Maduro al perder por paliza y quedar descubierto no le tembló el pulso de robarse la elección del 28 de julio con la complicidad del CNE, TSJ y demás poderes públicos. Fue un plan preconcebido con los aliados partidos que le hacen coro en la Asamblea Nacional a cambio de algunos billetes verdes. Optó por darle un golpe a la lámpara al estilo Jalisco. Pues, cuenta aún con el control del Estado y el alto mando militar.
Hizo de la fuerza su mejor aliada para llevarse por delante todo lo que le estorbara y así imponer la cultura del terror en la gente. Lo ha logrado, aunque a un elevado costo político. Su gobierno ilegítimo está montado en unas bases de arena, pero se las juega con astucia frente a unos adversarios cada vez desconcertados y divididos. Estos últimos no han querido aprender la lección de que en política no se debe subestimar al contrario por muy desgastado que esté ante la opinión pública.
Maduro es un mal gobernante, pero ha resultado ser más astuto que sus oponentes. No solo es quien ejerce el monopolio legítimo de la violencia en nuestro territorio sino que tiene los recursos financieros suficientes para comprar conciencia entre propios y extraños. Además lo que dice lo hace aunque tenga que violar la Constitución las veces que considere. El poder, más que el fin, justifica los medios que sean necesarios.
Ahora, aprovechando que las elecciones de los demás cargos de representación popular coinciden constitucionalmente este año, busca matar dos pájaros de un tiro. Alienta al prostituido CNE a convocar elecciones separadas para poner, primeramente, a sus adversarios en una diatriba fuerte entre participar o no en dichos comicios y, en segundo lugar, alimentar la abstención en un electorado que se siente burlado en la pasada elección presidencial. Todo le está saliendo a pedir de boca a quien resultó derrotado por la fuerza del voto. Busca pasar la página del 28 de julio a cómo de lugar. Pero en política cualquier cosa puede pasar aunque parezca improbable.
Lo crudo del asunto es que los adversarios de Maduro tendrán que evaluar si acuden o no a las elecciones de gobernadores y legisladores nacionales y regionales. Si acuerdan no ir las elecciones se darán, a menos que ocurra algo extraño y Maduro saltará en una pierna porque volverá a tener una Asamblea Nacional a su disposición y seguirá nombrando a placer magistrados, rectores electorales, Contralor, Fiscal, Defensor del Pueblo y otros cargos. Seguirá la pesadilla. Incluso, retornando Edmundo González al país y posicionado en el poder tendrá que cohabitar con esa Asamblea Nacional electa, a menos que convoque a un proceso constituyente para redefinir una nueva Constitución.
Ahora bien, si acuerdan participar en las elecciones anunciadas tendrán dos retos por delante. Ir todos juntos para tener oportunidades reales y convencer a ese gran electorado descontento por no haberse cobrado con Edmundo González. Hasta ahora todo indica que en la gran mayoría de los venezolanos no hay ánimo de participar a menos que se respete la voluntad general del 28 de julio. Pero hay que estar claros que Maduro y sus aliados no van a ceder.
Entonces, se impone la realidad de los hechos sobre las emociones. Sin la participación de María Corina Machado en el llamado a elecciones (es poco probable que ocurra) no habría oportunidad de derrotar al PSUV y eso sería contraproducente para el avance de las fuerzas democráticas. Sería como lavarle el rostro a Maduro. Aunque algunos no quieran admitirlo hasta ahora María Corina reúne el liderazgo del país. Eso es una realidad que los verdaderos adversarios de Maduro deben tomar en cuenta a la hora de decidir si participar o no en las elecciones anunciadas. Aunque todavía hay mucha tela que cortar, pensar en otras jugadas es caerse a embuste.

