El próximo 27 de noviembre Cumaná arribará a un aniversario más de su fundación. No se cuántos años cumplirá, ya he perdido la cuenta. Ni siquiera recuerdo el nombre de sus autoridades locales, ni el de sus principales calles. Mi memoria navega en el olvido ante el desolado panorama que castiga con fuerza la otrora ciudad mariscala. Es triste decirlo. Pero, ni la apacible brisa de sus playas ni las inquietantes aguas del Manzanares han podido despertar en mi la lucidez mental para visualizar a la entonces Atenas de América, a la encantadora ciudad que parió poetas, intelectuales y valientes guerreros, cuya voz fue el preludio de la emancipación nacional. Pues, esta ciudad es a primera en el continente americano y por donde nació la educación y la organización edilicia de nuestro país.
Solo recuerdo, por lecturas voluminosas de diversos autores, las aventuras de un fraile, llamado Pedro de Córdoba, que se atrevió en 1515 a expandir su misión evangelizadora y dignificar la condición de los indígenas más allá de Santo Domingo, isla La Española, centro de sus operaciones como Vicario de América. Así lo hizo y, después de dos infructuosas expediciones, pudo llegar a finales de noviembre a las costas de esta ciudad, preñada de grandes maravillas naturales y habitantes, con flechas y casi desnudos, que surcaban las aguas en canoas para la pesca y extracción de perlas.
Así el bendito fraile fundó a este suelo bañado de gracia con el nombre de Cumaná a finales de noviembre de ese mismo año. Lo hizo en honor a la palabra “Kumaná” que brotaba de los labios de sus moradores nativos para identificar a esa “tierra de frijoles”, según nos narra el Dr. Ramón Badaracco, Cronista Oficial de Cumaná y excelso amigo de este escribiente, en sus diversas obras sobre la fundación de Cumaná.
Pero eso corresponde al pasado glorioso de esta ciudad. Hoy es otra cosa. El terruño natal de Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho, luce abandonado y ha hecho perder la memoria colectiva de sus habitantes. De la Sultana del Manzanares solo queda el recuerdo de los poetas célebres, cuyos textos están amarillentos y guardados en viejos anaqueles que van muriendo por el desgano oficial. La Sultana del Manzanares se ha perdido en el tiempo ante la mirada indiferente de sus gobernantes que tan solo se acuerdan de ella cada 27 de noviembre para convertir su aniversario en pan y circo para la multitud. Luego, vuelve la oscuridad.
La ciudad primogénita se perdió en el olvido y el abandono. Sus calles son un monumento a la desidia oficial con la cantidad de basuras y aguas servidas por doquier. Su casco histórico, patrimonio de gran valor y testigo de grandes episodios históricos, se deteriora con el pasar de los años ante la quietud colectiva. ¿Servirán los versos de Andrés Eloy Blanco o de José Antonio Ramos Sucre para despertar la conciencia colectiva de querer y luchar por esta ciudad gloriosa? No lo sé. Falta un haz de luz que alumbre el tortuoso camino y acabe con esa cultura del olvido. Cumaná sigue adolorida y espera que sus hijos salgan en su urgente defensa.

