Macuare Preterido…
Ya no quedan aves que le cante:
desolado su inmenso panorama,
pedazos de sus floras y de sus ramas,
solo el abrupto perfil de aqueya tierra
herida con relámpagos de briyo
parece el escudo de un gigante
donde se escucha solo el
lamento de algún griyo
Observamos los cardones: el viento
los inclina y parecen que se estiran,
que saludan, que yaman o que miran
hacia un punto del ancho firmamento.
Pero nada tan triste y tan sombrío
como la ladera aqueya al lado
de lo que antes fue río
forma una nada extenuada y extendida,
en la que grandes hilos de
obscuridades que vierten,
y en medio de la fantasmal
paz nocturna
y semejan una luctuosa gran urna
El silencio es el gigante de la noche
y el negro cosquiyeo de la muerte.
duermen las aves en sus áridos nidos,
inmóviles como violines sin sonidos,
se oye el mugido de una vaca vieja
¿qué es grito, ruego,
exclamación o queja?
Matizan las tunas con su flor el suelo,
y sus flores parecen trozos de cielo
las lagartijas no salen de su espanto.
son las únicas estreyas que
quedan en los campos.
Diría. Fay: ya no hay ni
mogotes ni rojos alelíes,
mucho menos carmines, rosas o ¿rubíes?
y el cerro ayá lejos, se divisa
mudo, calmo, imponente, corpulento,
como un gigante que la tierra pisa
bajo el briyante azul del firmamento.
Tampoco florecen los mudos
y sólidos cujíes
ya no vuelan los verdes colibríes
como pedazos de un día ensangrentado,
como ramas del cielo, como flores
¡qué vacío! ya no se muestran
dulces campesinos, ni sus agricultores.
Ya no trina el turpial ese poeta
ya la tarde no saluda con venteo
ni se escucha a la tórtola esa Julieta
que le canta un adiós a su Romeo.
Ni gimotea la torcaza lejos en lo espeso
ni puede imprimir el picaflor su tierno beso,
ni ostenta el palomo su ancha garganta
ni su plumaje semejando un abanico,
ni luce la cotorra su esmerada;
habilidad de su afilado pico
.
Las novias, del poblado no
lucen limpias galas,
no se ostenta con orguyo la blancura,
cual azucena de las alas
busca un lecho en la frágil espesura.
¡Es la hora del secreto del misterio
cuando vagan las aves las que quedan
en torno lo que se parece un cementerio
cual sonámbulas almas de hechiceras!
es la hora del aguaitacamino, aterrado,
como, si tuviese miedo de sí mismo,
gira y se lanza raudo en vuelo atolondrado,
como espíritu enfermo y enlutado,
¿Cuál macuare? ¿Cuál Macuare…
¡solo el pedazo de sombra de un abismo!
Sin el imperialismo del concepto, la poesía habría sustituido a la filosofía: hubiéramos conocido entonces el paraíso de la evidencia inexpresable, una epidemia de éxtasis.
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