En este artículo de opinión, voy a emitir una serie de juicios que tal vez permitan llegar a algunas conclusiones sobre uno de los temas más álgido y polémico que existe en cualquier parte del planeta. Me refiero a la educación que se imparte en todas y cada una de las instituciones dedicadas a la adquisición de conocimiento. Sobre todo, a la educación primaria y secundaria. Que de hecho sea de paso, yo les llamo las “semillitas”. Porque hay que abonarlas y regarlas de conocimiento, de valores morales que tantas falta les hace. Pues bien, volviendo al tema que nos ocupa, o sea, a lo que pudiera pasar “dentro” del subsistema que estamos abordando. Lo importante aquí es ver qué, cómo y cuántos profesionales hemos producido en la Venezuela colmada de riqueza. Y mire usted amiga o amigo lector, la inmensa riqueza que existe en la mayoría de los estados. Oro, hierro, aluminio, bauxita, azufre, plata, carbón, petróleo, agua y pare usted de contar. No obstante, sabemos (y no nos cansaremos de decirlo), que la formación que recibe un gran porcentaje de estudiantes venezolanos, es bastante precaria, deficiente, incompleta. ¿Factores? La lista es innumerable. Si nos ponemos a observar detalladamente el comportamiento de algunos docentes, (con contadas acepciones), por ejemplo cuando están impartiendo alguna que otra asignatura, nos daremos cuenta de que algo está pasando con la formación de donde ese colega egresó. El vocabulario no es el adecuado, su léxico dista mucho de lo que fue el maestro de ayer. Pienso que uno de los factores fundamentales es el incentivo que recibe: ninguno. Incluso, algunos han optado por emprender en otros espacios.
En mi opinión, pienso que debemos cambiar la forma de actuar de los docentes que egresan de las instituciones universitarias. De hecho, me comentaba un amigo, que hay personas que dicen ser docentes, pero que jamás han tomado un libro en sus manos. Su misma forma de comportarse ante la sociedad, lo hace responsable directo del fracaso que tenemos en muchos jóvenes venezolanos y que éstos manifiestan la mala aptitud de ese docente. A Dios gracias, son contados los casos. Claro, usted oye decir a docentes que el estudiante “Pedro de los Palotes” es extremadamente flojo, no trabaja en clase, no hace la tarea, entre otros calificativos; pero me pregunto, a manera de reflexión: ¿Y yo como docente que hago para que mejore? Claro, no toda la culpa son de los pocos docentes que no incentivan a sus estudiantes, tal vez por el “efecto dominó”: “el Estado no me motiva, yo tampoco motivo”. Por otra parte, ¿desde cuándo no se construyen instituciones educativas públicas en Venezuela? Y las que tenemos, el porcentaje de estudiante que asisten es deprimente.
Y aquí viene la otra “bomba”: contamos con docentes que llegan al aula sin preparar su clase, sin material de apoyo, escriben en el pizarrón con “horrores” ortográficos, gritan a los estudiantes, los tildan de indisciplinados, sólo se dedican a dictar lo que está en el texto y listo. No hay debate sobre lo que dictan. Le colocan 20 puntos al estudiante que no asisten al plantel. Incluso, estudiantes que han sido retirados del plantel (conozco casos), entre otras situaciones que dejan mucho que desear en nuestros estudiantes. Creo que este tipo de docente debe hacer un paréntesis y pensar que él, además de profesor, es un maestro; y maestro, como decía Luís Beltrán Prieto Figueroa, es el guía, el orientador de los niños, es el formador dentro y fuera del aula. Y de este tipo de docentes dedicados, tenemos en cantidad. Pero una o dos manzanas dañadas o contaminan a las demás. Ojala que este sea el año de una educación de calidad. Queda abierto el debate.
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