Un caparazón de nubes cubre el cementerio sobre el mar de un intenso azul oscuro, mientras pandorgas gaviotas hacen círculos sobre los acantilados que caen verticalmente hacia la playa, en esta hora de la mañana desierta.
Sobre esa arena corretea media infancia nuestra, y entre sus guijarros, escondidos en las pequeñas y angostas cuevas de los cangrejos rojos, aún deben estar vivos algunas alucinaciones, cuantiosos miedos, y los primeros espectros que habrían de perseguirnos.
Abro la puerta del cementerio – hierro fundido esculpido en figuras trashumantes de ángeles – y una sensación de aislamiento me invade. No tengo aprensión ni estoy estremecido, es como un vaho brotado de la tierra, un sudor pegadizo de cuerpos amontonados, apretujados dentro de un vagón sin puertas ni ventanas.
A lo lejos, desde la parte vieja del camposanto, donde están enterrados los masones, algunos suicidas, los no creyentes y los protestantes, siento venir la sempiterna canción de madre.
Ella, cuando me presiente, mucho antes de que tan siquiera me acerque a las tapias, comienza a tatarear estrofas para confundir mi espíritu. Madre, cuando quiere, es dura, pero a su manera amorosa.
“Hijo mío, no eres mío, / que eres de la voluntad; / eres mío cuando vienes / y ajeno cuando te vas.”
Se halla sobre la tumba deshilachando unos hierbajos para atar un ramillete con unas hojas de acebo. Debió haberse levantado temprano ya todo está limpio, ordenado.
*Madrugó mucho, madre.
Volvió la cabeza, me observó sin sorpresa, y dejó entrever entre los labios una sonrisa
– Hoy es el cumpleaños de Patricia y le estoy disponiendo un obsequio.
Patricia, a la que madre siempre llama “la arrebatadora de hombres”, era una joven prostituta que él único hombre que tuvo de verdad y la marcó hasta las extrañas, un mal día la cosió a puñaladas.
Llegó al cementerio rota, hecha pedazos, y madre, con paciencia, utilizando hierbas medicinales de los campos vecinos y los pocos conocimientos de anatomía que aprendió en la gran guerra, fue reconstruyéndola de nuevo. A hora Patricia vuelve a cimbrear su cuerpo entre los nichos y más de un muerte se desespera por sus huesos.
Se beneficia de un amor silencioso, un teniente víctima en duelo de honor, pero que solamente a tina a mirarla y lanzarle suspiros hondos, como si los surcos de la tierra temblaran de querencia.
Y así será todos los días, hasta el final de la propia eternidad.
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