Gregorio Salazar: Los aplanadores del salario

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Nada desborda tanto la imaginación del régimen como la celebración de un Primero de Mayo. Hay varias fechas por la misma medida, es verdad, como el 4-F y el 13-A. Pero ninguna como la del Día del Trabajador. Allí es cuando la revolución criolla se convierte en el centro del universo y los líderes se regodean en sus grandes logros sociales, el sublime nirvana rojo, esa bienaventuranza total a la que, dicen ellos, nos han conducido en este cuarto de siglo.

Es admirable como todos los resortes de la movilización y el pantallaje se expanden, se estiran al infinito y casi copan todo espacio comunicacional. Eso sí, debidamente aceitados por un flujo incuantificable de recursos. Un chorro monetario, un verdadero geiser de billete ajeno, puesto que sale del erario y por tanto no le pertenece al PSUV, sino a todos los venezolanos.

Es un acto partidista, esta vez electoral, controlado y financiado ilícitamente por la cúpula gobernante con el acompañamiento de
una “dirigencia” sindical prosternada, con la boca abierta en espera de que destilen algunas gotas, un buen chorrito de las mieles del
poder. El pueblo pasando hambre y ellos lanzando a Maduro a la reelección, como lo hicieron públicamente el año pasado. 

Cuando hablamos de desborde imaginativo no nos referimos especialmente al despliegue logístico y operacional en el que
comprometen coercitivamente al funcionariado público de la administración centralizada y descentralizada, ministerios,
empresas públicas, gobernaciones, alcaldías y cuanto organismos se derivan o han creado siempre con el mismo resultado: una gestión
improductiva y estéril. No, nos referimos sobre todo al discurso oficial de la fecha.

Es una verdadera temeridad, un desafío al buen juicio y la sana razón de la ciudadanía, que quienes hace unos pocos años llegaron a ufanarse de haber “aplanado la pirámide salarial” y desaparecieron las tres cuartas partes de las empresas, fuentes de empleo y remuneraciones decorosas, hoy pretendan no sólo hablar en nombre de la clase obrera, sino presentarse como los grandes adalides en defensa de sus derechos.

Reivindicar como un logro haber “aplanado la pirámide” salarial, eso que ha alcanzado concreción en los 3,5 dólares con céntimos del salario mínimo es, penosamente, la delirante demostración del extravío ideológico de quienes conciben la justicia social como la igualación por el rasero. Una consigna vacía. La condena a la masa trabajadora a una vida de derechos nugatorios.

La verdad, como la denuncian los representantes del sindicalismo democrático, es que estamos en presencia de la mayor desalarización conocida en el continente y más allá. Y eso que no son “neoliberales”. Las rasgaduras de vestimenta por “el robo” – que jamás existió- de las prestaciones sociales fueron buenas alharacas para otras campañas presidenciales. Y cuando recobraron el viejo régimen legal, ya no había caso. Lo que pretendían rescatar con el derecho, lo habían pulverizado en los hechos.

Los ingresos petroleros mejoran y la recaudación impositiva rompe récords a cada cuanto. Pero nada de ello encuentra viabilidad y concreción en beneficio del trabajador, pese a las largas sesiones en el marco tripartito –ese que tanto maldijo el finado caudillo- del Foro de Diálogo Social, en el cual las centrales sindicales democráticas vienen insistiendo en que el salario mínimo debe estar en doscientos dólares ($ 200).

La peor tragedia a la que el régimen condenó a los trabajadores fue la desaparición del trabajo como hecho social, ese que permite a ellos y sus familias satisfacer sus necesidades con lo que, en justicia, devengan por su desempeño laboral. Cuando el trabajador venezolano se encontró con que el pago por la labor de un mes sólo le alcanzaba para comer unos pocos días, buscó otras latitudes donde sus conocimientos y capacidades le permitieran ganarse la vida, mantener su familia, labrar el futuro para sus hijos.

Esas posibilidades fueron barridas aquí por un régimen estatista y centralizador (como socialismo, lo siguen proclamando) y generó la
mayor diáspora que ha vivido el continente latinoamericano. Eso no se recompone con bonos. El pueblo lo padece y lo sabe. Y no cree
en los espejismos de movilizaciones financiadas a manos llenas. Ya lo dijo una vez Giordani en su época de mayor delirio, cuando
admitió que llevaron la economía del país al extremo por el “objetivo fundamental” de ganar las elecciones del 2012. Otra vez
la están reventando en un costoso zafarrancho electorero.

Salarios, prestaciones sociales, convenciones colectivas, y pensiones de los jubilados, libertad sindical y derechos de asociación son términos que ya no caben en la boca de quienes aquí (des)gobiernan. El pueblo se encargará de recordárselos este 28 de julio.

@goyosalazar

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado