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Eligio Damas: Esposada por la fuerza patriarcal, se la llevaron. No nos fuimos al río, que nos quedaba cerca

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No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo.

La luz del entendimiento me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena yo me la llevé del río.

Con el aire se batían las espadas de los lirios.

La casada infiel. F. García Lorca

 

No es esta una historia inventada, una narrativa convencional; está en mi memoria y mis juveniles vivencias. Pues la vida suele ser rica y hasta exquisita, pese la de uno haya transcurrido, dado el origen, como haber nacido donde la ola llega muerta y retrocede, en medio de grandes dificultades. Entonces habiendo sido ella como fue  y, si uno tuvo la suerte y, un poco de magia y disposición, para enriquecerla más, cuando intentó volar y en veces voló, como cuando decidí ser maestro, amé y me sentí amado, en la realidad y sueños, nos da sorpresas y fortunas. La joven de la cual hablo pudo haber existido o no, quizás fue un sueño,  una confusión o suma de todos las frustraciones e invenciones para luchar por la libertad y la belleza, pero también lindos momentos de mi vida y de todos.  Lo cierto es que, esta, la vida, es un constante reto y desafío. Distraerse puede llevar a la entrega, porque ella nos pone a prueba y hasta tira cercas y arma trampas. Uno está obligado a, para disfrutarla, saber enfrentarla, lo que es lo mismo que descifrar sus vericuetos.

Una tarde, pasaba frente a la ventana de una casa vecina a la que yo solía visitar por diversos motivos; escuché una voz femenina que hizo un llamado y mencionó mi nombre, desde adentro. Por aquello extraño, me detuve y pude observar, pese las limitaciones por los contrastes de poca iluminación dentro y abundante en la calle,  las puertas de la ventana apenas entreabiertas y el panel colocado entre estas y las rejas metálicas, estaba parada una joven, más o menos de mi edad. Me detuve y, de inmediato, ella abrió las puertas y retiró el panel que impedía mirar de un lado a otro, y a nosotros separaba, de manera que sólo quedaron, en medio de los dos, las rejas metálicas, que, si nos lo hubiésemos propuesto, si la dictadura patriarcal no hubiese sido tan fiera, ella demasiado inmadura todavía y yo demasiado iluso e imprevisto,  las hubiésemos roto. Era de cuerpo y cara muy linda; una cabellera larga que le llegaba a la cintura, de estatura un  tanto como la mía. Me llamó singularmente la atención que, pese tener casi mí misma edad, siendo tan linda y sabiendo que, en esa casa vivía alguien que había estudiado conmigo en el Liceo Sucre, no supiese nada acerca de ella; es más, nunca la había visto y tampoco oído nombrar.

Pero ella sabía de mí, tanto que me llamó, con inusitada confianza y habló acerca de mis frecuentes apariciones y desapariciones. Me describió cómo, la vez anterior que me vio, habían pasado unos 15 días, estaba vestido y hasta habló de algo que, le dije a quién me acompañaba, al pasar al lado de la ventana de su casa, donde estaba sentada observando o mejor vigilando con atención e interés. Empezamos a intercambiar saludos, como tomarnos de las manos, ella tuvo el cuidado de no rebasar con la suya las rejas de la ventana, tanto que yo debí traspasar el límite de esta, con la mía.

Habló conmigo como si me conociese y hasta me dio otras informaciones que me revelaron que estaba al tanto de mis movimientos, como mis ausencias por estar en Caracas y frecuentes visitas y de las tantas veces que, desde su ventana, me había mirado. Coqueteó tanto conmigo y hasta me dejó entender que, buena parte de su tiempo, lo pasaba sentada en aquella ventana, esperando verme. Es decir, por tantos detalles llegué a la conclusión que, en gran medida, estaba demasiado interesada en mí.

Aquello me impresionó tanto que, me sentí vanidoso y halagado, por lo que le pedí, muy emocionado, se asomase a la puerta que daba a la calle para que conversásemos y hasta la invité fuésemos a la pequeña plaza cercana, donde podíamos sentarnos en algunos de los bancos que allí había y bajo los frondosos árboles. Pero, como con pena o incomodidad, me dijo que, sus padres, no se lo permitirían y ellos, «nunca abandonan la casa y, en demasía me vigilan». Yo entendí, de todo aquello, que más bien parecía secuestrada y vigilada; más lo tomé a la ligera, unos padres que tenían una hija, una valiosa joya y se sentían obligados a cuidarla de las tentaciones mundanales y las trampas. Aquella ciudad, no era el ámbito donde pudiese estar el merecedor de sus encantos. Una banalidad paternal nada extraña.

A partir de aquel momento, cuando llegaba de visita a mi ciudad natal, como aquella vez, fueron tantas veces que transcurrió año y medio, a horas convenidas tácitamente, sin comunicación alguna, pero medidas con precisión por los dos en la imaginación y deseos puros, pasaba con lentitud frente a su ventana en espera de una señal, siempre estaba ella allí, esperándome, con su mirada brillante y su sonrisa amplia y por demás alegre. Al llegar al frente de la ventana, me detenía y, de inmediato, desde el lado de adentro, percibía algún aviso que estaba allí, sola y esperándome. Y volvíamos a conversar y ahora a acariciarnos las manos y hasta, habiendo retirado lo que impedía mirar hacia adentro, besarnos, aprovechando la sempiterna soledad de aquel espacio, por lo menos con la ligereza que permitían los barrotes. Y los dos, tomados de la mano, en la imaginación, nos íbamos al río que, allí cerca de nosotros estaba, con su vegetación abundante, bosques tupidos como para escondernos. Y nos sumergíamos sin quitarnos la ropa, danzábamos, siempre agarrados de las manos; e igualmente salíamos a flote, saltábamos a la orilla, afuera del río y volvíamos a la verdad; ella allá dentro y yo en calle, al pie de la ventana, tomados de las manos.

En una oportunidad, le pedí me permitiese tocar la puerta de su casa para visitarle y me advirtió que no lo hiciera porque sus padres no lo permitirían. Y pese le insistí probásemos, respondía que no lo intentase siquiera porque sabía de antemano, estaba segura, de la negativa y hasta podría generarle algún conflicto, pues eso alertaría a sus padres que tenía alguna relación conmigo, aunque fuese simplemente amistosa y eso no le estaba permitido. Me dio una muy triste esperanza; que esperase. Me dijo “ruego a Dios suceda algo  que deseo”. Nunca pasó de decirme y repetirme aquello; menos intentó siquiera darme una explicación razonable. Su deseo lo mantuvo en secreto, pese mis insistentes preguntas .

Tenía, como dije antes, un hermano que estudiaba en el mismo liceo, el Sucre, hasta tuve amistad con él, pero nunca escuché a nadie hacer algún comentario con respecto a su hermana, pese la hermosura de la joven. Pensé que poco o nada se sabía de ella. Llegué a pensar, era un fantasma, una elaboración de mi mente siempre, por todo, afiebrada. Algo inventado por mí, incitado por el misterio, lo oscuro y la soledad; la del espacio aquel y la mía propia. Pero al verla, a través de los barrotes y entre las ventanas entreabiertas, tomar su manos y besarla en la boca y las mejillas, a estas acariciar ligeramente, pese la traba  impuesta por las barreras, seguí empecinado  que no era un sueño y tampoco era ella un fantasma.

Un domingo, como por un milagro, hallándome de visita en Cumaná, en una de esas rutinas de las cuales ya he hablado, siendo más o menos las 10 de la mañana, cuando aún el sol se muestra benigno y hasta agradable, junto con un amigo y compañero en su vehículo, nos dirigimos a la casa de la cual antes he hablado. A nuestra llegada, me llamó la atención que, en aquel espacio, justo en la puerta de la casa de “ella”, mi joven enamorada, estaban estacionados tres automóviles, uno de ellos de color negro, bastante grande, de esos que se solían utilizar en determinados eventos, como matrimonios, para trasladar a los contrayentes. Me bajé del automóvil en el que allí llegué, sin hacer ningún comentario, me quedé parado en la acera, muy cerca de la puerta de la casa donde me proponía entrar; mi acompañante, sin hacerme ninguna pregunta y dado que habíamos arribado con mucho tiempo de anticipación al inicio del evento que allí nos llevaba y pudiendo constatar que éramos de los primeros en llegar, se colocó a mi lado y como yo, también se puso a observar lo que en la casa vecina sucedía, más cuando en ese justo momento, de ella comenzaba a salir gente, vestida como quien va o sale de una fiesta.

De repente, detrás de unas cuatro o cinco personas que salieron primero, apareció una pareja tomada de la mano. El hombre vestía de traje negro y la dama iba vestida de novia para el matrimonio; un traje largo y amplio y todos los detalles usuales para ese ritual en la iglesia católica. Ella, como por instinto, tal si hubiese, pese estando de espalda, detectado mi presencia, movió el cuerpo ligeramente hacia la izquierda y volteó la cara hacia donde yo me hallaba; pude distinguir que era ella, la misma muchacha de mis tertulias y romance oculto, a través de la ventana de aquella casa. Me miró; esta vez creí percibir en el rostro todo, dirigido hacia mí, la mirada su sonrisa, una honda tristeza. Luego bajó la cabeza y asida a la mano de su acompañante, abordó el vehículo, no sé si se dirigía a la iglesia o rumbo a la luna de miel. Cuando el hombre que la acompañaba giró su rostro hacia donde me hallaba, por ese usual hábito de siempre de los seres vivos, de otear los espacios circundantes, pude percatarme que, era un señor de mucho más edad que ella y yo. Tanto que, ella y yo, pudiéramos haber sido hijos de él.

Mi amigo, sin que yo hiciese ningún comentario, me dijo:

-“A esa joven la casaron obligada con ese tipo. Él es……me habló del contrayente, de su profesión, “egresado de la UCV. Vive en la ciudad donde esa familia antes vivió y allá ejerceAl parecer, años atrás”, siguió hablando mi amigo, “quien con la muchacha casan, pidió su mano al padre de ella; es decir la pidió en matrimonio. Esa es una vieja costumbre, como medieval, que algunas familias todavía practican. Justamente por eso, el compromiso contraído, cuando esa familia se vino de por allá de una región del llano, un área ahora petrolera, para Cumaná, porque su hermano, mayor que ella, el que conoces del Liceo, debía ingresar al quinto año de bachillerato, nivel que en oriente sólo existe aquí todavía, la familia se mudó para acá; el padre todavía trabaja por allá. Va y viene. Por ese compromiso, para cuidarle la muchacha al prometido, la encerraron en su casa y, el encerramiento ha sido tal que, pese empezó a estudiar bachillerato por allá, aquí no la inscribieron en ninguna escuela secundaria y menos la dejaron salir sola de la casa. Sale con la mamá y el papá, cuanto este viene a visitarlas”.

“¿Y cómo sabes tú todo eso?” Pregunté.

– “Pues, porque vivo aquí. Y aquí toda vaina se sabe. No hay como guardar secretos”.

“¡Pero ese tipo es un viejo para esa muchacha!” Dije con admiración y hasta manera inocultable de protesta.

Mi amigo, sabiendo mi persistente actitud de inconforme y protestón frente a todo lo que no considerase justo, no percibió nada extraño en mí y por eso se limitó a reír.

Mientras hablaba con, yo miraba hacia ella, directamente a su cara, sorprendido y pidiéndole, en medio de mi mudez y gesto sorpresivo, con angustia y pesadumbre una explicación. Mis ojos, sus ojos, mi extrañeza y su pesadumbre, en medio del camino se mezclaron; en mi imaginación y angustia, le extendí la mano y vi las de ella extendidas hacia mí, atadas a unas esposas; la llevaban secuestrada; las lágrimas rebosaban sus ojos y empezaban a correr por sus mejillas; y hasta la escuché lamentarse en un muy discreto susurro, dirigido a mí, pues, como cuando por primera pasé al lado de su ventana, pronunció mi nombre y dijo otras palabras. Pudo haber sido, “espérame, volveré y nos escaparemos al río, pues lo que realmente quiero, los que los dos, ahorita, hubiésemos querido. En todo lo que haga, serás tú quien estará conmigo”.

Yo inmóvil, sorprendido, mirándola esposada,  hablando conmigo mismo, pero también con ella, le dije, “te espero, te comprendo. Seguiré pasando como antes por tu ventana, hasta volver oír tu llamado mencionando mi nombre. Entonces nos iremos al río; éste lo sabe y nos espera; nos guarda un bello rincón para escondernos y su corriente para irnos; escaparnos por nosotros. Eso sí, desde ahora, como antes, donde estes, como quieres,  en todo lo que hagas, siente mi presencia. Allí estaré. Pues, por nosotros y quienes vendrán después,  estamos obligados a romper esas esposas, ser libres y  poder ir al río abrazados, hasta nadar contra la corriente y salir en la orilla que queramos. Sé qué, de algún modo, hasta por intermedio de otros, eso vamos hacer”.

Más nunca supe de ella. Pero el mundo siguió dando vueltas, el río no cesó de correr y está todavía esperándonos, porque somos demasiados. Hubo cambios y muchas esposas fueron rotas y seguirán rompiéndose, si la verdad, constancia, amor, prevalecen para fortalecer las luchas y los derechos de la gente. El amor rompe muchas barreras.

 

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