En el socialismo… La vagancia viaja tan lenta… que pronto es alcanzada por la pobreza y el vicio.
La naturaleza humana siempre se ha enfrentado a sus problemas existenciales. Los griegos se trataban como iguales, fue así que lograron darse cuenta de lo diferente que eran los unos de los otros. Entendieron que el individuo más allá de los dioses y de la naturaleza tiene que ser capaz de gobernarse así mismo. Inventaron el Teatro, para dar rienda suelta a las emociones y desviaciones de la conducta humana, y el deporte para canalizar las energías naturales más hacia la competencia que al enfrentamiento.
En ese intento a través del tiempo para organizar civilizadamente a los seres humanos, los romanos idearon el derecho, el mayor aporte a la comunidad humana desde el carácter democrático e igualitario nacido en Grecia. Roma aportó el respeto de unas reglas de juego comunes, precisas y públicamente divulgadas, que regulasen los intereses de los individuos, sus conflictos y su relación con la comunidad. Ellos contribuyeron a que los derechos políticos se hicieran universales y la cultura occidental Greco-Romana, es la que nuestra América conoce, no es la asiática ni la africana, cuyos valores y conductas son muy diferentes.
Cuando predomina el individualismo, la armonía del conjunto social se rompe y no hay ninguna obligación de solidaridad. Por el contrario, si es el estado quien protagoniza excesivamente los individuos pierden su iniciativa y su capacidad de ser auto responsable. Bajo este esquema no se toleran las discrepancias, ya que prevalece una sola forma de pensamiento, sea político (Socialismo) o religioso (El islam). En Venezuela, el modelo “estado-benefactor” moldeo una conducta donde la gente prefiere siempre a un gobierno repleto de promesas que a uno que le hable del sacrificio para afrontar los cambios que necesitamos.
Esa costumbre de vivir a costa, alrededor, y bajo el cobijo de un estado despilfarrador, no tiene otro destino. El dinero nos sobró para esta grotesca aventura revolucionaria, que, además, introdujo elementos de culturas ajenas y radicales a nuestra sociedad por razones de intereses políticos. Es esa anarquía colectiva que da como origen a los mandones de turno y a los demagogos políticos, no pueden ser otros los resultados. El lamento y el llanto desahogan al individuo, pero no resuelven el problema del conjunto social.
Venezuela, ha pasado sus mejores años abstraídos de su deber y promoviendo solo hechos históricos, bien sea de la independencia o de la incipiente democracia. Allí nos hemos quedados para beneficio de quienes saben manipular la historia. Los hombres de uniforme ocultan sus desmanes, arropándose con las banderas de la independencia y los de la clase política con el lema de que ellos robaban, pero dejaban algo para los demás. Cinismo degenerado, que nos condujo a colapso.
Toda sociedad con independencia de su sistema político, inicia un tránsito entre un pasado que es su memoria y una visión que inspira su evolución. Sin liderazgo las instituciones pierden el rumbo y las naciones se exponen al fracaso, la incertidumbre y al desastre. El liderazgo político hasta ahora no ha correspondido a sus obligaciones. Persiste esa necedad de citar el pasado como la solución a la actual crisis.
Si no se detiene el afán por lo burocrático, por el discurso político vago, retorico e incesante en todos los niveles sociales y administrativos, nos mantendremos en una recesión que impide el crecimiento sostenido. Sin embargo, las sociedades no desaparecen por el todo, siempre hay alguien, que, en el caso nuestro, se trata de una valerosa mujer, que ha señalado un nuevo rumbo, incierto, difícil, pero cargado de fe y esperanzas.
Fortalecer la infraestructura de la democracia, comenzando por el estamento militar y de seguridad, el sistema de una prensa libre, sindicatos democráticos alineados con la producción enriquecedora, partidos políticos modernos, el de un libre emprendimiento económico rentable e innovador, de universidades no burocráticas y actualizadas, y de la necesaria desintoxicación social de ideologías, de nacionalismos y reseñas patrióticas, que han distraído al ciudadano común de sus obligaciones con el país.
Todo ello es necesario para permitirle a la sociedad elegir su propio camino, desarrollar su propia cultura, arreglar sus propias diferencias por medios pacíficos y emprender su destino de forma ordenada y eficiente, con base al trabajo creador en el marco de su idiosincrasia y de sus valores.

