Carlos Ñáñez: La grosera ostentación, un síntoma de la indolencia social

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El saber no es como la moneda, que se mantiene físicamente intacta incluso a través de los intercambios más infames; se parece más bien a un traje de gran hermosura, que el uso y la ostentación van desgastando. Umberto Eco.

Lo advertía San Lucas en su evangelio, “ Ay de aquel que escandalice: más le valdría que le ataran una piedra y lo arrojaran al mar”, en esta sentencia de nuestro señor Jesucristo, se pone de relieve la necesidad de evitar escandalizar con nuestras acciones al hermano, pues estaríamos cometiendo un terrible pecado, estas sentencias cargadas de alegorías son conductores para el carácter, sin embargo, cuando el carácter adolece de hábitos modeladores, es justo que estas acciones de ostentar en medio del hambre, y de mostrar lo mal habido, sean un caso común, y esa es la realidad de nuestro ex país, vivimos inscritos en medio de una emergencia humanitaria compleja que hace crujir los cimientos de la vida misma, nuestro país desapareció y aquella jaculatoria repetida hasta el cansancio durante los inicios del 2022, “Venezuela se arregló” demostró sus severas limitaciones, nunca nos arreglamos y menos lo haremos de la mano de esta hegemonía instalada en el poder.

Somos un país marcado por la desigualdad, que es un síntoma que evidencia la ruptura del contrato social, una república encerrada en una trampa de petróleo, de la cual huyen millares de connacionales, motivados por la imposibilidad de vivir en un país en el cual la injusticia campea, divide y separa a quienes tienen, de aquellos que no tienen acceso a nada, el lujo sibarítico y ofensivo coexiste con la más lacerante pobreza, generando ruptura del contrato social, desconfianza, desmovilización, apatía, nihilismo y control social. El madurismo, que es la prolongación de una regresión totalitaria del chavismo, ha demostrado al igual que su predecesor, una absoluta falta de sentido de la emergencia en materia de asistir el tema económico. La destrucción de la moneda y el salario nos permiten advertir la concurrencia de dos fenómenos inéditos en una economía: por un lado, la desmonetización, y por el otro, la desalarización, fenómenos estos derivados de los rigores de una explosión hiperinflacionaria que aún nos amenaza con reaparecer, para hacer un festín con los restos de la sociedad.

Venezuela es el país de estos contrastes groseros, los mismos que en 1992 llevaron a un puñado de insurrectos a dar un golpe de estado, los males actuales son ahora multiplicados setenta veces siete, por los que llevaron a dar dos intentonas golpistas en 1992. Hoy mientras fuimos sede de la serie del Caribe, había una elite remojando su crueldad e indiferencia en unos Jacuzzi, cuyo costo por visita superaba los doscientos dólares, una neoburguesía que come cual sultanes mientras la dieta proteica de la mayoría no supera los diez gramos de proteína, esa es una realidad espeluznante, una escinción que parte en dos a los venezolanos, los de primera y los miserables, una entelequia inscrita en una Venezuela premium o de primera, que se desarrolla en la quinta república.

Este año del cual solo llevamos algo menos de dos meses, se inició con las protestas de calle de maestros, profesores, médicos y todo el personal de la administración pública, que no están de paro, sencillamente no pueden financiar la ida al trabajo, esa es la verdad, aún existen quienes financian el hecho educativo y la asistencia sanitaria, pero la vocación tiene un límite en el hambre y la imposibilidad, no hay para dar aumentos salariales pero sobra para festines, series del caribe y promesas vacuas, la leve recuperación de la industria petrolera podría permitir un ajuste humano de los salarios, pero hasta eso lo tenemos prohibido, o al menos es una negativa rotunda, tan aislada se encuentra la cúpula que nos gobierna en el poder. Tal es la obstinación de quienes detentan el poder, que hasta la Organización Internacional del Trabajo (OIT), desistió de seguir intentando acuerdos con un régimen que lo menos que desea es sumar bienestar a su población pues el bienestar embrida capacidades y estas conllevan hacia la libertad.

Somos un país pobre en el lenguaje, en el espíritu y en la otredad, sencillamente cada quien se preocupa por su mera y simple existencia, siendo así que la indolencia social es ya otra forma de pobreza, de esas que nos afectan a diario, es la indiferencia ese elemento de generar ostracismo hacia la desgracia ajena y hacer banal toda la maldad vivida y que aún se sigue sufriendo.

Somos el país de la dualidad, de la hegemonía instalada en el poder, viviendo un sultanato y la vidurria, y de los miserables, quienes consumen diez gramos de proteína, padecen y mueren en los hospitales trocados en templos de Thanathos y están condenados ahora a ser educandos de educandos, es decir, todo aquel que tenga un bachillerato puede ser maestro, nunca antes se evidenció un mayor despreció e infravaloración por la profesión docente, una sociedad sin educación está condenada al fracaso, a la ruina y a repetir los mismos horrores, la Venezuela de primera en un país de quinta (república), es la evidencia más grande del clima de derrota colectiva, desánimo y negatividad que hayamos vivido como sociedad, quiera Dios tener misericordia de nuestra tragedia infinita, en profunda lemniscata de un hueco horadado en el medio del tejido social de un país.

La indolencia es una anestesia ante las duras realidades que nos han tocado vivir, permite cohabitar con quienes nos han hecho tanto daño, potabiliza la maldad y la maquilla; la indolencia nos hace indiferentes, crueles, pequeños, el reto está en nosotros, en no permitir que la maldad nos atrape y crezca como una hiedra en nuestros esquemas morales, si no seguiremos siendo el país de los lujos sultánicos y de la tuberculosis, la escabiosis y el paludismo, un país desamparado y depauperado, sobre el cual se baila la danza de la abundancia de los crueles.

Todos ideales y nada de ideas. Umberto Eco.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado