Luis José Oropeza, de profesión abogado y economista, es un intelectual de las realidades políticas de Venezuela a cuyas fuentes históricas recurre en sus análisis, que se desprende en dos libros suyos, entre otros: La riqueza de las naciones y en Rómulo frente a Fidel. El pugilato del siglo XXI. En ese sentido, escrudiña en el proyecto político de Rómulo Betancourt para democratizar a la América Latina y del cubano Fidel Castro por comunizarla, para lo cual nos introduce en un asunto no analizado que Oropeza lo destaca, y nos referimos al Contrato social de Juan Jacobo Rousseau y al Positivismo de Augusto Comte, de mucha influencia en los venezolanos del siglo XIX, considerando Oropeza en Betancourt “un afán de deslinde frente a los conceptos que intentaban predominar en su contorno histórico. Y esa delimitación de fronteras tendrá que precisarse en dos costados: el del positivismo y el del comunismo marxista. El uno, que inspiraba a los ideólogos y ductores de nuestras seculares autocracias, y el otro, que ofrecía para la sociedad del porvenir el imperio del totalitarismo proletario”.
Al respecto nos dice Oropeza: “Betancourt va a enfrentarles una alternativa distinta y contrapuesta: un sistema democrático de libertad civil y de participación de todos en la elección de sus gobernantes, que sea capaz de esperar los derechos ciudadanos, pero también de respetar los factores tradicionales de poder que mantenían a la sociedad venezolana condenada a la miseria social, al atraso económico y al más primitivo desarrollo político”, tesis que a su a juicio se adelantó a la caída del Muro de Berlín y a la desintegración de la Unión Soviética y el crimen organizado interponiendo una “estrategia hemisférica inminente de la intromisión expansionista de Fidel Castro y su revolución”.
Efectivamente, Rómulo Betancourt se planteó por la calle del medio la suerte de dos Américas (IX Conferencia Interamericana, Bogotá, abril de 1948): “En realidad, existen dentro del sistema interamericano, en el orden económico y financiero, dos grandes grupos: de un lado, Estados Unidos, por sí solo un país-continente, por la variedad extraordinaria de sus propios recursos naturales, por su inmenso potencial industrial, por el alto nivel de vida de su población urbana y rural y por la solidez de sus finanzas. Del otro, están las veinte repúblicas latinoamericanas de economías retrasadas, en su generalidad mono productoras y en lento recorrido de los mismos estados de su industrialización, con monedas nacionales en su mayor parte despreciadas y de escasos poderes externos de compra, con presupuestos estatales casi siempre deficitarios y con vasto volumen de su población productora-consumidora, calculada en millones de trabajadores de la ciudad y del campo, viviendo en deplorables y primitivas condiciones de existencia… Este desequilibrio en el ritmo de ambas economías, violentamente acelerado les una, angustiosamente lento el de la otra, determina fricciones, resentimientos y pugnas dentro del bloque homérico, que no resulta constructivo ignorar”.
Dramática realidad desoída frente a las doctrinas norteamericanas de James Monroe «América para los americanos» (1823), el “Destino Manifiesto”, “El gran garrote” de Theodore Roosevelt Jr. (1903) o la «Carta del Atlántico» (1941) suscrita por Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill.
Años después, en su discurso de toma de posesión de la presidencia, Betancourt hizo saber al país la tesis del “no reconocimiento de los gobiernos de facto, producto del asalto al poder y en países gobernados constitucionalmente por minorías armadas, denunciaba que “regímenes que no respeten los derechos humanos, que conculquen las libertades de sus ciudadanos y los tiranicen con respaldo de policías totalitaristas, deben ser sometidos a rigurosos cordones sanitarios y erradicados mediante acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica interamericana”. (Febrero 13 de 1959)
Efectivamente, Fidel Castro se propuso exportar su revolución comunista a la Venezuela petrolera a la que Betancourt enfrentaría hasta derrotarle y nadie mejor lo pudo decir que su ministro de la presidencia Mariano Picón Salas… en entrevista con la periodista Elena Poniatowska afirmando que “el primer diferendo con Fidel Castro comenzó con las ejecuciones de masas — forma de castigo político— que repudia nuestra tradición y nuestra moral cristiana… pero la verdadera querella política con Fidel Castro comenzó cuando —por la influencia comunista— él quiso exportar su revuelto a nuestro país y pagó y armó guerrilleros».
Con los años la posición interamericana en defensa de la democracia, seguridad y cooperación se vendría al suelo con las presidencias de Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, lo que no desaprovecharía Fidel Castro hasta alcanzar con Hugo Chávez Frías la anexión de Venezuela a la Cuba comunista que a la fecha para Luis José Oropeza es “el gran pugilato de nuestro tiempo, una lucha entre la idea de la democracia amenazada por un formal e incesante asedio totalitario… dado que “se viene configurando un fenómeno singular, expresado en la disyuntiva de una agenda globalista que en estos mismos días quiere opacar y extinguir las libertades del individuo y con ellas ir minando y socavando la existencia misma de las naciones … y la democracia estadounidense nunca cómo ahora había estado tan seriamente amenazada”.
En hora buena el comentado libro de Luis José Oropeza para redefinir nuestro destino común en el contexto de realidades geopolíticas.
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