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Rafael Fauquié: Las palabras y sus formas

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El destino de las palabras siempre debería acompañarse de la forma que las dibuja; pero, en algunos casos, esa verdad se impone con mucha mayor fuerza. Así por ejemplo, el político que hace uso de su palabra en escenarios públicos, no debería nunca desdecir ni de su profesionalismo ni de su propia humanidad; y el destino de sus voces, forzosamente ha de precisar de una forma adecuada que las arrope. La manera de decir puede resultar tan importante como lo dicho en sí; y la oportunidad en las respuestas, la mesura en las refutaciones, la contundencia en la réplica a los cuestionamientos deberán acompañarse siempre del respeto por esas formas expresivas que señalen necesarios progresos en el difícil terreno de la convivencia entre los hombres. Palabras ásperas, groseras, soeces e hirientes no hacen sino señalar ausencia de ideas, infinitas formas de torpeza y de carencias… 

La preocupación por la dignidad de la expresión empleada debería ser uno de los conjuros de tantos y tantos excesos de la antipolítica que constantemente nos envuelve. La irracionalidad en la diatriba, el discurso de permanente odio, el insulto como única respuesta, la grosería rutinizada, la vulgaridad y simpleza de los razonamientos… Todas formas de un patético resultado: la imposición de lo soez y la chabacana grosería como naturalizada expresión de la acción política. 

La palabra correcta debería ser la meta de todo profesional de la política que, entre otras muchas cosas, se debe al certero uso de su expresión. Transformar sus razones en ofensiva grosería y su disenso en pelea callejera es convertir la dignidad de lo político en vulgar proceder rufianesco. 

Si el respeto de todo ser humano a su propia humanidad pasa por el respeto a su expresión, esto será así, mucho, muchísimo más en el caso de aquéllos seres comprometidos con la representación de su sociedad. Para éstos se hace preciso, se hace imperativo, mostrar con sus voces la dignidad de la política. Definitivamente ésa debería ser una de las centrales responsabilidades y uno de los más urgentes desafíos de todo aquél que asuma la elevada tarea de representar un gentilicio nacional.

 

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