La democracia es un concepto dinámico, en constante evolución y enriquecimiento. No se limita al acto de votar y elegir representantes; abarca mucho más. Si bien la legitimidad de origen, manifestada en la participación ciudadana en elecciones, es fundamental, no es suficiente. La legitimidad de desempeño, que se refiere al respeto por los derechos humanos, las libertades de asociación, prensa y económica, la división e independencia de poderes y el apego a las normas constitucionales y legales, es igualmente esencial.
En el contexto actual venezolano, esta distinción es crucial para entender los desafíos que enfrenta la democracia. No basta con acudir a las urnas si los resultados de esas elecciones no son respetados, si las libertades constitucionales son vulneradas y si el Estado de derecho se ve socavado. Podemos participar en procesos electorales una y otra vez, pero eso no garantiza la existencia de una democracia plena. Lo que define a una sociedad democrática es el reconocimiento y la garantía de los resultados electorales, así como el respeto a las libertades fundamentales.
Cuando un sistema político invita a votar, pero no honra la voluntad expresada en las urnas, los ciudadanos tienen el derecho y la responsabilidad de alzarse, de asumir una posición de desobediencia, de resistencia pacífica y de denuncia. El espacio político más importante, clave y origen de muchos de los males que aquejan a Venezuela es, sin duda, la Presidencia de la República.
El pasado 28 de julio, los venezolanos acudieron a un evento electoral marcado por desventajas, inhabilitaciones y amenazas. Los resultados son conocidos. Ante esta realidad, los ciudadanos que creemos en la democracia tenemos el deber de exigir el respeto a la voluntad popular y de no participar en actos que atenten contra los principios democráticos. Ser demócrata implica coherencia entre el discurso y la acción, no hay espacio para medias tintas ni oportunismos.
Los dirigentes que aspiran a representar a la ciudadanía deben ejercer su derecho a votar y convocar a la participación, pero también deben ser garantes del respeto a los resultados y de la defensa de las libertades. Aquellos que exigimos el respeto a la voluntad popular tenemos el derecho a rebelarnos, a denunciar el fraude y a utilizar todas las herramientas de lucha pacífica a nuestro alcance, incluyendo la desobediencia electoral.
La dinámica política no se mide únicamente por resultados electorales o hechos aislados. Es una sucesión de actos, una construcción constante. Es necesario actuar con coherencia y responsabilidad para alcanzar los objetivos y obtener el reconocimiento de la ciudadanía.
Esta lucha por la libertad y la democracia es un camino que debemos recorrer hasta el final. Como bien expresó María Corina Machado, *”el ciudadano venezolano es noble, pero no pendejo”*. La historia juzgará a cada uno por sus acciones y por su compromiso con la defensa de la democracia.
Ciudadano Libertario
¡Hasta el final!

