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Rafael Gallegos: La revolución de octubre y el petróleo venezolano

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El 18 de este mes de octubre se cumplen 79 años de un hito fundamental para la Venezuela del siglo XX, el  derrocamiento del general Isaías Medina Angarita, que significó el entierro del gomecismo, del andinismo,  y de los chopo e’ piedra por la llegada al poder de una nueva generación civil y militar.

Con esa nueva generación afloraron  procedimientos inéditos como elecciones libres, universales, directas y secretas, que se constituyeron en los pininos de una democracia que lamentablemente, fue interrumpida en 1948, por los mismos militares del 18 de octubre.

En el área petrolera también se observaron nuevas políticas, que es necesario analizar, no desde los cómodos sillones del siglo XXI, sino procurando instalarnos en la realidad de los años cuarenta, caracterizada  por la guerra fría, las “siete hermanas” ejerciendo el monopolio del mundo petrolero, y una Venezuela con transnacionales buscando maximizar sus ganancias en el negocio petrolero a cualquier costo.

Antes de 18 de octubre…

En 1920, apenas poco más de veinte años antes, se había elaborado la primera ley petrolera en Venezuela. Aquella que incomodó a las transnacionales porque daba prioridad a los propietarios de los terrenos para otorgar las concesiones. De hecho hubo 2.500 peticiones de propietarios. ¿Cómo hubiera sido el negocio petrolero si se hubiera mantenido esa ley? ¿Hubiera habido muchos venezolanos explotando el negocio?

Ante los reclamos de las empresas petroleras, el zamarro dictador Juan Vicente Gómez les expresó la vergonzosa frase “hagan ustedes las leyes que son los que saben de eso”.  La ley de 1920 fue modificada en 1921 y 1922 a plena satisfacción de los capitales internacionales. Al pobre Gumersindo Rodríguez, redactor de la ley, lo botaron. Y el Cachorro Juan Vicente Gómez (título de un libro de mi inolvidable padre), se mantuvo en el poder como un cachorro con las transnacionales, pero como un implacable guachimán con el pueblo. Fue un dictador sostenido por las petroleras.

En 1938, el gran ministro de Fomento Néstor Luis Pérez  – preso de Gómez en La Rotunda – elaboró  una ley de hidrocarburos muy progresista, que fue aprobada por el Congreso; pero por presiones… jamás se le dio el ejecútese. Así, las empresas petroleras seguían obteniendo pingues  dividendos.

En ese mismo 1938 los mexicanos nacionalizaron el petróleo cuando obtenían 34c$ por barril, mientras en Venezuela apenas se obtenían 10c$ por barril. En 1941 el estado venezolano obtuvo apenas el 12 % de las ganancias del negocio petrolero.

En 1943, bajo el gobierno de Isaías Medina fue aprobada una moderna ley de hidrocarburos, que unificaba las concesiones, las regalías y los impuestos, e incrementó significativamente los ingresos del estado venezolano.

La política petrolera en el primer gobierno de Betancourt

En 1945, el ministro de Fomento Juan Pablo Pérez Alfonzo se planteó como base de la política petrolera  incrementar la participación de Venezuela en el negocio. Comenzó por elevar el ISLR desde 10 hasta 26%, y a divulgar la necesidad del fifti – fifti, que consistía en igualar las ganancias de la empresa petrolera con el estado. La Ley de 1943 la contemplaba, pero no la detallaba.

Los opositores a estas medidas, planteaban que si se subían los impuestos, las petroleras se irían a los países árabes, que tenían mejores condiciones legales que Venezuela. Sin embargo, en la posguerra se acrecentó la sed de petróleo en el mundo, y más bien Venezuela incrementó su producción de petróleo.

Por su parte, las condiciones geológicas de los países árabes ofrecían menores costos por barril y una producción por pozo de miles de barriles, mientras en Venezuela la producción por pozo apenas llegaba a cientos.

Eran tan productivos los pozos árabes, que se decía que  al perforar pozos en busca de su escasísima agua, se molestaban cuando brotaban miles de barriles de petróleo.

– Baisano, otra vez petróleo – y que decían los jeques muy molestos al no encontrar agua.

También la política petrolera del gobierno contemplaba  que se refinara petróleo en el país, a objeto de exportar productos finales, generar trabajos en los venezolanos y agregar valor al negocio. Otro aspecto fue mantener el precio bajo de los combustibles, que a la larga por falta de actualización, se volvió regalo.

Otro factor  de esa política fue no más concesiones, muy polémico. El  ministro Pérez Alfonzo la justificaba diciendo que se había otorgado en concesiones el 30 % del país, y que apenas explotaban el 2 % , cuando en otros países ese número  era superior al 4 %. Años más tarde, la dictadura de Pérez Jiménez, necesitada de divisas, otorgó nuevas concesiones. Luego en 1964, en el famoso debate JPPA – AUP, el doctor Uslar Pietri planteó que la política de No Más Concesiones era perjudicial porque obstaculizaba el desarrollo petrolero de Venezuela.

El 11 de noviembre de 1948, el Congreso aprobó el Fifti – Fifti, que garantizaba en  el negocio petrolero igualdad de beneficios estado – petroleras. Trece días después, el 24 de noviembre fue derrocado Don Rómulo Gallegos.

¿Habrán tenido las transnacionales influencia en el derrocamiento? ¿Usted qué opina? Pues Don Rómulo Gallegos al llegar a Cuba exiliado, dijo que sí. Pero Rómulo Betancourt, en su monumental Venezuela Política y Petróleo, dijo que no. Para algunos el zamarro Betancourt pensaba en su próxima presidencia y ya había  entendido que con esos pleitos no llegaba políticamente a ninguna parte.

¿Fueron políticas acertadas o equivocadas?

El mejor método para responder esa pregunta es analizar ubicándose en las mentes  de esos pensadores en los años cuarenta. Sus prioridades eran participar en el negocio, procesar crudos en Venezuela, favorecer el consumo de combustibles, proteger las reservas petroleras para el futuro (se decía que el petróleo se agotaría antes de veinte años). ¿Y usted, cómo hubiera sido su política? Yo creo que en general fue acertada, pero queda abierta la discusión.

Por cierto, la nacionalización del petróleo no pasó por la mente de ese gobierno. Aunque Pérez Alfonzo en el libro El Desastre, que muestra conversaciones con Domingo Alberto Rangel, planteó algo diferente.

Cada época tiene su mentalidad, y los contemporáneos la obligación de interpretarla adecuadamente, para afinar la brújula que nos oriente el futuro.

 

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