Clodovaldo Hernández: La increíble liposucción de imagen que hizo de Rosales la conciencia moral opositora

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Sujetos y sujetas con experiencia en eso de detectar cirugías estéticas, refrescamientos faciales, lifting, glúteos explotados, implantes mamarios y cosas por el estilo aseguran que Manuel Rosales ha pasado varias veces por ese tipo de quirófanos fashion.

Bueno, puro chisme y, en todo caso, problema de él, aunque, ni tanto, porque las mismas lenguas viperinas tienen la sospecha (o, más bien, la seguridad) de que esas coqueterías de paciente masculino-adulto-mayor las hemos pagado usted, ella, él, aquel, aquella, el otro, la otra y yo, que es una forma de expresar que se han saldado con fondos públicos o, dicho en maracucho, con los «cobres» procedentes de las arcas del Estado.

Eso ya, de por sí, da bastante rabia, aunque en honor a la verdad hay que decir que la lista de gente que se ha “tuneado” o ha mandado a “tunear” a alguien más a cuenta de nosotras y nosotros es muy larga y cubre todo el abanico político. Pero, más allá de ese disgusto, lo realmente impresionante es constatar cómo Rosales parece haberse hecho igualmente una liposucción de imagen, una delicada (y de seguro también muy costosa) operación que lo ha librado de culpas en grandes casos de corrupción de los que fue presuntamente tan protagonista como los otros, los que están siendo señalados de modo reiterado y hasta buscados por la Interpol.

[No es que con esos otros se haya tenido mano dura tampoco, no vaya usted a creer, porque cuando estaban no se les acusó y cuando se les acusó ya no estaban. Pero esa es, definitivamente, una arista diferente del tema].

Y no se trata solo de que Rosales “se haga el Willy May” (así dicen los zulianos viejos) acerca de, por solo mencionar un caso, el desguace de Monómeros que perpetró la oposición G4, él incluido. Lo sorprendente no es que semejante ejemplar esté dedicado, de un tiempo a esta parte, a ser la conciencia moral (¡vergación!) del sector opositor. Lo más sorprendente es que, según se puede apreciar a diario, tiene el visto bueno, el apoyo público y el aplauso de figuras del gobierno y de al menos una parte del Partido Socialista Unido de Venezuela.

La impunidad de Rosales es amplia. Abarca el aspecto judicial, pues ya no parece haber causas abiertas en su contra; el campo administrativo, porque no pesa sobre él ninguna inhabilitación (de hecho, es gobernador en ejercicio y aspirante “posprimario” a la Presidencia); y la esfera de la imagen pública, toda vez que sus pecados parecen haber sido echados al olvido hasta por el aparato mediático gubernamental.

Entonces, el máximo dirigente de Un Nuevo Tiempo (UNT) se pasea por los escenarios de la política con su cara bien lavada (y estirada y rejuvenecida) deplorando la conducta de esos dirigentes antichavistas que dicen estar haciendo heroica resistencia en el exilio, pero que en realidad se encuentran en grandes ciudades, donde profesan un estilo de vida similar al de los reguetoneros exitosos y cobran excelentes “sueldos”. Ante esas denuncias (tan verdaderas, dicho sea, en justicia) cualquiera puede preguntarse si este no es acaso el mismo personaje que durante unos años vivió “exiliado” en Perú, Panamá y Colombia y participó en el reparto del botín de Monómeros, a cargo del cleptómano gobierno interino.

Hay que ser eso que llaman caradura para erigirse en censor de unos tipos que están haciendo lo mismo que él hizo hasta no hace mucho. Pero, justamente, para suavizarle el rostro, los asesores le han practicado una dermoabrasión reputacional con el fin de incrementar su credibilidad y buena imagen. ¡Qué molleja, primo!

Ahora bien, en este punto es pertinente insistir en algo: como cualquier político, Rosales está utilizando los recursos que tiene a mano (y ya sabemos que su mano es muy larga) para verse mejor, tanto física como moralmente, aunque esto último resulte alucinante. Lo realmente desconcertante es que su estrategia de reingeniería política haya sido aceptada sin chistar por propios y extraños, como si, junto con las inyecciones de bótox y las blefaroplastias físicas, el país en general hubiese aceptado una especie de borrón y cuenta nueva respecto a este señor, que no solo estuvo en el ya referido descuartizamiento de Monómeros, en Colombia, sino que también, supuestamente, recibió dinero de CVG-Alunasa, una empresa venezolana establecida en Costa Rica.

Una de las historias borradas mediante esta suerte de exfoliación láser de la honra de Rosales es la denuncia (formulada por Diosdado Cabello) de que el dirigente zuliano dio su apoyo al autoproclamado Guaidó, en 2019, a cambio de que le dejaran Alunasa para que la “administrara”. Por cierto, igual que Monómeros, aunque sin tanta difusión mediática, esa firma estatal venezolana terminó en la quiebra.

La ritidectomía facial de Rosales indignó a mucha de la gente por él señalada. Así tenía que ser, pues es bastante molesto que un cachicamo le diga a morrocoy conchúo o, como en este caso, que un insigne pícaro asuma el rol de Robespierre, el Incorruptible. Sus excompinches le cayeron encima como hacen los integrantes de megabandas con los confidentes de la policía. Y, como si eso fuera poco, el gobernador zuliano cayó en la sinhueso tóxica de cierta periodista cizañera por pedigrí y por mérito propio.

Claro que Rosales tiene la ventaja de que ni los antiguos convives ni la comunicadora en cuestión tienen tampoco la fuerza ética necesaria para que la gente les crea cuando se rasgan las vestiduras. Tampoco parece ser suficiente para arruinarle sus tratamientos antiedad (y antimanchas en la fama), al menos no del modo que ellos y ella quisieran.

En el lado de la militancia y los cuadros medios y populares de la Revolución, el mal sabor también es notable. La sensación de que se negoció con Rosales es ya cosa antigua, pues data del tiempo en que retornó al país de su autoexilio y no solo nadie le pidió explicaciones sobre Monómeros, Alunasa y otras “burusas” (la palabra que él puso de moda en la campaña de 2006), sino que, además, se le permitió ser candidato a gobernador, lo que le dio pie (con el voto de una alcahueta mayoría) para instalarse de nuevo en el Palacio de las Águilas, como si nada hubiese ocurrido.

Esa sensación de que este zorro viejo pudo burlarse de la ley venezolana es una herida que no se ha cerrado y que sangra de nuevo cada vez que el mandatario regional ejerce su papel de líder moderado de la oposición, capaz de cuestionar el bloqueo y las medidas coercitivas unilaterales; de reconocer la responsabilidad de su bando político en la ola migratoria de los años pasados; y de cuestionar la vida de ricos y famosos que llevan sus congéneres en el exterior.

Mientras experimentan arcadas, muchos chavistas se preguntan hasta dónde se llegará en esta entente cordiale con un sujeto tan “trimalayo” (otro maracuchismo exquisito), pues, obviamente su plan es ser candidato presidencial, con un documento endosado por Capriles Radonski, que ahora es su alto pana.

Es muy cuestionable tener que hacer concesiones como esta, a cambio de disponer de un remedo de líder opositor serio, en vista de que casi todos los demás son peores. Y lo más triste es que, como parte del procedimiento estético, el tema no está en discusión en el campo revolucionario. Casi se ha vuelto tabú.

Pero hay que afirmarlo: si se califica de ladrones a los cabecillas del interinato por haberse complotado para apropiarse de miles de millones de dólares a través del saqueo de Citgo, Monómeros, el oro guardado en Inglaterra, los fondos depositados en Estados Unidos, Portugal y otros países, también hay que llamar ladrón a un cómplice de alto nivel como lo fue Rosales. No importa cuántas lipo le hayan hecho los cirujanos del marketing político.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado