Alicia Álamo Bartolomé: Razas

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Mis frustraciones por la eliminación de Carlitos Alcaraz en las semifinales, por el ruso Daniil Medvedev y el triunfo de Novak Djokovic sobre este, en la final del US Open 2023, me las resarció con creces la estadounidense Coco Gauff en la final femenina, al vencer a su contrincante. Nadie puede describir mi gozo al ver a la negrita de 19 años triunfar airosa frente a la catirota bielorrusa Aryna Sabalenka. Confieso que sufro de un racismo al revés del corriente. He sabido tanto del sufrimiento de los africanos traídos a este continente como esclavos. Por eso, en homenaje a ellos y a su sangre, que también corre por mis venas, escribo este artículo.

Creo que Bartolomé de las Casas no se imaginó jamás que su idea de traer africanos para ayudar a los indígenas del Nuevo Continente en las labores que les imponían los conquistadores, iba a ser la fuente más grande de explotación, injusticias, sufrimientos y horror que quizás se haya visto en el mundo. Venían barcos hacinados de negros africanos, mal alimentados, muchos enfermos -algunos ya muertos-tratados como cosas, no como gente, lanzados en las costas de este lado del Atlántico, no para alcanzar un destino mejor, sino como esclavos de señores inclementes y déspotas. Para someterlos a largas y duras jornadas de trabajo, mal pagados o sin pago alguno, tratados como bestias, sin cuidado sanitario alguno. Uno de estos puertos negreros, el principal, donde dejaban su carga los barcos, era Cartagena de Indias. A pesar de los muchos hombres que morían en la travesía y los que llegaban enfermos, era un negocio rentable para los inmisericordes mercaderes.

A Cartagena llegó un día, a principios del siglo XVII, un misionero español, jesuita, Pedro Claver. Tenía clara su misión cristiana. En el puerto recibía los barcos con su dolorosa carga humana, daba a aquellos africanos, desahuciados del amor, alivio físico y espiritual. Curaba y evangelizaba. Él mismo se bautizó: “Esclavo de los esclavos”. Su lucha por los derechos humanos de esta clase diferida y proscrita, no cesó nunca. Hoy es San Pedro Claver, Patrón de las Misiones y los Derechos Humanos, cuyas fiestas es el 9 de septiembre, aniversario de su muerte, en Cartagena.

Personalmente no clasifico a mis hermanos los hombres por raza. Puedo hacer una distinción entre inteligente y bruto, educado y mal educado, culto e ignorante. Sin culpar a nadie, porque todo depende del medio donde se ha nacido y los recursos disponibles. Es una dependencia, no una escogencia, sino una decisión de Dios. ¿Por qué? No lo sé. Muchas veces me pregunto por qué no nací negra y en un rancho. Y queda la pregunta sin respuesta. A pesar de que tengo una bisabuela negra, su tinte no afloró en mi piel. Creo que Dios nos pone donde él quiere para que nosotros asumamos ese medio, sea para respetarlo o transformarlo, según sean sus condiciones de justicia o no para el bien común.

El concepto de raza tiene varias implicaciones, desde una diferencia de colores y rasgos, hasta alguna de valoración social o intelectual. Recuerdo a una amiga, me comentó un día que era mejor casarse con hombres de raza inferior porque eran más complacientes y atentos. Intrigada le pregunté a qué se refería, me contó de una conocida suya, casada con un chino, que era muy feliz. ¿Chino raza inferior? ¡Dios mío, los chinos nos llevan siglos de civilización!

Mamá y muchas señoras de su generación, eran racistas. Decían que quien tenía un buen colorcito -el blanco, por supuesto- tenía que cuidarlo y no llevaban sol. Mi madre no se bañaba en la playa sino a las 6 o 7 de la mañana; por ejercicio, hacía largas caminatas pero con sombreros de amplias alas, a los que le quitaba la copa, para que el cráneo llevara sol, porque eso era muy bueno para el cabello. Una vieja caraqueña, amiga nuestra, nos contaba que a ella y sus hermanas nos las dejaban de día cruzar el patio, sino ir por las habitaciones, para cuidar el famoso colorcito. Mamá me preguntaba el color de mis amistades -del cual nunca me preocupé- y tenía pesadillas en sus sueños porque yo me casaba con un negro. Quizás la fuerza de su angustia hizo que no me casara con ninguno. Mi celibato se gestó en las pesadillas maternas. Una noche en el lobby del Teresa Carreño, mi tía Eloísa, hermana de mamá, casi se desmaya porque nuestro eximio cantante negro, Pedro Liendo, bajo internacionalmente reconocido, vino a saludarme y me dio un beso en la mejilla. En el cóctel de festejo de un Congreso de Internacional de Arquitectos que hubo en Caracas en la década de los años 50 del siglo pasado, me paré a bailar con un colega haitiano. Luego vino un arquitecto cubano y me dijo, arrogante, en tono de reclamo: ”¿Y ustedes bailan con negros?” Le contesté en tono más arrogante aún: “¡Bailo con mis colegas!”

¿Por qué cuento todas estas tonterías? Porque en el fondo no lo son. Demuestran el arraigo de sentimientos negativos en el alma, origen de muchos conflictos. Yo he hecho de mi vida personal una lucha contra éstos, que a veces nos vienen en los genes. No. Ninguna discriminación es buena. Si siento alguna en el alma, debo, al menos, tratar de extirparla, como quien se saca el pus de un tumor que envenena. El desarraigo de las discriminaciones es tarea primordial del género humano. Sólo así podremos alcanzar algún día la justicia y la paz.

Todo eso está muy bien, me puede decir alguno, pero yo no quisiera que mis hijas o hijos se casaran con negros, ¡son tan feos! Sí, según los cánones de belleza de nuestra cultura occidental, que de cristiana tiene poco. ¿Y cómo se verán nuestras perfiladas y largas narices en el centro de China o de África? ¿Y ese color de rana? En cuanto al cuerpo, ninguna pretendida raza tiene que envidiar a otra. Hay venus y apolos tanto de marfil como de ébano.

No hay razas. Hay diferencias de colores y formas por razones climáticas. Adán y Eva eran africanos. A medida que se fue expandiendo la humanidad, se alejó del trópico, alcanzando zonas de poca iluminación solar, la piel fue perdiendo su pigmento protector; las ventanas nasales se fueron estrechando para defenderse del frío. El cabello también cambió de color y de textura, aunque dejó reminiscencias: encontramos nórdicos de rizo apretado rojo. Y orientales muy blancos, no amarillos. Indios de la India, pretendido crisol de la llamada raza aria, tan negros como el carbón. Y nuestros indígenas, ni de allá ni de acullá: en pleno trópico, del piel tostada -no negra- y pelo liso.

El triunfo de Coco Gauff sobre la rubia Sabalenka me llevó a todas estas reflexiones. Por revancha histórica, cuando yo veo a un negro compitiendo con un blanco, lo más seguro es que vaya con el de azabache. ¿Y si veo a Tiafoe frente a Nadal o Alcaraz? En primer lugar…, ¡éstos no son tan blancos!

Como decía San Josemaría Escrivá: Sólo hay una raza, la raza de los hijos de Dios.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado