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Eligio Damas: De Cumana cuando, El negro Pedro Padilla, alcanzó la maestría del toreo en la Plaza de Madrid (II)

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Por navidad.

Nota: Esta historia, donde realidad y ficción se mezclan, es parte de mi novela “El crimen más grande del mundo”, ganadora del premio Nacional de narrativa del Ipas-me 2010. La pondré, en homenaje a Cumaná, por su reciente cumpleaños, los 200 años de la Batalla de Ayacucho y la navidad, que siempre me llena de bellos recuerdos.   Seguimos con la segunda parte.

 Los toreros españoles

En   aquella vieja casa de bahareque, de portal con tres maderos  carcomidos por la polilla  y por el tiempo, con más de la mitad  de  la  techumbre  destruida  y  el  friso  de  las paredes desprendido, estaban alojados los tres toreros españoles.   

Llegaron  a  la ciudad un día  de  tiempo extrañamente ennegrecido. De inmediato fueron a “Las Palomas”  a  buscar refugio,  por indicaciones y sugerencias  cómplices  de  un polaco  tuerto, que días atrás llegó misteriosamente como ellos,  con  tres hijas enormes, del mismo color de la arena  del  lecho del  río; se acomodaron como pudieron en aquella casa, en la  que no  entrábamos nosotros por temor a los malos espíritus que  allí se  alojaban,  según los decires de la mayoría de  la  gente  del barrio.

En aquella ciudad nuestra, con frecuencia lo decían los mayores,  nunca  habían visto una corrida de toros  y  el  último espectáculo  importante  que en ella se presentó,  tanto  que  lo recordaban  con regusto y una  inocultable nostalgia,  fue  aquel juego  de pelota entre un equipo de la capital y uno local.  Partida en  que “Cocaína”, el lanzador visitante, quemaba las mascotas y,  durante  el cual, cosas curiosas de la vida, uno de los bateadores del equipo local, con sólo chocar la bola por azar, la devolvió tan  lejos y tan alto, que los niños que nacieron después tendían a andar por las  calles con la cara hacia arriba, como esperando  que  aquella cayese.  El “Retablo de Maravillas” y las esotéricas actuaciones de  Blackman  (o  Blacamán),  si  bien  fueron  aplaudidas  y admiradas, no impresionaron tanto.

Con  la llegada de los españoles, hubo  oportunidad  de vencer  el  tedio en las horas tempranas de la mañana  y  en  las tardes, cuando comenzaba a decaer el sol, acercándose a la  vieja casa donde  ellos se alojaron. La gente se sintió atraída por el inesperado espectáculo de la torería que de pronto, cuando  menos lo esperaban, comenzaron a ofrecer aquellos extraños  forasteros. A  esas  horas  del  día, se dedicaban con  empeño  y  pasión  al ejercicio teatral de la tauromaquia.

Desde  un primer momento entendimos que  se  preparaban para actuar de verdad, tanto por el tiempo que invertían como  el empeño  que  ponían en los ejercicios. Hasta sentían  placer  ver a su alrededor,  frente  aquella casa vieja,  donde  habían improvisado  el  redondel,  un numeroso público  que  día  a  día mostraba  mayor  interés  en aquellas prácticas que  no  le  eran comunes.  Al  tercer  o cuarto día de  iniciados  los  ejercicios toreriles, como para darle mayor formalidad y quizás para incitar la  curiosidad de los vecinos, empezaron a presentarse  con  unos trajes  extraños,  que algunos asociaron  a los que  llevaban  los toreros del almanaque que, ese año, café “El Toro” había  repartido en  la  ciudad.  Y conste, que aquel  espectáculo  era  totalmente gratuito.

Aquellos andaluces, según ellos, nacidos en el  centro mismo  de  Sevilla,  pese a toda la ruindad que  emanaba  de  sus figuras,   hasta  los  trajes  de  luces   estaban   virtualmente deshechos, decían ser herederos de fortunas inmensas que allá  en España  inútilmente  les esperaban; habían renunciado a  todo  lo heredado,  por  lo menos momentáneamente, incluyendo  el  linaje familiar un tanto desleído, por la felicidad de regresar a casa y especialmente  a  la ciudad natal, desde América,  dentro  de  un cartel de toros de tronío que los señalase por sus hazañas.  Pero en  verdad,  aquella ciudad no era precisamente la  más  propicia para  iniciar una carrera ascendente en el mundo del toreo.  Pero si  para embaucar inocentes.

Otra razón para que los vecinos acudiesen allí era  la brujería.  Pese  la inocencia de la gente del barrio, a muchos le llamó la atención  que aquellos personajes  se  acomodasen  tan fácilmente  en  una  casa en la que ninguno  de  los vecinos  se detenía;  y  si  se entraba a ella, por curiosidad  o  por  cortar camino  hacia  el puerto del río, se la atravesaba  raudamente  y silbando  bajito para despistar los espíritus. A todas horas  y en  cualquier  tertulia,  se contaban historias  de  aparecidos  y visiones  nocturnas  dentro  y alrededor  de  aquella  casa.  Con frecuencia  se  hacía alusión a una lámpara encendida que,  a  las doce  de la noche, en los días de abril y mayo, salía  del  fondo del río y bamboleante se venía hasta la casa y ya en ésta, iba de un sitio a otro y  se llegaba hasta el portal.

Otras veces era una dama de ropa blanca y vaporosa  que le  cubría los pies, que en noches de luna llena o  al  mediodía, cuando  el sol se ponía ardiente, quien recorría  lentamente  las habitaciones  de  la  casa misteriosa, dejándose ver,  de  vez  en cuando y muy discretamente, de los vecinos que aguaitaban desde la lejanía  de  sus  respectivas casas por  rendijas  de  puertas  y ventanas.   Y  todos, en aquel barrio y  en  los  barrios vecinos, conocían la historia que en cada esquina repetía la vieja Lola espontáneamente.

El torero: Sus recuerdos

Aquella tarde, Cristóbal – dijo el viejo,  cambiando  de  pronto el orden de la  conversación  y  conduciéndose hacia  donde  guardaba  sus viejos y gratos recuerdos  –  el  sol brillaba.

Calló  de  nuevo un   instante, tocose  la  barbilla  para quitar algo molesto y agitó el cuerpo como para  acomodar los recuerdos.

Estaba de  mi  parte; el sol quemante de la sabana se  fue  lejos, hasta allá, a la plaza donde  había  recibido  la alternativa y me presentaba por segunda vez frente a toros  enormes.

Yo  había estado en la  mañana en  los toriles observando el encierro. Quería tener una idea precisa de las mañas de esos animales. Fue siempre mi costumbre hacerlo así.

El  viejo hizo una pausa; se colocó la mano derecha a  modo de visera para mirar hacia la sabana; escrutó, a través de un estrecho  espacio, a manera de  túnel del manglar, la playa  de Castillito, buscando indicios que denunciasen la llegada  de algún bote pesquero. Era una conducta habitual,  casi  mecánica,  a  esa hora  y a otras  determinadas  del día. Entre  el ir y venir a la pila,  hablar consigo mismo de toros y el aguaitar hacia la playa, se le iban los días.

Cuando llegué a la plaza, la miré iluminada  y percibí los cuerpos calientes y sudorosos, aún en los tendidos de sombra, en aquella ciudad friolenta; levanté la cara buscando  al sol  y  allí  estaba, salobre y pinturero y  con  esa  misma mancha  que allí ves;- sentenció mientras con el  índice  derecho, señalaba hacia arriba.

Y siguió hablando del traje que  lució  aquella tarde; su espera angustiante, soportada entre chistes y  sonrisas  convencionales  en el patio de cuadrillas. De la complicidad  del viento  que decidió buscarse un acomodo en un espacio  cualquiera de  la  barrera de sol para no perderse la  actuación  del  negro Pedro, observar los  detalles de su traje de  luces, sus garbosos movimientos y su temple; a la espera de la oportunidad para salir revoleteando por lo alto de la plaza e ir a recorrer la sabana  y susurrarle a los alcatraces parlanchines y cotúas; a los peces  y moluscos  en la orilla de la laguna,  llegar hasta el  fondo  del mar, del río, donde se crían los perros de agua y atravesar el manglar desparramando la crónica taurina.

¡Y al fin, hijo mío, lo esperado!

Toque  de  clarines y timbales que  por  instantes hacen callar a la gente que llenaba la plaza; fue tanto el callar de voces que hasta se sintió, allá abajo  en  los  burladeros, el  aliento  de  la  gente  y el aletear de los pañuelos  blancos del palco principal.

El  viejo  habló  de cómo traspasó  la  puerta  de cuadrillas; de los otros toreros y subalternos.

“Al  entrar  al ruedo-  dijo  poniendo  cara  de asombro- me vi por momentos como en medio de la sabana.  La Plaza,  dijo  y con ella la gente, desaparecían en el espacio radiante  y efervescente  de la sabana; ésta apareció y desapareció  por  tres veces  seguidas. Por instantes brevísimos, en un ir y  venir,  tan rápido y violento que las tres veces escuché sendos estallidos”.

¡Sí! tres veces estuvo allí la sabana, llegó a ver y a servirme  de escenario; el sol desparramó su sonrisa y su  sal. El viento  siguió  allí,  tranquilo,  mudo, observando  mi elegante caminar por el ruedo de la plaza y la sabana.

Cristóbal escuchaba atentamente. Ansiaba llegase el momento en que “el torero” se enfrenta a  la  bestia.

  Había oído la historia muchas veces. Y aún le fascinaba. Pedro no se cansaba de contársela; en cada oportunidad le agregaba algo nuevo.  Al muchacho se le antojaba que era otra tarde  exitosa; otra de las fiestas, entre tantas, donde el viejo triunfó.

Yo  era  el  segundo  matador en  antigüedad  y  me correspondió el segundo toro de la tarde. Era una corrida exigente. Lo supe desde el principio, al ver el empuje y percibir la fuerza del primer toro.

El  matador  menos antiguo terminó su faena;  escuchó música a lo largo del tercer tercio; música  alegre y salerosa; al final, dio dos vueltas al ruedo con los apéndices  de la bestia en las manos.

El  negro  se  secó el sudor de la  frente  con  el dorso  de la mano izquierda; se movió sobre la silla  apoyando  el antebrazo  derecho  en el  espaldar del asiento y  otra  vez  miró hacia  la playa. Observó  las sombras pegadas al suelo para  medir el tiempo, luego habló de espaldas a su interlocutor.

Habían retirado el cadáver de la  noble bestia, y  ya los monosabios y  areneros  terminaban  su trabajo;  yo –  dijo el viejo tocándose el pecho con la palma  de sus  manos – trataba de adivinar cuál  de aquellas  bravas  reses, encerradas en el corral, me tocaría.

De nuevo clarines y timbales. La plaza es invadida por  un silencio desconocido. Nada se siente. Desde un ángulo  se ve abrir la puerta de toriles;  se oye de pronto y fugazmente, un ruido grave y retumbante  que pareció salir del fondo de la tierra; al instante  comenzó  a percibirse  un extraño olor; pasó por el burladero y llegó a  los rincones más ocultos del coso. Una fina lluvia de arena de  color cenizo empezó a caer sobre el centro del ruedo. Luego el silencio  se hizo  más patente y  “tapusó” los oídos; se le palpó; en ese  instante,  todo el mundo, hasta “el torero”, se  puso  a mirar, no sin asombro, por ratos al silencio.

Aquel  silencio,  Cristóbal,  daba  miedo; yo comencé a sentirlo. Nada bueno parecía presentirse de todo  aquello.

La espesa cortina de silencio”–  habló el matador – que cerraba  la puerta de toriles, de nuevo fue rasgada con  violencia,   el chasquido recorrió la plaza entera, sacó de allí por  momentos todo vestigio de silencio y, con el filoso ruido, entró la res sorprendente al redondel.

Era  un  animal negro. Alto,  muy alto.  De  cuerpo apretado,  tanto  que pareció, por momentos, un bloque de piedra  esculpido  por artista  prodigioso. Era un cuerpo armonioso. Largos  cuernos  de puntas afiladas, como puñales, remataban su cabeza, que igual  que el cuerpo, desprendían un brillo metálico.

¡Era un animal fiero!. Esta frase la  pronunció Pedro, casi gritando, tanto que María de la O, se asomó a la puerta del rancho inquieta por aquel poco habitual gesto de su hermano.

Correteó  la  plaza  suelto  y con altivez. Dio dos vueltas al ruedo y vino directamente a plantarse frente al burladero donde estaba guarecido el matador.

Uno  de los  peones,  parapetado detrás  del burladero,   asomó el capote por encima de las tablas. En  ese instante, una ráfaga de  viento, de aquel viento que estaba  desde hacía  rato sentado en los tendidos, se lanzó con vigor sobre el capote;  lo  hizo girar  como un molinete sin desprenderlo  de  la mano  del  peón.  En  la plaza nada se escucha. La  bestia  no  se mueve,  ni  uno sólo de sus músculos se agita. Mira  fijamente  al matador.

Cuando observé aquello Cristóbal, aumentó rápidamente mi temor y empecé a poner un interés particular en  aquella bestia que parecía retarme. Me quería a mí. Parecía saber,  y no  sé  cómo, que yo era su rival. Además, no estaba  dispuesto  a revelarme sus derrotes, sus mañas, por lo que luego desdeñó las  llamadas del peón.

¿Y el viento? me  pregunté  con  angustia: ¿Con quién  está ahora? ¿No es éste el mismo  viento que sopla en  la sabana? ¿El qué vino a sentarse en la plaza para no malograr las maniobras  de  capotes  y muletas? ¿No  es,  Dios mío,  mi viento amigo,  de la infancia, el que sopla intermitente, del manglar a  la sabana y, pasa raudo por el oasis de mi rancho, ¿antes de perderse en los vericuetos del barrio?

Yo creí reconocerlo desde mi entrada al ruedo. Era de un olor inconfundible. A líquenes, a musgo y al agua sulfurosa de la sabana; a pescado fresco, cangrejos y pepitonas; era del mismo olor  porque era él mismo. Era aquel viento que venía de la  otra costa  y  al pasar por el manglar y la laguna se  embriagaba  con ellos. Era el mismo que por años había jugado conmigo.

El peón se lanzó al ruedo y abrió la capa. Citó  con insistencia a la bestia y ésta lo ignoró.  Estaba  clavada en la arena, el cuerpo  inmóvil, pero  en  acecho.

Tenía un aire retador y abusivo.

El peón se movió hacia su mano derecha, manteniendo  de ese lado el desplegado capote; moviéndolo violentamente  y lanzando  grandes  voces,  intentó de nuevo  atraer  aquel  terco gladiador. Este insistió en ignorarlo y mirar fija y desafiante al matador.

Las  nubes acudieron presurosas a formar una  cortina espesa,  gris  y abovedada, justamente encima de la plaza;  y  el silencio  continuaba, solamente interrumpido, de vez  en  cuando, por  el ¡ajá! cada vez más angustiado y temeroso del  peón de brega, quién desesperado y asustado, pasó a lanzar palabras fuertes. Luego ya no se atrevía a mover el capote y su mirada iba con asombro del animal de lidia al matador.

Yo sentí por momentos – dijo el matador  mientras  miraba  de nuevo hacia la playa – como si un  peso enorme cayera en mi cabeza y  mis  pies  se clavaran en el suelo.

Al fin, presintiendo la intranquilidad del público, pese  a que desde hacía rato nada escuchaba, decidí responder al  reto  de la bestia. Con duda, intenté moverme, pero  para  mi sorpresa,  pude  hacerlo sin dificultad; mis  pies  se  sintieron liberados  y el extraño peso que me aplastaba desapareció de inmediato.

El  torero  se lanzó al ruedo resuelto. Llevaba  un traje  blanco, bordado exquisitamente en oro. Y su cara, sus manos y cabellos negros resaltaban. El traje ajustadísimo dejaba  apreciar su estilizada y atlética figura. 

Las  nubes comenzaron a arremolinarse en torno  al breve  espacio  de  la plaza; formaron  una  oquedad  donde  quedó aprisionado el redondel. Desde arriba  se apreciaba de un lado  la bestia  y al otro el matador. Frente a frente se  mostraban desafiantes.

De  pronto  las   nubes volvieron  a  girar.  Luego detuvieron  su movimiento y sutilmente fueron disolviéndose. En salteados espacios  de la plaza, fueron  apareciendo  retazos de sabana. Y las nubes siguieron disolviéndose y un fragmento de  paisaje oloroso a limo se unía a otro. Y los pedazos de  sol, de  cardón, de tierra cuarteada y salitrosa y los variados  espejismos de aquí y más allá, y los fantasmas de agua evaporada y la línea azul de la laguna y el verdor del manglar, se hicieron cada vez más grandes.

Bestia y hombre estaban allí, mirándose de frente, se retaban insistentes, bajo el ardiente sol de la sabana; boca y  ojos se les llenaron de sol y de tierra salitrosa.

Inesperadamente, allá lejos, en el espacio despejado  de la  sabana, del lado oeste, comenzó a crecer un punto negro.  Como un  líquido derramado se fue expandiendo. Se hacía cada vez  más grande. Siguió creciendo  hasta cubrir de negro  el cielo azul  de la  sabana;  luego, lentamente,  fue reapareciendo la luz,  la intensa  y  enorme oscuridad se fragmentó en cientos  de  aves: ¡zamuros! Miles de ellos comenzaron a revolotear rítmicamente por encima del redondel de la sabana.

Volaban en círculos concéntricos; los de un círculo,  empezando  por el lado externo, se movían de derecha  a  izquierda; el siguiente a la inversa. Luego un círculo subía y  los otros  se  dejaban caer bamboleantes, muellemente  con  las  alas desplegadas;  otros,  detenidos en el espacio,  escudriñaban  los cuerpos plantados en el centro del circo sabanero.

De  alguna  parte, se oyó de nuevo  el sonar  de clarines y timbales y un enérgico aletear  de  zamuros, reclamando el inicio del combate.

Yo  Cristóbal – habló Pedro, llevándose las  manos al  vientre y recorriendo larga y detenidamente todo su cuerpo con la  mirada  –  estoy  agujereado. Pero el trabajo  del  torero  es torear y es plantarse allí, en los terrenos del toro,  llamarlo  y pasarlo bonito, sin que sus pitones te toquen.

Continuará…

 

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