Juan Antonio Sacaluga: La sombra de Kissinger

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Kissinger ha dejado el mundo de los vivos, que aspiró a controlar, modelar y proyectar para futuras generaciones. En realidad, estuvo a los mandos apenas una década: la de los setenta, en los mandatos de Nixon y la coda de Ford. Fragmento ominoso de la humanidad, incluso en un siglo fértil en desgracias inducidas desde la cúspide del poder. El diplomático/académico/ germano-norteamericano tuvo mucho que ver en las calamidades de la fase final de la Guerra fría: Bangladesh, Vietnam, Camboya, Chile… Se le atribuyen, en contraste, trabajos hercúleos en pos de la armonía internacional: control de las armas nucleares, reequilibrio de poderes, neutralización de las hostilidades en Oriente Medio y punto final a la guerra en Indochina, éste último de dudosa valoración (1).

Se pasó su segunda media vida exprimiendo sus éxitos y ocultando, manipulando o reescribiendo sus fracasos y vergüenzas: construyendo su relato de estadista para todas las estaciones, con la ayuda de hagiógrafos y desmemoriados. Otros, más críticos, o simplemente más honestos, no se le han puesto fácil. En la hora de su muerte el denominado “juicio a Kissinger” sigue pariendo páginas y aportando argumentos (2).

Algunos lo han querido ver como una suerte de Maquiavelo contemporáneo. Pero incluso esta aproximación es tan escurridiza como el personaje de referencia. Maquiavelo ha generado múltiples y muy diferentes lecturas, desde Gramsci a los exégetas del poder sin escrúpulos. Kissinger tomó del florentino la visión de un mundo sin ilusiones ni idealismos.

Quizás por eso, durante algún tiempo se le consideró como el sumo sacerdote de la “doctrina realista” en las relaciones internacionales. Pero casi todos los que se reclaman de esta corriente de análisis y pensamiento refutan hoy esa adscripción, que el propio interesado permitió, aunque no con entusiasmo. Porque, en realidad, lo que realmente caracterizó su trayectoria fue la ambigüedad. O, para ser más claro, el oportunismo: hacer, en cada momento, lo que mejor le conviniera al Príncipe; al cabo una lectura reduccionista de Maquiavelo.

Los críticos le reprochan esta relatividad moral, de la que él llego incluso a alardear, sin que pareciera molestarle el reproche. Otros comentarios poco amables quizás le importunaran más: por ejemplo, que fuera un académico sin lustre, o que, pese a su fama y su muy lucrativa carrera, nunca fuera capaz de armar un cuerpo doctrinal original y propio (3).

La segunda parte de su vida, alejado ya de los pasillos estrechos del poder, se la pasó ganando dinero a cambio de consejos a los poderosos del mundo, a modo de oráculo indiscutible. Poco importó que, en esta faceta postrera pero la más prolongada de su actividad, errara con asiduidad o modificara sus juicios sobre la marcha. Con aplomo impasible recomendaba ora una política, ora la contraria, sin perder credibilidad para los pagadores.

Entre sus giros más llamativos, por la actualidad que arrastran, destacan sus juicios sobre la ampliación de la OTAN, la crisis de Ucrania o las relaciones con China. Como supuesto realista, desaconsejó la ampliación de la Alianza Atlántica y luego se dedicó a teorizar su extensión al Este; consideró inicialmente peligrosa la incorporación de Ucrania al sistema defensivo occidental y luego lo defendió vivamente; siempre se mostró ferviente partidario de unas relaciones constructivas con China, pero terminó por elogiar a Trump por tensionar el diálogo con Pekín. Cada momento pide una política, podía ser su máxima. Por eso ninguna escuela lo reclama como uno de los suyos, pese al prestigio que él supo cultivar hasta los últimos momentos de su vida. Como dijo Edward Luce: a veces se comportaba como un realista sui generis y otras como un neocom apasionado (véase su apoyo a la guerra contra Irak de 2003).

Martin Indyk, uno de sus biógrafos, exembajador de Estados Unidos en Israel y participante en algunas de las rondas negociadoras en Oriente Medio, ha escrito recientemente que Kissinger hubiera aplicado su visión incrementalista para abordar la actual guerra en Gaza (4). En la jerga de la política internacional, eso significa que se habría abstenido de intentar, ahora y en lo sucesivo, de perseguir una “solución duradera”, término que suele aparecer en casi todos los esfuerzos diplomáticos en cada conflicto internacional. Kissinger, en efecto, era poco amigo de esas ambiciones perfectas, que consideraba irreales e inalcanzables. Era partidario del “paso a paso” (de ahí el incrementalismo), de los pequeños logros, sin obsesionarse por un final ideal, condenado al fracaso; o peor, a la prolongación de la guerra, debido a lo que él denominó como la “paradoja de la paz”.

En la situación actual de Palestina, tal solución ideal podría asimilarse, para algunos, a la fórmula de “los dos Estados” (uno israelí y otro palestino) que en alguna ocasión reciente, el germano-americano apoyó, a su manera. En su interpretación del supuesto libreto kissingeriano, Indyk sostiene que, en lugar de fijar primero el objetivo final, se trataría de adoptar medidas modestas, parciales. La propuesta de Indyk-Kissinger se asemeja a la imposible construcción de un complejo mecano. Pero lo que para unos se trataría de “paciencia estratégica”, para otros no sería más que la manifestación palmaria del cinismo. A veces, la imposibilidad de un acuerdo ideal o del mejor acuerdo en un conflicto no se debe a una dificultad intrínseca sino al sistemático, persistente y muchas veces insidioso boicoteo.

En una línea de visión muy diferente a la de Indyk, Ben Rhodes, el que fuera Consejero de Seguridad de Obama, califica a Kissinger, de “hipócrita” (5). En realidad, hace extensivo ese epíteto a toda una trayectoria de la política exterior norteamericana, consistente en negar a otros países, si es posible con el uso de la fuerza, lo que Estados Unidos se reserva para sí. O en predicar una cosa y actuar para que, en la práctica, ocurra lo contrario. Kissinger interpretó esa farsa de forma implacable. Sin complejos de culpa ni remordimientos.

Stephen Walt, uno de los exponentes más brillantes del realismo en política internacional, a la sazón profesor de Harvard (como Kissinger, en su día) intentó desentrañar el “misterio” del personaje con motivo de su centenario vital (6) y lo ha completado ahora con un comentario final sobre la impostura realista del fallecido. Poco en el ejercicio de Kissinger o en sus libros y escritos, asegura Walt, merece ser encajado en tal doctrina, aunque, concluye con ironía, tal vez si pueda considerarse como tal su empeño impenitente en aferrarse al poder, o en mantener su influencia en la esfera internacional a toda costa (7).

Lo que ha hecho que perviva esta capacidad para prolongar su pretendida vigencia es quizás su vivacidad hasta los últimos meses de su vida (8). La locuacidad, la ironía, la aparente brillantez de sus juicios o comentarios tenían la habilidad de oscurecer sus gazapos, sus errores, sus contradicciones (9). Al cabo, la diplomacia también es eso: hacer que las cosas parezcan distintas a lo que son. Diplomacia y propaganda son dos caras de la misma moneda con la que se pagan las fechorías en el mundo. La primera tiene o suele tener buena prensa; la segunda, se denigra, aunque, por cierto, se practique cada vez con más sutileza, como señalan en un interesante trabajo dos especialistas en la materia, a cuenta de la guerra de Gaza (10).

En Ucrania y en Palestina el incrementalismo de Kissinger conduciría a un estancamiento muy de su gusto. Las medidas parciales y modestas para afrontar la violencia implícita (y explícita, como ahora mismo) de la ocupación de los territorios palestinos y superar la actual fase de desgaste sin desenlace claro en la guerra ucranio-rusa se antojarían inútiles, si de verdad se quisiera conseguir la justicia o la paz. Tal vez Kissinger se sentiría a gusto con el status quo actual.

Notas

(1) “Henry Kissinger, who shaped world affairs under two presidents, dies at 100”. WALTER LIPPMAN. THE WASHINGTON POST, 29 de noviembre;“Henry Kissinger is dead at 100; shaped nation’s Cold War History: DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 29 de noviembre; “Henry Kissinger, colossus on the World stage”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 29 de noviembre.

(2) “Judging Henry Kissinger”, JOSEPH S. NYE Jr. FOREIGN AFFAIRS, 30 de noviembre;

(3) “Did Henry Kissinger further U.S.  National Interests or harm them”. EMMA ASHFORD y MATTHEW KROENIG. FOREIGN POLICY, 1 de diciembre.

(4) “How would Kissinger solve the Israel-Hamas war today? Incrementally. MARTIN INDYK. THE WASHINGTON POST, 30 de noviembre.

(5) “Henry Kissinger, the Hipocryte”. BEN RHODES. THE NEW YORK TIMES, 30 de noviembre.

(6) ”Solving the mistery of Henry Kissinger”. STEPHEN WALT. FOREIGN POLICY, 9 de junio.

(7) “Was Henry Kissinger really a realist”. STEPHEN WALT. FOREIGN POLICY, 5 de diciembre.

(8) “What Henry Kissinger’s diplomacy have to teach the world. THE ECONOMIST, 30 de diciembre; “Half a century later, Kissinger’s legacy is still up for debate”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 29 de noviembre.

(9) “Kissinger`s contradictions”. TIMOTHY NAFTALI. FOREIGN AFFAIRS, 1 de diciembre.

(10) “Gaza and the future of the Information Warfare”. P.W. SINGER y EMERSON T. BROOKING: FOREIGN AFFAIRS, 5 de diciembre.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado