La isla de Saadiyat es un distrito en construcción, con el Museo Nacional de Norman Foster avanzando
La capital de los Emiratos Árabes está decidida a convertirse en la meca intercultural
Ese 80% de población expatriada que vive en Abu Dabi –incluido el rey Juan Carlos y ahora también su nieto Froilán– lo va teniendo más fácil para no sentirse desubicado en medio de un pedazo de desierto fogoso al que no paran de crecerle rascacielos. La apuesta que –a golpe de petrodólar– hace la capital emiratí por la cultura “universal” supone a estas alturas un mensaje dentro de una botella con las esencias de la buena globalización: ese “si tú tocas y yo canto” que, según la canción de Maria del Mar Bonet, “quiere decir que nos entendemos”.
Abu Dabi, la segunda ciudad más poblada de los Emiratos Árabes por detrás de Dubai, es una ciudad lujosa y, como tal, busca epatar. Pero no de forma baladí. Una visita a la isla de Saadiyat confirma ahora mismo que la idea de distrito cultural va totalmente en serio: al lado del magnífico Louvre Abu Dhabi de Jean Nouvel avanzan las obras del imponente Guggenheim de Frank Ghery, y también las del Museo Nacional que proyectó Norman Foster.
Junto al Louvre de Jean Nouvel avanzan las obras del Guggenheim de Frank Ghery y las del Museo Nacional que proyectó Norman Foster
Las crestas de ese último se elevan al lado de las recientemente inauguradas Casas Abrahámicas, tres templos contemporáneos estéticamente familiares dedicados a las tres religiones monoteístas, aunque igualmente atraen a un amplio público… por su factor cultural. Excepto, eso sí, en las horas de culto. “Vivimos en Abu Dabi, sí, pero somos de la India, no podíamos pretender que veníamos a rezar”, comenta riendo una familia que ha errado el tiro y se ha presentado el día de la semana que las casas están cerradas al turismo.

Una familia india residente en Abu Dabi frente a las Casas Abrahámicas recién inauguradas en la Isla de la Felicidad
Un dato: un 50% de residentes en Abu Dabi proviene del este asiático. Y por lo que respecta a dar trabajo al sector servicios, la ciudad compite bien con la vecina Dubai, metrópoli de los negocios. “Señora, yo es que tengo tres hijas en Filipinas, ¿sabe?, y en Dubai la vida es muy cara y los sueldos son más bajos, por eso me he tenido que venir aquí”, cuenta la camarera de un restaurante en el que unas elegantes emiratíes dan cuenta de sus narguile (pipas de agua) mientras admiran la playa.

La capital emiratí usa la cultura para que esos 1,5 millones de personas de 180 nacionalidades “coexistan”
En teoría, Abu Dabi entiende la cultura como una herramienta de acercamiento de civilizaciones, un lenguaje universal. A la práctica, la utiliza como una amalgama que dé sentido a la convivencia de ese millón y medio de personas de 180 nacionalidades distintas que “coexisten” en una economía basada en la explotación del petróleo y la construcción (sector, este, que da quebraderos de cabeza a Human Rights Watch por las condiciones de vida de la mano de obra). La idea es que si los profesionales expats son felices aquí, no ansiarán volver a sus países y contribuirán en mayor medida con su experiencia y conocimiento al crecimiento del emirato.
Lo sugiere el director ejecutivo del Festival de Abu Dabi, el libanés Michel El Gemayel, que tras dirigir durante 11 años esta cita con la música y las artes escénicas, fue reclamado desde la vecina y flamante Ópera de Muscat. Hasta que el año pasado, la fundadora del certamen y primera gran mecenas de la cultura emiratí, Huda Alkhamis-Kanoo –una maga de las colaboraciones con las principales instituciones mundiales de la música, como Paloma O’Shea y el Festival de Santander–, le habló como una madre y le hizo “volver a casa”. “Lo que se ve en esta ciudad, el mundo entero coexistiendo en igualdad, no se puede ver en muchas partes. Eso es el futuro”, añade el director del festival que celebra ya su 20.º aniversario.
La Vanguardia de España

