a la calle en otra búsqueda. El criador de aves va, todos los días, a los espacios de las jaulas donde ellas conviven, crecen y engordan, a revisarlas, limpiarlas, alimentar las mismas; el cazador o el pescador sale a la sabana o al mar, a agarrar lo que pueda; su nivel de escogencia, en ciertas circunstancias, como estar limitado a un espacio no muy grande, dado sus limitaciones, no suele ser muy grande. Pero en cada salida la presa es diferente y puede escoger, desechar alguna, por no ser lo que busca, es muy pequeña, se podría dejar para más tarde. Ella, en verdad, no tenía la actitud y discreción de una cazadora. La rapidez de sus desplazamientos no se correspondía con la de quien anda de cacería y en busca de una pieza que pudiera saltar de cualquier rincón. Nunca, a nadie, le escuché comentar, fuera de la rutina, el lugar común, el porqué de aquello y menos intentar meterse dentro de ella para encontrar las razones que la movían. Más bien parecía un negarle a hacer lo que tantos hombres hacían, sólo porque ella era mujer. No importaba su intimidad familiar,  por supuesto, soledad y carencias. Era mujer y eso la condenaba.

Ella era objeto, más o menos, de los mismos comentarios de aquel bailarín, que años más tarde, llegó a entrar en escenarios europeos, cuando siendo muy joven, pasaba frente a los espacios que le eran vedados por su condición y apariencia; por eso él caminaba sin descanso ni desviar la mirada, no percibiría nada dignificante y meritorio. Mientras quienes lo veían transitar, indiferente, ignorándolos, sabiendo cómo le juzgaban,  se vengaban haciendo comentarios de mal gusto entre ellos y tratando de llamarle la atención. Él y ella, pasaban sin prestarles atención y quizás, eso causaba malestares y rencores. Ambos al pasar raudos; él caminando y ella en su vehículo, no se dignaban a mirar a los mirones, sobre todo agrupados y eso causaba malestar colectivo.

Muchas veces, la vi pasar, estando íngrimo y solo, por tantas calles, sin alcanzar la dicha que en mí se fijase. Y no era por mi juventud, pues quienes acerca de ella chismoseaban, en las tertulias de las plazas, solían decir “lo que más le gusta son los carajitos”. Esto fue antes que me fuese a Caracas, en mi segunda aventura, la de trabajar y entrar a la UCV, caído Pérez Jiménez y siendo de manera legal, dirigente juvenil de AD y muy cercano a Luis Manuel Peñalver. Hay algo, por esas dos circunstancias, momentos o tiempos diferentes, que merece ser destacado, pues pudo ser el motivo que hizo que lo de ahora fuese distinto a lo de antes.

Ella, quizás, pudo haber sido su error, tenía en mente un paisaje paralítico, estancado y suponía que todos los días y a cada hora, por donde pasase era el mismo, nada nuevo había y por lo tanto hallar.

Aquellas primeras veces que la vi pasar, sin que ella me viese, mi aspecto era distinto al que tuve después. Aquel viaje y residencia en Caracas, significó un cambio en mi vida en muchas cosas. Hablando de lo superficial, por disponer de recursos primera vez en mi vida, que entonces me parecían como abundantes, derivados de las tareas que empecé a desempeñar, pude cumplir lo que asumí como obligaciones; adquirí la costumbre de vestirme como un caraqueño de entonces, con un trabajo, luego otro que aumentó mis ingresos, estudiante nocturno en la escuela de Derecho de la UCV y de los cuadros medios de la dirigencia de AD.

Como antes conté, dejé el trabajo de ayudante de Luis Manuel Peñalver, dado que mi compañero de Estudios, en el quinto año, especialidad de Filosofía y Letras en el Liceo Juan Vicente González, que funcionaba en el local del Andrés Bello, y luego en la escuela de Derecho de la UCV, me sedujo para que me fuese a trabajar en el Departamento de Operaciones, creo así se llamaba, del INOS, donde él hacía de segundo jefe, pero con bastante poder, dado que, como yo, era adeco y su jefe, independiente, lo que hacía que éste, lo tomase demasiado en cuenta. Allí empecé a cobrar un sueldo mensual, si mal no recuerdo, más del doble, lo que permitió, entre otras cosas, aumentar mi vestuario, más si los vendedores de ropa, con demasiada frecuencia, nos visitaban para hacernos ofertas a crédito y “módicas cuotas”.

En ese Departamento del INOS, organismo encargado de manejar lo relativo al servicio de agua, me correspondía llevar el control de todo lo correspondiente a varias oficinas y sistemas del interior del país y casualmente, no sé o no recuerdo, si mi amigo, me la asignó de manera deliberada o fue un resultado azaroso, la correspondiente a Cumaná. De manera que, cada cierto tiempo y hasta en momentos emergentes, debía viajar, a lo que los caraqueños suelen llamar el interior y hasta provincia,  particularmente a Cumaná, a resolver asuntos, hacer auditorías e inspecciones. Viajes que aprovechaba para cumplir también mis labores de miembro de la Comisión Nacional de Organización de la juventud de AD.

Es propicia la oportunidad para llamar la atención, como aquel rol de dirigente nacional juvenil del partido gobernante, no me daba ningún privilegio. Como vivir a expensas de ello, ser, lo que en argot de la político se llamaba, un “profesional” del área. Debía cumplir con mi trabajo diario, de lunes a viernes, mañana y tarde. Y, en las noches, asistir a las clases, primero en el liceo Juan Vicente González y luego en la UCV y buscar tiempo, durante esos días y los fines de semana, para estudiar, leer y dedicarme a las tareas del partido. En este menester tengo una anécdota, relacionada con la Doctora Elena Fierro, cumanesa, la primera mujer en llegar a la Corte Suprema de Justicia en Venezuela. Primero como suplente, en la corte penal, pero terminó de principal por la ausencia del titular

Mis viajes a Cumaná, como funcionario del INOS, en función de inspección, particularmente en materia de ingresos, también los aprovechaba para cumplir tareas inherentes a mi condición de dirigente Nacional de la juventud del partido.

El primer viaje que hice en ese rol, como lo había hecho antes cuando trabajaba con Luis Manuel Peñalver, llevé una “buena percha”. Hasta, al llegar, recogí dos trajes uno de casimir y otro de lino, que antes había encargado, en la sastrería de la calle comercio, la que antes mencioné y en cuya confección, participó mi hermano Atila, como sastre, en la misma Cumaná, en la sastrería de un viejo amigo de mi padre, el señor Barreto, a su vez padre de dos amigos míos, Adolfo y Enrique Barreto ubicada aquella en la llamada calle Comercio. Era yo entonces, en aquel momento, un joven cumanés, pero residente de Caracas, vestido en su ciudad natal, ardiente y calurosa, con “palto y corbata”.

Días antes de mi nueva visita a mi ciudad natal, un amigo, militante del PCV, había abierto una librería en la calle que va de la plaza Bolívar a Santa Inés, justo  frente donde desemboca la calle comercio, la que viene de los espacios cercanos al “puente viejo”, en la cuadra que finaliza en la esquina donde el señor Millán, padre de Miguel Enrique Millán, quien fue un gran amigo, compañero de estudios en el Colegio de los curas Paules y en Liceo Sucre, tuvo su sastrería.

Sabiendo de la apertura de esa librería, al día siguiente de mi llegada, fui allí de visita, lo que no fue muy difícil, pues la oficina del INOS, estaba a unas tres cuadras, en los espacios de la misma calle, cuando esta corre hacia el frente de la iglesia de Santa Inés. Después de los saludos efusivos, abrazos, entre amigos que llevaban unos dos o tres meses sin verse, revisar los estantes y comprarme dos libros, salí y me paré a un lado de la puerta, en la acera, vestido a la moda caraqueña de entonces, con flux, camisa de “cuello duro” y corbata.

Estuve un rato, revisando de nuevo, detalles de los libros que había comprado, una tarea que ya había hecho y de repente levanté la vista, justo cuando la dama pasaba con su vehículo, habiendo disminuido la velocidad por la entrada en aquella calle de la llamada comercio que venía del norte, se metía en ella, para continuar a la calle que, en paralelo conducía, desde la iglesia de San Francisco, hacía la plaza Bolívar y el viejo Palacio de gobierno.

Aquel joven desconocido, vestido de manera tan extraña, nada común en aquella ciudad y, a esa hora, en una ciudad tan calurosa, pareció llamarle la atención, tanto que aprovechó la lentitud impuesta al vehículo, por acercarse a una esquina, para mirarme “de arriba abajo”. Primera vez que había logrado se fijase en mí, después de, por lo menos, un centenar de veces que había pasado por sitios donde yo me hallase, hasta en solitario, sin que ella en mí se fijase y durante años. Era, en buena medida, el mismo, pero vestido de manera diferente. El muchacho que se había ido a Caracas, por segunda vez, tras un sueño y volvía, con los mismos sueños, los ojos cerrados, pero vestido de manera diferente. Bien sabía yo que, todavía, en nada había cambiado y menos madurado, pero ella por mi imagen, esa que pintó mi manera de vestir, me percibió, si no distinto, si extraño; pero más, obligada por la disminución sustantiva de su marcha, por la esquina.  Yo, como las tantas veces que pasó antes frente a mí, la miré atentamente y sonreído; sólo que esta vez, pude mirar sus ojos y percibí en ella, una discreta sonrisa. Al pasar la esquina donde la calle comercio se hunde en la calle para seguir a la siguiente, imprimió de nuevo la velocidad que antes traía a su vehículo. Yo, a ella, por supuesto, más que al vehículo, seguí con la mirada, hasta que le vi cruzar a la izquierda, donde aquella calle entraba en los espacios frontales de la iglesia y poner rumbo al sur, en busca de la calle paralela que debía devolverla a la vieja gobernación y la plaza Bolívar, pasando por detrás donde yo me hallaba, hasta llegar a la calle que, sube desde la catedral, hasta la esquina de la vieja escuela de monjas, donde giraría a la izquierda, llegaría a la esquina del Bar Sport, doblaría de nuevo en el mismo sentido  y retomaría el rumbo que, antes la trajo, al espacio donde yo “me quedé a esperarla”.

En efecto, tal como había hasta soñado, pues sería para mí, el muchacho del barrio Río Viejo que, tantas veces la vio pasar velozmente, sin que lo tomase en cuenta, por lo menos un honor y hasta motivo para comentarlo entre amigos, que aquella bella dama, que lo era, pues alguna que otra vez la vi de cerca; eso sólo me bastaba, me mirase con atención y hasta sonriese. Y en efecto, sucedió.

Ella hizo el recorrido que antes describí y volvió a pasar frente a mí, esta vez lo hizo con mayor lentitud a la que la obligaba la llegada a la esquina; desde que se acercó, percibí su mirada fijada en mí y también su sonrisa al parecer, eso creí, insinuante; cuando pasó al frente, seguía mirándome y, de nuevo me obsequió una sonrisa que percibí  como cómplice. Yo le sonreí, saludé con discreción y aproveché para hacerle un gesto o señal, indicándole que la esperaría en la calle de atrás, la que ella volvería a tomar al llegar al templo de San Francisco.

En efecto, me dirigí a la esquina que estaba a unos quince metros, doblé a la izquierda y con rapidez continué caminando en dirección a la calle de atrás, la que arranca en los predios del templo de San Francisco y conduce al viejo Palacio del gobierno federal. Al llegar a la esquina respectiva, atravesé la calle, a esa hora, como a todas, solitaria y me coloqué de manera distante de aquella, de manera que nadie, a esa hora y desde ningún ángulo, pudiese percatarse de lo que allí habría de suceder. Precaución extrema, pues hablo de un espacio que por donde rara vez  alguien transitaba y todas las casas estaban desoladas; tanto que parecía una cueva donde se incubaba el miedo y como para las almas en pena que, salían de los cuerpos enterrados en el cementerio, ubicado en la colina más arriba, parte del cerro Pan de Azúcar, detrás del castillo, deambularan a cualquier hora.

En pocos segundos, después de haber llegado al sitio donde me dispuse para esperarla, vi su vehículo entrar a la esquina y dirigirse hacia donde yo me hallaba. Se paró justo donde estaba, me sonrío e invitó me acercara.

Con estudiada parsimonia me acerqué al vehículo, me incliné hasta poder mirarla de frente y lo más cerca posible, le saludé y tendí la mano.

Ella también se inclinó a su lado derecho para mirarme y devolvió mi saludo tomando mi mano.

¡Hola!, ¿Cómo estás? Me es placentero saludarte. ¿Quién eres? No pareces ser de aquí, pues nunca antes te había visto; además vestido de esa manera te anuncias como un extraño. ¡Ven, acércate más!

Todo eso lo dijo con una muy dulce voz y tras una linda sonrisa, pero con la misma rapidez que le imprimía al vehículo. Primera vez que le miraba de cerca y por eso pude comprobar que, pese su edad, su rostro era más bello que lo que la velocidad del automóvil, por años, me permitió percibir. Su voz, no sólo era agradable, sino su pronunciación cuidadosa. Desde que dio la primera vuelta para volverme a ver, pensé que era cierto aquello que los compañeros decían al verla pasar, “va de cacería”. Y al pararse frente a mí, ya no me quedó duda alguna que era una solitaria que buscaba compañía. Quizás tenía muchas cosas, pero lo que más anhelaba, no. Lo que salía a buscar, nunca lo encontraba en su espacio y todos los días le hacía falta, sólo que eso que buscaba, no era lo que, quienes la juzgaban, pensaban. Tenía a todos y todas estudiados y buscaba nuevas y satisfactorias experiencias. Las amas de casa de su entorno no le satisfacían, le resultaban algo fastidiosas, insípidas y la repetición de lo que ella misma sería si se dejaba atrapar.

Me invitó a montarme en su automóvil, lo que acepté de inmediato. Su cuerpo, el que muchas veces había visto desde demasiada distancia, por lo que pude ver, al abrir la puerta del vehículo para abordarlo,  pese la posición, estar sentada y el largo y amplio vestido, a la moda de entonces, lucía por demás hermoso. Y no fue una imaginación mía sino una percepción nada difícil, pues lo nada rígido de la tela del vestido, que se adhería a ella y se dejaba atraer por el vacío que dejaba la velocidad del automóvil, no lo ocultaba.

Estando adentro me extendió de nuevo la mano a manera de saludo, me llevó hacia ella y, me dio un beso cerca de la mejilla, que, mi oído izquierdo me permitió escuchar con demasiada nitidez y, casi de inmediato, puso en marcha el vehículo. Continuó preguntándome mi nombre y procedencia. Le respondí dándole nombre y apellido inventados.

Entonces, no me fue nada difícil pensar de inmediato que vio en mí lo extraño; un hombre en su ciudad, distinto a aquellos que ejercían de jueces y abogados, demasiados aburridos y además joven, vestido como si fuese a misa los domingos, a las fiestas del club y ya entrando al medio día. Creo, pensó interesante averiguar quién era; quizás no sólo fuese el vestir elegante o extraño, sino quién sabe, pudiera ser distinto en muchas cosas.

Es decir, fui yo, quien a “la cazadora”, empecé haciéndole trampa y dando motivos para que, posteriormente, pudiese enojarse, al no darle oportunidad de reflexionar de la mejor manera, teniendo una buena información. Ante la espontaneidad de ella, la censurada, yo tuve un comportamiento deshonesto.

También cometí el error de no hacer ningún comentario acerca de ella que le diese, por lo menos, una señal que sabía quién era, pues me quedé atrapado en la información que ya tenía; que fue una ventaja y juego sucio mío, frente a quien, en ese momento, me asumió de compañero, al inicio de nuestro encuentro y viaje en su automóvil. Pues, al comienzo de nuestra conversación, debí darle, aunque fuesen pistas que la conocía, sobre todo sabiendo que ella se acercó a mí, siéndole un extraño, alguien a quién por primera vez había mirado. Me comporté como un tramposo, un cazador de quien creí cazadora, dejándome llevar por lo que decía mucha gente sin fundamento.

Siguió conduciendo en dirección  oeste de la ciudad, mientras me hacía preguntas que yo respondía, en gran medida, con mentiras, empeñado en convencerla que era un extraño visitante de pasada. Mientras no le preguntaba nada, sólo respondía preguntas, sonreía y miraba su lindo rostro, pese la edad y hasta, de manera imprudente e incitante, para que ella lo notase,  su cuerpo, de la cabeza, de una cuidada cabellera, hasta los pies; ella preguntaba, escuchaba mis respuestas y sonreía; mientras pisaba el acelerador como si estuviera apurada por llegar a un destino, para ella y para mí, incierto.

Llegamos al “llegadero”, la carretera abierta, entre la playa de Castillito y la enorme sabana que iba desde El Dique hasta Caigüire Arriba. Justo frente a la primera playa mencionada. Espacio en el que, de noche, se amontonaban carros abordados por parejas que buscaban soledad e intimidad; pero al llegar allí, se apretujaban, los carros y la gente. Todas las parejas que allí concurrían se volvían cómplices unas de otras. Pero siempre salían los comentarios y recorrían la ciudad. Ella fue más inteligente, llegó  conmigo a una hora a la que allí nadie concurría. Se detuvo, apagó el automóvil y se colocó en el asiento, de modo que pudiera mirarme y dejarse mirar de frente todo el tiempo que conversamos.

Era una inagotable fuente de preguntas sobre mí y los espacios y cosas de las cuales le hablaba y respondía. Muchas veces intenté, a manera de medir o adivinar lo que pudiera ella querer, que yo quería, tomarle la mano, retenerla por el tiempo necesario para pasar a otra meta y ella, con sutileza, la retiraba. Hice preguntas sobre ella y las contestaba con evasivas y volvía con su interrogatorio y demostraciones de hablar como para invertir ese tiempo de su vida en algo que la sacase de la rutina y, más que eso, de la soledad, hasta que empezamos a hablar de asuntos insustanciales, pero apropiados para pasar el tiempo y este compartir entre amigos.

Nunca sospeché ni pude, como sabrán al final, que pudiera intentar hallar a alguien con quien conversar cosas de un valor significativo, dado que su espacio estaba vedado para eso, pues estaba rodeada y atrapada en un mundo, espacio rutinario, de amas de casa y donde el hablar con hombres, en quienes pudiera hallar respuestas a sus interrogantes o coincidir con su interés de manera pública y cotidiana, estaba prohibido, pues la mujer, las mujeres, estaban cercadas por la cultura y la vida toda.

Llegó un momento de nuestra conversación que creí descubrir o descubrí que su interés estaba en eso, sólo conversar. Me hondeaba, jorungaba con preguntas, buscando el punto dónde asirse, afincarse, para seguir hablando.

Ella, en ningún momento, hizo un gesto sugerente de una cosa distinta al deseo de hablar conmigo en un espacio donde nadie la viese. Pues eso, en aquel mundo, pequeño mundo, le estaba prohibido. Y la percibí alegre, tanto que, cada cosa tonta que yo dijese, le provocaba reír y entonces su cara, se mostraba más hermosa y abandonaba aquel gesto adusto que mostraba cuando, a bordo del vehículo, en plena calle, recorriendo la ciudad, miraba hacia los lados, las aceras, como si estuviese de “cacería”. Su gesto, adusto, era de inconformidad, insatisfacción generada por la rutina y la cerca que le había tirado la vida, pese la buena vida, esa derivada de la comodidad y placeres que, si bien pueden producir alegría y conformidad, depende de las necesidades de cada quien, no siempre son suficientes.

Percibí que cada cierto tiempo miraba los libros que yo tenía a la mano. Uno era un cuento de Fiodor Dostoyevski, aquel donde bañándose en un río o fuente de agua que halló a su paso, mientras se dirigía a cumplir con un trabajo, le roban la ropa y debe cubrir su desnudez con un instrumento musical de cuerdas que portaba, creo, un contrabajo; el otro era “La metamorfosis” de Kafka.

En un momento comenzó a preguntarme sobre el segundo. Me dijo que, si bien ella no lo había leído, tenía alguna información, como que se trataba de la historia de un hombre que, una mañana, al levantarse se halló convertido en escarabajo.

“Si”, le respondí.

“¿Qué significado tiene eso? ¿Una fuga? ¿Una evasión?”, me preguntó de inmediato.

“Bueno, las interpretaciones son distintas. Tanto que, a cada intelectual que esa pregunta se le hace, da una respuesta diferente a la antes divulgada. Sucede que a ellos les gusta ser originales y que sus interpretaciones sean resaltadas y quien asuma la respuesta ya dada por otro, pasaría desapercibido”.

Ella se mostró interesada en mi comentario, tanto que calló un cierto largo tiempo, como tratando de entenderlo. Su silencio y gestos, por lo menos me llevaron a esa conclusión.

Empecé a pensar que “La cazadora”, tenía intereses e insatisfacciones que motivaban sus salidas, muy distintos a los que imaginaban quienes alegre y rutinariamente la juzgaban. Sus espacios, su espacio, no le daba, no le daban, respuestas y menos hallaba con quien dilucidar mucho de lo que le angustiaba; su bienestar no daba oportunidades para tanto; por eso salía, creo que, por su angustia y falta de identificación, de manera imprecisa y hasta importuna. Parecía indagar quién era, tenía sus inquietudes e interrogantes que no hallaban satisfacción dentro del mundo en el cual estaba atrapada; intentaba romper con salidas, búsquedas, dando la sensación de una furtiva cazadora; cuando en verdad, era alguien quien quería escapar de un encierro, pero sin rumbo.

Después de salir de aquel estado de como revisión de lo que dije sobre las interpretaciones acerca de lo acontecido con Gregorio Samsa, en “La metamorfosis”, me preguntó:

¿Cuál es la tuya?

“La mía”, empecé a responder después de mirarla un rato, como intentando meterme dentro de ella a través de los ojos, “no interesa”. “En tus preguntas, podría haber una respuesta acertada”. “Preferiría hablarte de la experiencia vivida por un amigo, con una tonina, en donde también hallo motivos para hacer preguntas sobre una circunstancia anodina, que, por serlo y, por lo que en ella se cuenta, podría ser más atractiva para nosotros; para ti y para mí, en esta soledad”.

“Entonces háblame de esa tonina”, me dijo sonriente y agradada, manteniendo siempre la misma pose y actitud que no daba fundamento para pensar que no quisiese otra cosa distinta a hablar y encontrar un momento que le llenara de placer y la sacase de la rutina de la casa, la soledad y hasta de esas interminables vueltas por la ciudad, la que siempre veía abandonada. Ni un alma se asomaba a las puertas de las casas por cuyos frentes pasaba, las calles y plazas estaban vacías, ni siquiera fantasmas hallaba a los mediodías y, hasta en el espacio donde vivía, por más que buscaba sólo hallaba soledad.

“Bueno, te contaré la experiencia de mi amigo con una tonina, puede que en ella halles aliento para decidirte”.

Era una tarde sofocante, el grupo de amigos, los mismos del equipo de fútbol, decidimos irnos a bañar al río, este mismo Manzanares. Al llegar a la orilla del lado de Santa Inés, vimos una tonina, de esas atrevidas, como los perros de agua, que, por la cercanía del mar, en los espacios de la desembocadura, había penetrado al río, nadando contra la corriente. Nadaba en la orilla contraria a la donde nosotros estábamos, aquella rozaba los predios de Altagracia. Avanzaba, no sin dificultad,  en contra de la corriente y cada cierto tiempo, muy breve, se dejaba arrastrar por esta. De pronto se zambulló y dejamos de verla por un largo tiempo; cansados de esperar su aparición, decidimos tal como  estábamos vestidos, con el uniforme, sólo nos despojamos del calzado, lanzarnos al río. Lo hicimos todos al mismo tiempo, maniobramos bajo el agua tanto como nos lo permitieron los pulmones, nadando para mantenernos en el mismo sitio, que no nos arrastrase la corriente. Era una maniobra ya ensayada, la repetíamos cada vez que íbamos al río. A la tonina la imaginamos de regreso al mar con rapidez, más por el impulso de la corriente, estando el río en crecimiento, casi “de banda a banda”.

Cuando el aire de los pulmones se agotó, todos volvimos a la superficie formando una ronda. Para asombro nuestro, en medio de la ronda que formamos, el agua comenzó a agitarse y emergió una linda muchacha.

Nunca antes la habíamos visto y lo más asombroso no fue eso, sino el hecho mismo que una joven bella como ella, que hizo, suponer a cada uno de nosotros, procedente de una familia que  ni siquiera le permitiría bañarse en el río y menos en medio de una ronda de muchachos como nosotros y aquella hora desolada.

La miramos con evidente asombro, nos miramos unos a los otros y sonreímos, y la sonrisa de ella se unió a la de nosotros.

Comenzamos a girar en torno suyo; nos dejó ejecutar aquella maniobra y luego, como por algo extraño, una fuerza que no dejó sentirse, sin presión alguna, aunque si los efectos, nos detuvimos y ahora fue ella la que comenzó a girar y mirar a cada uno a la cara, mientras su radiante mirada, de unos bellos y grandes ojos negros se acompañaba de una linda sonrisa. Su cabellera era negra intensa y abundante. Y volvimos a sonreír y entonces empezamos a mirarnos unos a otros, como preguntándonos si era aquello un milagro. Éramos varios y ella una sola.

Ella empezó a gritar alegremente y nosotros le hicimos el coro. Se sumergió, nos sumergimos para acompañarla y dentro del agua seguimos todos sonreídos y ella daba vueltas y vueltas y dos veces salimos a flote y nos volvimos a sumergir; de repente, salimos sólo nosotros, ella no apareció en el centro de la rueda, donde antes lo había hecho. Mientras mirábamos a los lados y en redondo tratando de localizarla, otros se zambulleron para buscarla en el fondo, sentimos el silbido típico de las toninas, un tanto apartado de nuestro grupo, miramos en la dirección del silbido y vimos la tonina que, antes había aparecido en el otro lado del río, casi, en el mismo sitio, sumergirse. Esperamos y no volvimos a verla. La muchacha tampoco apareció o no la encontramos, pese la buscamos un largo tiempo.

Ella escuchó atentamente, siempre sonriente y sin moverse de su asiento; disfrutaba por además aquello. Cuando llegamos al final de lo anteriormente narrado, me preguntó:

-“¿Hasta allí llega la historia? Ojalá tuviera otro final, tan bello, tierno y sorprendente como el que parece tener”.

 -“¡N0!” Le contesté de inmediato, “hasta allí no llega, falta un final más inesperado todavía”.

Y continué hablando, “Sólo me he detenido para enterarme si aún tienes tiempo de escucharme y si te interesa la historia. Sé que andas en busca de algo y, a lo mejor, prefieres otra cosa y hasta irte”.

“Sabes”, empezó a hablar con lentitud,  como pensando y midiendo cada palabra; quizás contándolas, “estos momentos e historias, como el que ahora vivo y me cuentas, que sirven para forjarme de esperanzas, llenar mis vacíos, es lo que salgo a buscar como una loca todos los días. Y por lo que, a mi carro, en plena calle, le imprimo velocidad hasta más allá de lo indicado. Ando buscando algo que se me escapa que, cuando me le acerco, huye. Corro como loca, porque lo que me sale al paso y miro desde lejos, ya está clasificado y no entra en mis expectativas y deseos”.

“¿Crees que, conmigo o alguien como yo, contándote estas historias, a todas luces inventadas, no por mí, sino por la multitud que va y viene a los ríos y las playas, una que a mí me contaron, te sirve para encontrarte o encontrar lo que, al parecer, con tanta ansiedad buscas, como que te llaman la cazadora”?

La sonrisa, de repente, se borró de su cara. Ella reaccionó de modo sorprendente. Pareció haberse sentido atrapada de manera inesperada; sus ojos y boca se abrieron tanto que yo mismo también me sorprendí. Pues no dije aquello con un propósito distinto al de lograr de ella una respuesta, reacción en concordancia con lo que yo buscaba.

-¿Cómo sabes tú, un extraño, de mis hábitos y los malsanos comentarios que, de mí, por mi conducta, esa de salir todos los días a la calle en carro a dar vueltas buscando lo que hasta ahora no he podido hallar? Vivo en un mundo vacío y sola, debo hallar lo que me falta para sentirme contenta. Por eso salgo a la calle todos los días y por largo tiempo y corro hasta desaforadamente, porque conozco todos los espacios; los he escrutado y sé que, en ellos, nada hay de lo que quiero, busco y el correr me da la sensación que el espacio es interminable, se alarga y ensancha; pero el correr pudiera llevarme donde se llenan los vacíos y en algún momento llegaré, como creo ahora he llegado. Quiero llegar a tiempo antes que, en donde hubo algo o alguien, que le llene, desaparezca”.

-“Pues, pese soy eso que dijiste, un extraño, nunca antes de ayer te había visto, pregunté por ti y me dijeron eso que llamas, con sobrada razón, comentarios malsanos. Pero no te preocupes y, menos te llenes de prejuicios, esa versión de ti que corre por la calle, con la misma velocidad de tu carro, en mi se ha desvanecido; solo quería corroborar mi conclusión. Pero déjame terminar de contarte la historia”.

Ella se tranquilizó o mis palabras la tranquilizaron, recompuso su rostro; volvió a sonreír y se dispuso a escuchar hasta el final lo que estaba narrándole. A todas estas, su cuerpo todo se mantenía en la misma actitud que había asumido al principio, no dio una muestra de querer nada distinto a hablar de lo que creía digno, respetable y atrayente. A todas estas, por los alrededores de San Luis, la tarde comenzaba a fenecer y la soledad se hacía más intensa, pues las palomas, cotúas y alcatraces que allí mismo, a la orilla de la playa, habían estado un largo tiempo, fueron desapareciendo como si se hubiesen convencido que, para ellos, no habría historia que llevar a otros espacios, donde esperaban la confirmación que la cacería había surtido sus efectos.

-“Entonces sigamos con lo que me contó mi amigo”, le dije viéndole tranquila, recuperada de su asombro.

“Al día siguiente, al mediodía, sentí de repente un deseo inesperado, como a quien alguien le llama de improviso, de ir a bañarme a la playa”.

Llegó a la playa de Castillito, todavía oculta tras el manglar y la laguna, pues el “progreso”, representado en aquella siempre lánguida carretera que construyeron a costa de destruir el paisaje, la naturaleza toda que allí se había formado por incontables años,  no había llegado, andaba por otras rutas, se despojó de la ropa, se puso el traje de baño y se hundió en el mar. Nadó cuánto pudo en dirección a Manicuare, hasta llegar al punto que las corrientes le llevaban sin que él tuviese que hacer esfuerzo alguno. Ya le eran visibles los detalles de la costa donde está anclado el pueblo del poeta que murió de Lepra, en 1920, de una enfermedad que lo atrapó siendo estudiante de la universidad caraqueña, pero también de amor por una cumanesa, joven como él, a quien miraba desde la costa, por encima del golfo y el relieve, por lo que cantó:

Azul de aquella cumbre tan lejana

hacia la cual mi pensamiento vuela,

bajo la paz azul de la mañana,

¡color que tantas cosas me revela!

Llevaba cerca de una hora flotando en aquel espacio, dentro del Golfo de Cariaco, entre las costas de Cumaná y Manicuare, cuando de pronto, a sus espaldas, se le apareció una tonina. La percibió porque el animal le avisó de su presencia con un silbido. Al oír este, volteó con prontitud y se la halló a unos dos metros de él. Lo lejos que había llegado de la costa, impulsado por la corriente del golfo, la misma que en ese espacio mete la sardina y tantas especies marinas, pudo haber impulsado, por instinto, a la tonina, a acudir en rescate de un náufrago, en socorro de un humano extraviado y en peligro. Pues también se contaban numerosas historias de náufragos rescatados por toninas, llevados hasta la orilla de la playa, “por orden del abuelito del mar”. Porque en nuestro mar, había un abuelito, un protector de todos y vigilante era de la playa, mar, manglar y la laguna, hasta que el “progreso”, el “avance” cultural y tecnológico creyó necesario destruir el paisaje y, con él, toda la fauna marina, una rica fuente alimenticia al alcance de la mano. Y ese “progreso”, con ese gesto, al parecer, produjo tanto dolor y rabia al abuelito, pues le quitaron su espacio, donde vivir, alimentarse y hasta esconderse, porque todos los dioses andan ocultos y les agrada la soledad y discreción, que más nunca vimos una señal suya ni nadie, como antes, habló de habérselo encontrado en alguna de las curvas del manglar.

La tonina comenzó a girar en torno suyo, encerrándolo en la estela que dejaba el agua que su cuerpo, movimientos, desplazaban y, haciendo cada vez más estrecho el círculo, hasta que lo tuvo cerca, tanto que ambos cuerpos se tocaron; él, cansado, pese había llegado allí empujado por la corriente, estrechó su cuerpo al de la tonina y puso sus brazos en el lomo del mamífero marino.

Cuando hizo aquello recordó que las toninas tienen tetas, como la mujer, pese no se las había visto, pues sólo su lomo emergía del agua y que no debía tocárselas, dado eran muy sensibles, tanto que podían abandonar a quienes acudían a ayudar, en caso que el socorrido incurriese en ese error o accidente. Eso lo sabía de las tertulias en la playa entre pescadores. Puso mucho cuidado al asirse a ella de no rozar siquiera esa parte tan sensible y, con sus dos brazos, posados sobre el lomo de mamífero marino, se dejó llevar mansamente hacia la costa o la playa de Castillito, de donde había partido y tenía su ropa y otras cosas personales.

Mientras la tarde decaía, el sol definitivamente comenzaba a despedirse y hasta las nubes habían tomado vuelo, ella, la “Cazadora”, escuchaba con exquisita atención lo que su ocasional “amigo”, le narraba. Mantuvo siempre la misma pose, frente al volante y sin dar una señal distinta al deseo de conversar y hasta compartir con un amigo, alguien quien le tomase en cuenta, le escuchase y fuese digno de ser escuchado, pese fuese muy poco el tiempo que habían compartido juntos. La vida le había tirado un cerco, aparentemente ventajoso, pues tenía todo lo que una mujer común quería y hasta más, pero se había percatado que la vida no era sólo eso; necesitaba algo más que la llenase, le diese verdadero placer y esperaba que, en la calle, aun en aquella pequeña ciudad, donde había vivido siempre, hubiese alguien a quien escuchar y a ella escuchase, la tomase en cuenta y le diese el valor que se había asignado a sí misma, porque lo había descubierto. Estaba rodeada de gente para quien la mujer, era ama “venerada” de la casa, la jefa y compañera de la doméstica, encargada de cuidar los niños y tener todo en orden. Pero estaba al margen de toda conversación y decisión fuera de aquello; era hasta un adorno más del entorno del marido. Y este a ella no le hablaba sino lo indispensable, lo relativo a sus deberes íntimos, el cuidado de la casa y de los niños. Lo demás se resolvía y trataba entre hombres; y las mujeres de su entorno, a ese al cual tenía acceso, se sentían felices desempeñando aquel papel. Participar, de vez en cuando, en aquellas grandes fiestas del club que, de vez en cuando, en éste se organizaban, a las cuales asistía toda la familia, donde los hombres hablaban entre ellos y las damas se dedicaban a lo suyo, que era sobre el cómo manejar la casa y algún chisme sobre vecinos ausentes o reunidos en grupo diferente, le hastiaba.

Una respuesta a aquello, buscaba en la calle, con desesperación, sin tener idea por dónde empezar y, por eso, el tiempo se le iba en dar vueltas por la ciudad en busca de algo que no sabía a ciencia cierta que era; quizás un salvavidas. Por eso su carro marchaba a alta velocidad y sin destino fijo. Creía que la respuesta a aquello que tanto la torturaba la hallaría en un hombre, pues los hombres, según por los destinos de Dios y a lo que todo el mundo apostaba,   tenían las respuestas a todo y, además, en la calle, no era fácil hallar una mujer, según sus evaluaciones y perspectivas, competente para darle las satisfacer su angustia y resolver sus interrogantes. La “Cazadora”, estaba rebelada y buscaba sin precisión, quién la ayudase, a darle fundamento a su pésimo, deprimente, estado de ánimo permanente, descontento, a saltar el cerco que, en la vida, le habían tendido, en su propio entorno, donde las mujeres se sentían felices de ser tratadas como adornos, objeto sexual y ama de casa y madre. Los hombres que miraba y remiraba a diario, las ya escasas veces que se le atravesaba alguien distinto, de inmediato le revelaban su interés, se les descubría en los ojos y la comisura de sus labios.

La tonina casi lo llevó a cuestas de regreso a la playa de Castillito y hasta el bote más próximo. Muy cercano a este, el mamífero, como si el supuesto náufrago le hubiese tocado las tetas, se hundió de pronto y lo arrastró consigo unos pocos metros hacia el fondo; se estremeció luego bruscamente, para deshacerse de su carga, se perdió en el fondo marino y lo dejó a su suerte. El, sin dificultad alguna, pudo volver a la superficie; se halló, como antes,  en los alrededores donde estaba fondeado el bote. La playa, tal como cuando salió a nadar, seguía solitaria. Dio unas cinco brazadas en dirección al bote y se estremeció como una tonina que le hubiesen tocado las tetas. A bordo de la pequeña embarcación de pesca, estaba la joven que, en la tarde del día anterior, se les apareció a él y sus compañeros del fútbol, en medio de la ronda que formaban en el río. La que desapareció cuando se escuchó el silbido de la tonina.

Se acercó lentamente. Todavía estando en las cercanías del bote, dada su posición y la de la joven, colocada en el centro del mismo, solo podía verle la cara lo que fue suficiente para identificarla. Ella sonreía y, con picardía, miró a quien nadaba hacia la pequeña nave; levantó la mano derecha e hizo un gesto sugerente.

Con premura y suma habilidad subió a la nave anclada en la playa, dispuesta a salir de pesca en las primeras horas del día siguiente.

Al subir hasta la cintura, por la popa, pudo ver por completo que aquella linda muchacha sentada en la tabla que, en medio de la embarcación, va de un lado a otro, de cabellera abundante, agitada por el viento, le tendía los brazos, a manera de invitación,  para que a ella se acercara, mientras le seguía brindando su bella sonrisa, estaba completamente desnuda.

Él se acercó a ella, se abrazaron e hicieron el amor hasta que el sol se ocultó por completo. En medio de la oscuridad, teniéndola abrazada, volvió a oír el silbido de la tonina y el cuerpo de la muchacha, atrapado en sus brazos, pareció disolverse. Volteó hacia donde había salido el silbido y vio a la tonina aleteando, como alegre y, de esa manera, despidiéndose, pues de inmediato se sumergió en la profundidad del mar.

Calló; “la Cazadora”, también se mantuvo callada hasta que percibió que, el bello y extraño cuento, como lo eran todos los salidos del mar e incorporados a la cultura de la gente que, en la cercanía y hasta a sus expensas y generosidad vivía, había llegado a su final. Justo cuando creyó prudente retirarse y volver a su casa.

“¿Cómo interpretas eso? Preguntó ella a su interlocutor.

“Tu pregunta nos lleva de nuevo a Kafka y la metamorfosis, a Gregorio Samsa y el escarabajo. Ahora hablamos de una tonina y dos seres en búsqueda”. Le respondí.

Nos mantuvimos un largo rato más hablando, disfrutando de la brisa del mar que venía de por allá de los lados de Manicuare y a falta del manglar, años antes destruido, llegaba hasta nosotros menguada y tibia  por las ventanas abiertas del vehículo, acompañada de los suaves sonidos de las olas, al romper mansamente en la orilla, parecían acariciarnos.

Ella, sin duda, se sentía satisfecha, pues hablaba y me escuchaba con evidente deleite, el mismo que a mí me invadía y por ello disfrutaba. Al fin, pasado un largo tiempo, me manifestó la necesidad de dejarme en donde pudiese desplazarme a mi destino, el cual como mucho, al principio, también le oculté.

“Bueno”, dijo ella, “me he pasado un rato delicioso contigo. Pero es hora de volver a casa, ya la noche nos secuestra y mis “obligaciones” me llaman. Pero… ¿Cuándo nos volvemos a ver? ¿Mañana?”

La palabra “obligaciones”, la pronunció frunciendo el ceño, pero luego sonrió con picardía.      

Puso en marcha su vehículo y tomamos rumbo al centro de la ciudad, en el trayecto, ella me manifestó el deseo de reencontrarse conmigo para que volviésemos a hablar y yo le dije, “pues, si ese es tu deseo, ya sabes la hora y sitio donde encontrarme cuando quieras”.

Ya en medio de la ciudad, habiendo transitado la ruta por ella decidida, paró el vehículo en el sitio que yo, antes, le había indicado; me extendió la mano, al tomar la mía me haló, acercó su cara a la mía y me dio un beso amigable en la mejilla y me dijo en susurro: “¡Hasta mañana!”

“Estaré esperándote”. Le respondí. Me baje del vehículo, me coloqué en medio de la acera, esperé partiese y respondí al agitado saludo de despedida que me dio con la mano izquierda y su bella sonrisa, muestra que había quedado satisfecha y atrapado una presa.

Al día siguiente, a la hora y el sitio convenidos, tal como antes, me recogió de nuevo en su automóvil que puso en marcha, luego de estrecharme la mano y, como cuando la despedida del día anterior, me besó la mejilla, mientras sonreía de manera por demás placentera.

Esta vez, al inicio, tomó el mismo rumbo de antes, pero siguió hasta  llegar a aquella plaza llamado “La copita”; y siguió en dirección hacia Castillito, más o menos hacia el sitio donde estuvimos hablando el día anterior, pero al llegar al espacio de la playa, torció con rumbo al dique y al final, estábamos en la playa de San Luis.

Al llegar a aquella playa donde en mi infancia recogía en la orilla, chipichipis, una pequeña almeja, que allí se daba en cantidades enormes, tanta que hasta se hallaba no sólo en la orilla, sino también fuera del mar, donde llegase la ola con su último aliento y se dispusiera al regreso,  para llevar a casa, hacer con ella sopa o guisarle y mezclarlo con arroz blanco, me hizo una pregunta que yo esperaba y, extrañamente, aún no me la había formulado.

¿De dónde saliste tú? ¿De dónde eres? Pues de aquí no, eso lo sé. Recorro esta ciudad todos los días de cabo a rabo y nunca te había visto. Además, los hombres, y menos los jóvenes, de esta ciudad visten así.

Mientras conducía el vehículo, formuló aquellas dos preguntas y e hizo los siguientes comentarios, se mostró alegre, distinta a aquella mujer que se anunciaba huraña, por la velocidad que le imprimía a su vehículo y poco interés por la gente que se le atravesaba en las calles, transitaban por las aceras o pasaban el tiempo sentados en los bancos de las plazas. La que había visto tantas veces antes de irme a Caracas. Esta vez hablaba con absoluta libertad, como con un viejo amigo, compañero de estudios o causa. Incluso, esta vez, condujo sin premura y con evidente tranquilidad, despojada de aquel estado de tensión que uno, aun desde lejos percibía cuando pasaba la “cazadora”.

“Estoy de visita. Un trabajo hasta aquí me trajo y cómo que vine a conocerte. Quizás tú me trajiste. Puesto que, hasta hace una semana, no estaba en mis planes hallarme aquí y menos contigo” Aunque te advierto que, siempre he sido un fantasma, alguien a quien la gente no mira y hasta yo mismo me deleito o mejor me siento tranquilo siendo invisible, que nadie se percate que existo. Un viejo amigo dice que soy un caracol atrapado en su concha”.

Volvió de nuevo a mirarme, sus ojos brillaban; su sonrisa, como antes, fue amplia y excitante. Y volvió a mostrar mucho de lo bello que en ella había.

Transitando una vía despejada, conducía el vehículo a una velocidad hasta como demasiado discreta, a la que no le tenía acostumbrado y, a lo mejor, quién sabe, hasta este mismo, por lo extraño, cavilaba y notaba los cambios que, afuera, quienes siempre la habían juzgado y hasta como condenado, ni siquiera imaginaban. Pues no sabían y a lo mejor nunca supieron que, “la Cazadora”, no buscaba las piezas que ellos imaginaban sino las que había creado y soñaba. Encontrarse con quienes la mirasen con respeto, dulzura, le valorasen más allá de una esposa y sus respectivas obligaciones, ama de casa, hasta una mujer bella y  hablasen de lo que ella deseaba y buscaba encontrar en muchos y muchas, no uno sólo o sola, lo que salía con desesperación a buscar en la calle, pero también prejuiciada, por la forma como la miraban a su paso y los comentarios que, por alguna vía le llegaban, la obligaban a recorrer la ciudad buscando, pero como queriendo no encontrar a nadie o suponiendo, por temor y prejuicios, los de aquellos y aquellas, que nada placentero hallaría. Al salir más que buscar iba en huida. Eso explicaba ese buscar o cazar, como no queriendo hallar presa alguna, expresado en la rapidez que le imprimía a su vehículo y la persistencia de recorrer siempre los mismos espacios ya agotados.

Como el día anterior, cuando la tarde empezaba a cabecear, decidimos regresar a la ciudad, a los espacios donde me había recogido. En el camino dije:

-“Mañana me marcho. Lo que vine a hacer ya lo terminé”. Le dije.

-¡Cuánto lo siento!”, respondió ella. Y preguntó “¡Cuándo nos volveremos a ver?”

-“No sé. Le respondí, “pero siempre búscame en tus andanzas. Sé cuidadosa, pero menos exigente y prejuiciada. Corre con lentitud, a la velocidad conveniente. Si, de esta manera actúas, volverás a encontrar, lo que realmente buscas y, hasta quizás, todos los días”.

 

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