Vivimos en un mundo donde la privacidad es un espejismo, una ilusión que hemos vendido por comodidad. Cada paso que damos, cada palabra que pronunciamos, cada imagen que compartimos es registrada, analizada y almacenada. No por los gobiernos, ni por los grandes poderes que, tras bambalinas, nos observan, sino por empresas que han convertido nuestros datos en mercancía, y nuestras vidas en un mercado al que acceden sin que nos demos cuenta.
En el mundo digital, somos los peones de un tablero invisible. No nos vendieron nuestra privacidad; simplemente la dejamos ir, como quien olvida un billete en un bolsillo de un abrigo viejo. Y eso es lo peor. El olvido, esa amnesia colectiva, es el verdadero precio que pagamos por la conveniencia de no ser conscientes. Cuantos más damos, más nos quitan, pero de manera tan astuta que no llegamos a verlo.
Los teléfonos, las aplicaciones, los sitios web, nos han infiltrado sin que levantemos la voz. Nos hablan de «seguridad» y «libertad», pero en realidad, nos han atado con cadenas invisibles, esas que sólo somos capaces de reconocer cuando ya no sabemos quiénes somos ni qué hemos llegado a ser. Porque cada dato que entregamos, cada contraseña que compartimos, cada geolocalización que activamos nos define. Nos construye, nos consume, y al final, nos reemplaza.
Los gobiernos, por su parte, no son ajenos a esta dinámica. Usan nuestra información con el mismo descaro con el que los buitres se alimentan de lo que cae en sus garras. Y lo hacen sin piedad, convencidos de que la seguridad justifica la invasión a nuestra intimidad. Pero la seguridad que venden no es más que el control, nos vigilan para protegernos de algo que ellos mismos no pueden definir, salvo a través de una constante amenaza abstracta, a veces terrorista, a veces criminal, pero siempre abstracta.
Y sin embargo, el verdadero drama es que ni siquiera nos damos cuenta de lo que hemos perdido. No lamentamos la ausencia de nuestra privacidad, no por convicción, sino por indiferencia. Nos hemos acostumbrado a vivir sin ella, como quien se acostumbra al ruido constante, al murmullo que se infiltra en nuestras vidas y que dejamos de escuchar. Nos hemos rendido, sin lucha, ante la comodidad de la conectividad.
La ironía es que el control de nuestra vida digital no reside en nuestra capacidad para protegernos, sino en nuestra incapacidad para rebelarnos. Nos hemos convertido en personajes de una novela sin trama, en la que ni el autor ni el protagonista tienen un destino claro. Somos la historia que ya no cuenta con quien la escribe, ni con quien la lee. Al final, ni siquiera la recordamos.
Pero no hay remedio. O quizás lo haya, pero ya no importa. El daño está hecho. La privacidad es un concepto que pertenece al pasado, y nosotros, en nuestra ignorancia consentida, hemos aceptado su muerte como un mal necesario. O tal vez como una bendición disfrazada de condena.
Economista, jurista, criminólogo, politólogo, historiador y documentalista.

