Las transformaciones que el Estado-nación ha sufrido dentro del contexto de la globalización pueden caracterizarse por el hecho de que ya no se puede suponer que el lugar del poder político efectivo está en los Estados nacionales. Múltiples fuerzas y actores en la esfera nacional, regional e internacional comparten e intercambian el poder efectivo. En desenvolvimiento de los Estados en sistemas regionales y globales, cada vez más complejos, afecta tanto su autonomía (al alterar los costos y beneficios de las políticas y al influir en los programas institucionales) como su soberanía, al cambiar el equilibrio entre las estructuras jurídicas y las prácticas administrativas nacionales, regionales e internacionales.
El crecimiento de las organizaciones y colectividades internacionales y transnacionales, desde la Organización de las Naciones Unidas y sus organismos hasta movimientos sociales y grupos de presión especiales, alteró la forma y la dinámica tanto del Estado como de la sociedad. La intensificación de los procesos de interconexión regional y global y, la proliferación de los acuerdos internacionales y las formas de cooperación intergubernamental para regular el crecimiento sin precedentes de estos fenómenos, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, erosionaron la distinción entre asuntos externos e internos, entre política internacional y domestica (Velázquez y Pérez, 2010).
El Estado se convirtió en una arena fragmentada de elaboración de políticas, permeado por los grupos internacionales, así como por las agencias y fuerzas domestica. Del mismo modo, la penetración general de la sociedad civil por actores transnacionales alteró su forma y dinámica. Con el incremento de la interconexión global, la cantidad de instrumentos políticos a disposición de los gobiernos nacionales y la efectividad de esos instrumentos muestra una clara tendencia a declinar. Los Estados pueden experimentar una nueva reducción de las opciones debido a la expansión de las fuerzas e interacciones transnacionales que reducen y restringen la influencia que los gobiernos particulares pueden ejercer sobre las actividades de sus ciudadanos.
Según Bauman (1999), el Estado era precisamente una agencia que reclamaba el derecho legítimo –y poseía los recursos para ello- de formular e imponer las reglas y normas a las que estaba sujeta la administración de los asuntos en un territorio dado; reglas y normas que transformaría la contingencia en determinación, el azar en regularidad, el caos en orden. La tarea de crear el orden social requiere esfuerzos enormes, constantes, para seleccionar, trasladar y condensar el poder social, lo cual a su vez exige recursos tales que solo el Estado, con un aparato burocrático y jerárquico, puede reunir, concentrar y desplegar. La soberanía legislativa y ejecutiva del Estado moderno descansaba necesariamente sobre “trípode” de las soberanías militar, económica y cultura.
Al fin de conservar su poder de “policía” para imponer la ley y el orden, los Estados tuvieron que buscar alianzas y ceder porciones crecientes de soberanía. Cuando acaece la disgregación de la Unión Soviética, apareció un escenario desconocido: emergieron nuevos Estados que buscaban, de alguna forma activa y tozudo ceder sus derechos soberanos, suplicaban que les quitaran la soberanía y la disolvieran en las estructuras supraestatales. “Las tres patas del trípode” de la soberanía están rotas. Se podría decir que la ruptura de la pata económica es la más rica en consecuencias. Las instituciones interestatales y supranacionales que se han creado y pueden actuar con el consenso del capital global ejercen presiones coordinadas sobre todos los estados para que destruyan sistemáticamente todo lo que pudiera desviar y demorar el movimiento libre del capital y limitar la libertad de mercado.
En fin, los gobiernos se enfrentan a problemas tales como narcotráfico, el empleo de recursos no renovables, epidemias, la administración de los desechos nucleares, la proliferación de armas de destrucción masiva, movilidad, el calentamiento global, que no se pueden clasificar de una manera significativa es estos términos. De hecho, en todas las áreas principales de la política, la interconexión de las comunidades políticas nacionales en los flujos y procesos regionales y globales las hace tomar parte en una intensa coordinación y regulación transfronteriza.
El núcleo de la estructura del sistema de Estado-nación puede ser caracterizado por una fuerte tensión entre la consolidación de su operar administrativo y la legitimidad democrática dentro de las fronteras del Estado y la implementación de una política de poder fuera de esas fronteras. La creciente implicación de los estados en redes regionales y globales, particularmente durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, alteró la magnitud y el alcance de su autoridad y su soberanía.
@jrjimenez777

