Carolina Jaimes Branger: Carta para una mamá triste

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Querida E,

¡No sabes cuánto me conmovió verte tan triste esta tarde! Cuando te abracé, quise hacer un poquito mía tu tristeza, algo así como tratar de arrancártela para que no te duela tanto… Todas las mamás que hemos sufrido por nuestros hijos sabemos cuánto duele: es el dolor más grande, ése por el que estaríamos dispuestas no solo a cambiarnos por ellos, sino hasta a dar nuestras vidas.

Hace años leí una historia muy bella que hoy quiero compartir contigo. Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, un sabio rey cayó enfermo. Sabiendo que su final estaba cerca, llamó a su hijo, el príncipe heredero, le dio un anillo y le dijo: “Cuando tengas un problema tan grande que no puedas resolver, busca el pequeño papel que guardé en este anillo. Pero hazlo solamente si te encuentras en la situación de no tener otra alternativa, ahí encontrarás la solución para tu problema. El rey falleció a los pocos días y el príncipe lo sucedió en el trono. Fue, como su padre, un buen y sensato rey. Muchos años después se le presentó una situación terrible. Consultó a los sabios de la corte, pero ninguno supo darle respuesta. Entonces recordó el anillo. Lo abrió y encontró adentro un pequeño papel doblado con esmero. Lo abrió y lo leyó. ¿Sabes qué decía el papel? Solamente tres palabras: “Esto también pasará”.

Todo pasa, querida… Aunque sintamos que el mundo se nos viene encima, que no hay salida para nuestra situación, que el dolor nos agobia, que no existe solución, ¡eso también pasará! Dicen que lo único en la vida que no tiene solución es la muerte, pero también la muerte, en sí misma, es una solución.

Yo pasé por lo mismo que tú, por eso te entiendo. Saber que tu hijo tiene una condición distinta no es fácil, y quien te diga que lo es, te está mintiendo. Pero también el dolor tiene sus etapas. Yo te conté las mías, pero te las vuelvo a contar para ayudar a otras mamás tristes, como estuve yo hace años, como estás tú ahora.

Mi primera reacción cuando mi hija Tuti se enfermó fue de negación: “Esto no me está pasando”. Rehusé ver lo que estaba a la vista. Cuando no pude seguir negando que había un problema, entré en la segunda etapa, la rabia. Una rabia, como todas las rabias, ciega, sorda y desesperada: “¿Por qué me pasa esto a mí que no le he hecho daño a nadie» (al menos adrede). De la rabia pasé a la resignación. Pero la resignación no es otra cosa que la manifestación de la conformidad y yo no estaba conforme con lo que me estaba pasando.

Entonces ocurrió una especie de milagro. Una tarde, estábamos en un ensayo de un desfile para recaudar fondos en el colegio donde tenía a mis hijas. Todos los niños iban a participar y Tuti no era la excepción. En aquella época, ella se caía con mucha frecuencia y yo estaba aterrada de que se fuera a caer en el desfile y peor todavía, que se fueran a burlar de ella. Me quejaba amargamente. Una joven maestra, Mariamparo Álvarez de Guzmán, estaba sentada al lado mío, escuchándome. Cuando yo terminé mi retahíla de lamentos, ella me preguntó:

―¿Tienes muchas amigas aquí entre las mamás de los otros niños?

Me extrañó su pregunta, pero le respondí que sí. Ella insistió:

― ¿Y te parece que son buenas personas?

Yo no tenía ni idea de adónde quería llegar. Le respondí afirmativamente.

 

―¿Crees que son buenas mamás?

―Sí, claro…

―¿Cuál de ellas quisieras que fuera la mamá de Tuti?

―¿Estás loca, chica? ¡La mamá de Tuti soy yo! –le dije.

Ella pasó su brazo alrededor de mi hombro y me habló con suavidad:

―¿Te fijas? ¡Tú no quieres que otra sea la mamá de Tuti porque tú sabes que la mejor mamá que ella puede tener eres tú! Cuando llegues a tu casa, mírate en el espejo y dite a ti misma: “La mejor mamá que Tuti puede tener soy yo”.

Al llegar a mi casa, lo hice. Y ése fue un punto de inflexión en mi vida. Porque me di cuenta de que, en efecto, la mejor mamá que mi hijita podía tener era yo. Y la resignación dio paso a la aceptación gozosa de mi situación de vida. Hoy, a sus casi 36 años, Tuti es la más feliz de mis tres hijas. Tiene la autoestima por el cielo, se siente incluida, querida, aceptada como es. Y me doy cuenta de que por más cosas que yo haya podido enseñarle, ella ha sido mi gran maestra.

La mejor mamá que puede tener tu hijo eres tú, nunca se te olvide. Te aseguro que dentro de un tiempo celebraremos que las aguas volvieron a su curso, que esto que pasó fue una etapa más en el aprendizaje de ser mamá de alguien diferente. La alegría, cuando se comparte, se multiplica. Mientras ese día llega, aquí estoy para abrazarte todas las veces que lo necesites. El dolor, a diferencia de la alegría, cuando se comparte, se divide.

Y esto, mi querida E, ¡esto también pasará!

@cjaimesb

 

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