En los albores de la “revolución”, sus líderes estaban empeñados en realizar una Asamblea Constituyente, por cierto, no prevista por la Constitución de 1961. Para justificarla los “revolucionarios” decían y repetían la frase del abate Sieyes durante la Revolución Francesa: la soberanía reside en el pueblo. Algo así como: la decisión del pueblo está por encima de las leyes y punto.
Ya Hugo Chávez cuando era candidato presidencial, ponderando su “democracia directa”, había dicho que si él hacía un mal gobierno y al “su pueblo” no le gustaba, y éste en ejercicio de su soberanía, le solicitaba su salida, él imitando nada menos que a Charles De Gaulle… se iría para su casa.
Y los inocencios aplaudían a rabiar.
– Por fin llegó la democracia – decían
– Se acabaron las cúpulas podridas
– Nosotros decidimos
– Nosotros
– El pueblo manda
– Ponemos y quitamos presidentes
– La soberanía reside en el pueblo, como dice el abate Sieyes…
– ¿El abate quién?
– Sieyes, la soberanía reside en el pueblo
– ¡Ah!
Y el debilitado Tribunal Supremo de la época, incapaz de enfrentar la apabullante influencia de Chávez, contradijo la ley y permitió la realización de una Asamblea Constituyente.
Cambio de residencia
Entonces la soberanía comenzó su mudanza. En primer término, desde el pueblo… hasta Miraflores.
Allí maquinaron una forma de representación para las elecciones de la Asamblea Constituyente, que devino en que el casi el 40 % de los votos opositores obtuvieran una representación de apenas el 4% en la Asamblea. Es decir, la soberanía el “pueblo” opositor quedó casi mudo en la elaboración de la nueva Constitución. Algún deslenguado expresó que la soberanía residía en el pueblo… chavista.
Así, elaboraron “su” Constitución, la sometieron a votación y arrasaron. La mayoría de los venezolanos, quien lo duda, eran “chavistas”. Fue la primera etapa de la “revolución”, caracterizada por un larguísimo boom petrolero, donde el dinero se repartía a borbotones mientras … se destruía la economía.
El proyecto de destrucción estratégica diseñado por Fidel Castro – el Lex Luthor latinoamericano – consistente en acabar con el capitalismo para construir el socialismo, caminaba inexorablemente: exprópiese y desaparecieron miles de empresas privadas. Con eufemismos como democratizar el espectro desaparecieron cientos de televisoras, radios y prensa escrita. Invadieron haciendas en plena productividad que se transformaron en eriales. Expulsaron a 23.000 trabajadores de Pdvsa, la segunda o tercera empresa petrolera del mundo.
Así, los venezolanos nos fuimos quedando sin empresas que produjeran empleos, sin prensa liberada de cortapisas, sin divisas petroleras, lo que ocasionó estos salarios y pensiones indigentes; sin gasolina y gasoil para el transporte, y sin gas para las plantas eléctricas, lo que ha generado estas largas colas en las gasolineras, parálisis en la distribución de productos del campo, y los continuos cortes de luz.
En estas condiciones, el inicial amor del pueblo por la “revolución” se transformó luego de un cuarto de siglo (saque cuentas) en este gigantesco rechazo al gobierno que supera … el 80%.
Se entiende la razón por la que la “revolución” ya no pregona su otrora frase de la soberanía reside en el pueblo. Sabe que, de ser así, tendría que abandonar el poder en el 2024. Por eso tanto leguleyismo.
Hace rato que la soberanía se instaló en Miraflores. Los deslenguados dicen que pasa larguísimas vacaciones en La Habana y que tiene una sucursal en la Contraloría, desde donde han inhabilitado con muy poco por no decir ningún respaldo jurídico, a los candidatos que hoy encabezan los números en la primaria como María Corina Machado, Henrique Capriles, o el caso digno de Ripley de Freddy Superlano, inhabilitado luego de ganar la elección como Gobernador de Barinas.
Te cambio sanciones por democracia
Ante este panorama, Estados Unidos y Europa han aplicado una serie de sanciones contra Venezuela y le han dicho hasta la saciedad al gobierno que las levantarán si éste hace elecciones vinculantes y libera los presos políticos, entre otras medidas de corte democrático.
El gobierno, al mejor estilo cubano, utiliza las sanciones como la gran culpable del desastre económico que vivimos. Pero aquel pueblo que olía a “revolución” ya no le cree. Sabe que las sanciones llegaron … cuando el daño estaba hecho.
Algunos personeros han llegado a sugerir que con sanciones no se puede hacer elecciones, cuidado …
Si a ver vamos, los países sancionadores lo que le piden al gobierno para levantar las sanciones es que éste cumpla la Constitución. Nada espectacular… cumplir con la Ley. El “imperio de la ley” como decía el Libertador.
Los que se descamisan pidiendo eliminación de sanciones, le harían un gran favor a la democracia si paralelamente pidieran elecciones libres. Sería más coherente.
Lo que solicitan los sancionadores es democracia: habilitación de los inhabilitados, un CNE que cumpla su rol, elecciones con cero ventajismo y observación internacional, como en todo el mundo democrático. Nada que no exija la Constitución.
Adelante por arriba de las tumbas, dijo Rómulo Betancourt. La soberanía reside en el pueblo, y el pueblo … somos usted, su vecino y yo. ¡Hagamos respetar nuestros derechos! Somos más, muchos más y tenemos razón. ¿Entonces?
El abate Sieyes tenía razón ayer y la tiene hoy … más que nunca. La soberanía, tiene que residir en el pueblo. Pilas y guáramo son nuestras primeras necesidades.

