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Jesús Alberto Castillo: La intolerancia como problema social

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Francois-Marie Arouel, mejor conocido como Voltaire, solía decir que No estoy de acuerdo con tus ideas, pero cuánto estaría dispuesto aún con mi vida por defenderlas. El gran pensador de la Ilustración nos está dando una clara lección del significado de una verdadera sociedad democrática.

En efecto, uno de los grandes males de una sociedad es la intolerancia, tan peligrosa como los ribetes de autoritarismo que suelen estar presentes en muchos gobernantes de turno. Un individuo intolerante se encuentra anclado a una sola visión de la vida y no es capaz de entender la diversidad de la naturaleza humana. Se ciega ante otras perspectivas y jamás aceptará que la realidad es cambiante y poliédrica.

Este fenómeno generalizado es una verdadera amenaza para la democracia y la propia humanidad. No permite que los individuos razonen y genera un comportamiento enfermizo en ellos hasta convertirlos en seres capaces de aniquilar otras miradas del acontecer cotidiano. Por eso, la intolerancia se vuelve caldo de cultivo para el pensamiento único y, lo   peor, puede llevar a un grupo de personas a ejercer la inquisición contra quienes tengan posiciones contrarias con consecuencias fatales.

De manera que la intolerancia no es nada nuevo. La humanidad ha tenido que transitar en medio de esa conducta enfermiza que ha impedido el avance y desarrollo de los pueblos. La intolerancia conduce al fanatismo, al pensamiento único e, incluso, a la sujeción del individuo a líderes mesiánicos. Pues, en la mente de un individuo intolerante sólo tiene lugar la verdad absoluta y ella es encarnada por un ungido, un ser predestinado para establecer un orden o una sola manera de pensar y actuar.

Sócrates, Juana de Arco, Martín Luther King y muchos otros personajes fueron víctimas de la intolerancia. Galileo pudo salvar su vida al retractarse. Millones de judíos fueron sometidos al holocausto y cremados en vivo por la intolerancia del Tercer Reich. Son ejemplos ilustrativos que nos muestran hasta dónde puede llegar este terrible flagelo que se cuela en las multitudes sin importar edad, color de piel, condición social, religión o ideología politica.

La Venezuela de hoy nos escapa a este grave problema. El hecho de que alguien asome la posibilidad de participar en unas elecciones, más allá de las condiciones adversas o descrédito del árbitro, es considerado un acto de traición a la causa o sumisión frente al adversario. Eso, repetimos, le hace un grave daño a la democracia venezolana. El voto es la mejor herramienta que tiene el sujeto político para decidir su futuro en la sociedad.

Es posible que esa poderosa arma con que cuenta el ciudadano sea vulnerada. Eso lo sabemos dentro de un modelo totalitario como el actual, pero vale la pena atreverse y no quedarnos cruzados de brazos como esperando que ocurra el milagro. A veces, como decía Máx Weber, la aplicación de métodos no aceptados por la mayoría puede traer resultados favorables inimaginables. Aprendamos a ser tolerantes y respetar las diversas posturas en una sociedad. No hay verdades absolutas. En la tolerancia está la clave de la civilidad y el avance de una comunidad política.

 

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