Un buen amigo me envió hace unos días un whatsapp con una entrevista del Papa Francisco, en la que alertaba sobre el peligro del “síndrome de 1933”, en referencia al ascenso de Hitler al poder, manifestando su preocupación por los “salvadores de la patria” y los avances de la ultraderecha, proponiendo como antídoto contra tal avance la justicia social.
Tales consideraciones me hicieron reflexionar sobre los silencios que están dándose entre determinados círculos españoles ante las ofensivas ultra-conservadoras. Algo que se está traduciendo en un clima de tensión social y política, en el que los insultos y las descalificaciones están a la orden del día.
Por eso, yo también estoy preocupado ante tales radicalizaciones políticas que surgen no solo en los círculos de la ultraderecha, sino también en otros sectores de los que cabría esperar comportamientos más dialogantes y templados.
El síndrome de 1933
El síndrome de 1933 en Alemania, y en otros lugares, no se puede explicar -ni se entiende- sin tener en cuenta que aquel asalto antidemocrático al poder solo fue posible con la colaboración de algunos de los partidos del centro y el centro-derecha de la época. Es decir, a partir de la radicalización de sectores concretos de la opinión pública y de sus élites políticas. En Alemania esta dinámica fue analizada con detalle en las memorias del excanciller Frank Von Papen, que tanto contribuyó a abrir las puertas del poder a los nazis. ¡Y al que de poco le sirvió -ni a él ni a su país- lamentar dicho error a posteriori! Si es que aquello puede calificarse solo como un simple error.
En España tuvimos un ejemplo paradigmático de cómo el gran partido de las derechas, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), acabó engendrando en su seno, a través de su organización juvenil (las JAP) la serpiente del fascismo, con una organización que también contaba con escuadras uniformadas con botas y correajes, con patrones de conducta miméticos a las escuadras del partido nazi, con un ideario que exaltaba el poder omnímodo del Jefe. “El jefe siempre tiene razón”, llegaba a decirse. Por eso, una vez desencadenado el Golpe de 1936, aquellas juventudes fascistizadas se integraran rápida y fácilmente en la organización política madre del nuevo régimen.
Más allá de la realidad objetiva
Es dudoso que semejantes procesos de deslizamiento político y mimetización puedan darse en las sociedades de nuestro tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que en algunas de ellas, como la española, no se están produciendo los fenómenos de radicalización extrema de la opinión pública de base, como ocurrió en los años treinta del siglo pasado en plena crisis económica y con un notable deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores de la población. Es decir, con una crisis de la Justicia Social, como recordaba el Papa Francisco en la mencionada entrevista.
Hoy en día, el tono de ciertos periódicos, la agresividad de ciertos comentaristas políticos y el endurecimiento de los mensajes de líderes como Feijóo y Abascal, no dejan de causar estupor y preocupación. Sobre todo, en lo que hay de confluencia práctica entre ambas formaciones, que se apoyan mutuamente allí donde se necesitan y que han asumido que formarán gobiernos de coalición donde resulte posible. De ahí, también, la importancia que estos dos partidos atribuyen a las encuestas preelectorales, fijándose primordial y curiosamente en las personas que las realizan, y no en las metodologías que se siguen en su realización práctica.
El catastrofismo indocumentado
Es preciso advertir que en nuestro caso el principal contrapeso, o freno, ante tales derivas, y sus posibilidades de penetración, es la buena marcha de la economía española y las políticas sociales. Por eso, es doblemente inquietante que algunos círculos de las derechas, como los que se nuclean en torno a Núñez Feijóo, se empeñen en intentar burlar dichos obstáculos por la doble vía de oponerse con uñas y dientes a cualquier proyecto de justicia social y de mejora de las condiciones salariales o sociales, al tiempo que combaten sañudamente, incluso con mentiras o “errores” sistemáticos, las informaciones sobre la buena marcha de la economía. Algo que hacen de manera tan sistemática y ramplona que la Ministra de Hacienda, María Jesús Montero, no ha dudado en calificar dicho proceder como un “catastrofismo indocumentado”.
El “catastrofismo indocumentado” y el extremismo crítico y faltón se intenta que sea validado con los pseudodatos de unas encuestas que encumbran a los adalides de dichas estrategias. De ahí el doble propósito de “controlar” las encuestas que realizan los medios de comunicación social más de derechas (que son muchos), al tiempo que se intenta intimidar y acallar a los que no se avienen a supeditar sus datos a tales propósitos. Práctica que no se da solo en España, sino que tiene claras derivas mundiales de la mano de los Trump de turno.
En la exageración de dicha estrategia algunos están llegando a tal punto que han acabado cayendo en una auténtica fetichización de los datos presentando los resultados de sus encuestas como una especie de cuestión de fe, y casi en uno de sus principales argumentos políticos, remarcando un día sí y otro también lo buenos que son sus resultados en “todas las encuestas, excepto en las del CIS de Tezanos”. Con lo cual convierten los debates sobre las encuestas en un asunto importante en su actividad parlamentaria, con frecuentes declaraciones de sus principales líderes. Debido a lo cual han llegado a reemplazar a un líder por otro, con el argumento (sic) de que uno no daba bien en las encuestas y el otro sí. Aunque al final uno y otro parece que quedan muy parejos.
Por esta vía no resultaría extraño que cualquier día acaben haciendo de las encuestas una auténtica bandera electoral. “¡Nuestra propuesta programática -podrían decir- es que tengamos encuestas positivas para nosotros, y no como las del CIS de Tezanos!”. De hecho, ya han presentado una proposición de ley en el Congreso intentando prohibir que al frente del CIS pueda haber alguien que sea miembro, y haya tenido responsabilidades orgánicas, en un partido político, o en una organización sindical.
El CIS de Tezanos
La obsesión de las derechas y sus acólitos con el CIS ha llegado a tales extremos que casi no me quedan páginas disponibles –a cada cual más peculiar y cómica– en el libro que he ido escribiendo día a día a lo largo mi dilatada etapa de trabajo al frente de esta institución. Libro que se titula “El CIS de Tezanos” y que, obviamente, solo publicaré una vez que deje mis responsabilidades en el CIS.
Lo curioso de las críticas al CIS de Tezanos es que en su inmensa mayoría no se refieren a los posibles fallos técnicos o a las carencias que pudieran existir en sus formulaciones técnicas, o en el diseño de sus muestras estadísticas, o en la computación de sus datos. Tareas en las que tanto yo como mis colaboradores y personal del CIS siempre hemos intentado atenernos a los procedimientos más rigurosos y reconocidos internacionalmente. Asuntos sobre los que pocos se resistirían a reconocer nuestros argumentos en un debate de carácter académico riguroso y ordenado. Ni tampoco en lo que concierne a la forma de publicitar los datos con total transparencia, conforme a los más estrictos procedimientos científicos establecidos a nivel internacional (1).
Es decir, lo que algunos cuestionan no es si en el CIS se hacen bien o mal las encuestas, o si las muestras son lo suficientemente amplias y aleatoriamente seleccionadas, o si sus datos aciertan en anticipar las tendencias políticas, una vez celebrados los comicios. Todo eso parece que importa menos que el hecho de que su Presidente sea una persona que pertenece al PSOE
El peligro de la radicalización de las derechas desde hace años. Y que, además, es políticamente cercano a alguien tan “peligroso” como Pedro Sánchez. Al que se insulta sin cesar, al margen de lo que pueda hacer o lograr con su gestión de gobierno.
Prejuicios antipartidos
Cuando las críticas políticas se formulan ad hominen, al margen de lo que se haga o se diga, lo que ocurre es que se prescinde de las formas y maneras propias de la democracia, para seguir la senda del pensamiento autocrático. Desde tal óptica, lo que se pretende no es ganar las elecciones en buena lid a otro partido político, o a un adversario al que se respeta -pero con el que se discrepa-, sino que el objetivo es “desalojar a un enemigo despreciable de la Moncloa” -como dicen-, o llevar ante la Justicia al que encabeza una institución que realiza encuestas que a ti no te gustan, ni te convienen estratégicamente, como ya intentaron hacer conmigo y como algunos insinúan -o estimulan- recurrentemente. Con lo cual no solo están discrepando de unos datos o unos procedimientos científicos, sino que están intentando intimidarme para que cambie -¿falsifique?- los datos que no les gustan. ¡Si no lo haces, atente a las consecuencias! -parecen decirme.
Lo más preocupante de tales formas de proceder es que no solo se está abandonando el terreno del juego limpio propio de los demócratas, sino que se altera la lógica y los tiempos de los procesos políticos, intentando evitar -u oscurecer- que el discurrir del tiempo sea el que determine a quién le dan o le quitan la razón las urnas. Algo que ya ocurrió en las elecciones de 2019, en las que las urnas dieron la razón al CIS. Y que ahora se podría lograr esperando a que los resultados de los próximos comicios dejen claro qué encuestas estaban o no estaban anticipando las tendencias predominantes. Con la provisionalidad propia de este tipo de investigaciones, que siempre deben tener en cuenta que los humanos somos seres libres que podemos movernos en una u otra dirección, quitando, o dando, la razón a unos u otros.
El problema más grave que suscitan los que, a partir del supuesto clamor de unas encuestas favorables a determinados liderazgos, quieren que el actual Gobierno cese ya, y que el Presidente del Gobierno desaloje de inmediato la Moncloa -y se vaya, dicen-, sin respetar los tiempos políticos y electorales establecidos en la Constitución. A la vez que reclaman que el PSOE sea liderado “nuevamente” -sostienen- por los buenos socialistas, que ellos saben perfectamente quiénes son, y no los propios afiliados del PSOE que con tanta democratitis interna –dicen– no hacen más que equivocarse eligiendo a líderes inapropiados.
Tal inclinación a la intromisión interna en el PSOE, unida a la animadversión sistémica hacia los que pertenecemos a partidos constitucionales en el libre ejercicio de nuestros derechos, es lo que realmente asusta; bien sea por la inmadurez democrática que demuestran quienes así argumentan, bien por su falta de compromiso con la democracia y todo lo que significa.
Por esa vía, al final pertenecer a un partido político puede ser una especie de hándicap o incluso un motivo de repudio, estigma o rechazo apriorístico hacia determinados españoles, a los que incluso se pretende impedir “por ley” que puedan ocupar determinadas responsabilidades. Al frente del CIS, por ejemplo. ¿Por qué? ¿Por pertenecer a un partido político o a una etnia o religión concreta, como decían las derechas extremas sobre los judíos bajo el “síndrome de 1933”?
Ante tales argumentos, no puedo dejar de recordar lo que sufrieron millones de personas decentes durante los años aciagos de las dictaduras surgidas en los años treinta. Dictaduras que ahora algunos parecen querer blanquear, con el argumento de que “no hay que reabrir heridas históricas”. Lo que es cierto. Pero hay que cerrarlas bien. Por eso, a mí nunca se me ocurriría sacar los colores a aquellos miembros de los Tribunales de oposición de Cátedra de la Universidad que, incluso una vez aprobada la Constitución de 1978, no se cortaron ni un ápice cuando me llegaron a decir que “no era realista que siendo yo del PSOE y habiendo escrito determinados libros y artículos pensara que podía sacar una Cátedra de Sociología siendo tan joven”. Criterio con el que afortunadamente no coincidieron otros miembros de aquellos Tribunales, que no se daban tantos aires de modernizadores y que comprendían perfectamente que en el campo de los trabajos científicos y académicos deben imperar únicamente los principios del rigor y el método científico, y no los prejuicios ideológicos y/o políticos y el espíritu de confrontación y descalificación.
Confiemos en que los temores que confesaba recientemente el Papa Francisco en esta ocasión no permitan que la sangre llegue al río. TEMAS
1 Vid., por ejemplo, Protecting the integrity of survey research, PNAS Nexus, 2023, 2, págs. 1-10, donde se explican los requisitos y especificaciones que permiten garantizar -informar- sobre lo que es una buena investigación científica, y lo que no lo es.

