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Margarita Zingg caracterizada de Blancanieves, por Milagros Socorro

 

Cuando las hermanas Zingg Reverón posaron para esta imagen lo hicieron persuadidas de que no sería vista por muchas personas. Total, era un juego. Y, con toda seguridad, no podían imaginar que una década más tarde esta escena rebasaría la evocación de un antiguo cuento para niños y adquiriría un matiz siniestro, puesto que entonces la mirada funesta que desde el espejo contempla a la muchacha bonita no sería la de una madrastra celosa sino la de una sociedad resentida cuyos demonios han escapado del cristal para invadir la realidad y cercenar de un tajo la expresión soñadora de las princesas.

Íconos, una serie

Incluida en la colección del Archivo Fotografía Urbana, esta imagen forma parte de la serie ‘Íconos – Cualquier semejanza a la ficción es pura coincidencia…’, hecha entre 1991 y 1992 por la fotógrafa Margarita Scannone.

El conjunto tenía dos grandes líneas: pintura y cine. Nueve fotos en cada renglón. (Aunque luego agregó otras cuatro). «El concepto de esta serie», explica Scannone, «se basó en la selección de personalidades conocidas de Caracas, que interpretarían figuras célebres de la pintura universal o de la pantalla grande». El grupo de famosos incluía, por ejemplo, al modisto Ángel Sánchez, quien representó a ‘El caballero de la mano en el pecho’, de El Greco; Boris Izaguirre, como ‘Baco’, de Caravaggio; el escritor y editor Ben Ami Fihman en el empaque de ‘Enrique Vill, de Hans Holbein; la socialite Caresse Lansberg se metió en la piel de ‘Gilda’, el personaje cinematográfico que inmortalizara  Rita Hayworth, en 1946; y la actriz Carlota Sosa fue Gatúbela.

La escenografía era de Oscar Mora, quien hoy es un solicitado florista en Mahattan. El maquillaje fue encargado a Mary Duarte, Frank Valero y al mismo Mora. El laboratorio a color quedó en manos de Henry Núñez. Y, con la asesoría de Enrique Lares Monserratte y Morella Scannone, el concepto y la realización eran de Margarita Scannone Márquez, quien tras graduarse en Comunicación Social en la UCAB (1979), siguió estudios de posgrado en el New School of Social Research, en Nueva York, y tomó clases particulares con Ricardo Armas, quien residía en aquella ciudad. De vuelta en Venezuela, Scannone tomó cursos de fotografía avanzada en el Instituto Neumann y, a finales de los 80, empezó una actividad expositiva que llevaría su trabajo a numerosos museos y galerías, así como a las más importantes publicaciones del país.

—Para la serie Íconos -dice la autora- trabajé con cámara Hasselblad; en formato 6X6cm, transparencia y negativo Kodak.  El sistema de iluminación fue Elinchrom. Las fotos fueron ampliadas en el laboratorio Cámara Graphic, en papel metalizado unas, cibachrome otras. La  locación no fue en estudio, sino el amplio corredor de la casa de mis padres en la urbanización El Paraíso. El conjunto de fotografías sería exhibido por primera vez, en 1992, en la Galería Vía, de Las Mercedes, Caracas. Luego ha sido mostrada parcialmente, el MACCSI, cuando todavía estaba su fundadora, Sofía Ímber, en una muestra llamada ‘Memorias de la Visión’; y últimamente en la Sala Mendoza, en una colectiva cuya curadora fue Lorena González.

Se busca Blancanieves

Le preguntamos a la fotógrafa Scannone quién había decidido que Margarita Zingg encarnara a la protagonista del célebre cuento de hadas alemán, una narración de origen popular, conocida por la versión de los de los hermanos Grimm e implantada en la imaginación del planeta gracias a la adaptación en dibujos animados hecho por Walt Disney para el cine, en 1937, con el título de ‘Blancanieves y los siete enanitos’.

—¡Ella misma! –dice Scannone-. Yo le ofrecí el papel de Jessica Rabbit, un monumento del cómic, y ella respondió que si era válido interpretar cartones, entonces ella prefería ser Blancanieves. Por cierto, cuando Irene Sáez se enteró de que Margarita había rechazado la Jessica, quiso personificarla, aportando de su clóset el vestido y hasta los zapatos, ambos de lentejuelas fucsia.

El vestuario que vemos en la fotografía no requirió los trazos de un diseñador criollo, puesto que reproduce casi con exactitud el que apañaran los dibujantes de Disney. Fue confeccionado en el taller de la propia Margarita Zingg, quien optó para el  corpiño por un azul más claro, unas mangas más ampulosas y una falda de un amarillo más vibrante. Minucias. Basta verla un instante para identificar a ella a la hija del rey que hubo de huir de palacio para salvar el pellejo amenazado por una madrastra sicópata.

La foto

La imagen muestra, de izquierda a derecha, a Margarita Zingg Reverón, entonces de Blohm, y a su hermana Mercedes Zingg Reverón, quien había sido modelo.

Al pedirle una nota de voz donde comentara la fotografía, a 30 años de su realización, Margarita Zingg accede con un audio donde se escucha la gruesa voz por la que es conocida, a la que se añaden tintes de simpatía y vivacidad. «Nos divertimos mucho haciendo esta fotografía», evoca Zingg, «porque fue realmente cómico todo. Empezando por el hecho de fuéramos mi hermana y yo quienes hiciéramos esos roles, tan radicalmente antagónicos, y pasando por la circunstancia de que Blancanieves es un personaje de 15 años, si no menos, y yo entonces tenía bastante más de 40».

Nacida en Caracas el 30 de marzo de 1951, esta Blacanieves tenía más de 40 años en este momento, pero el talle y el cutis eran los de una jovencita. Oscar Mora, el maquillador, también recuerda la jornada como una sucesión de risas y camaradería. «Además, desde luego, de una inmensa creatividad. Piénsese que en esos tiempos no contábamos con los efectos especiales de las computadoras. Teníamos que hacer todo con las uñas. En este caso no fue muy difícil, porque Margarita era, es, una belleza y no costó mucho convertirla en una Blancanieves creíble. De hecho, el cabello es el de ella (no requirió peluca) y la blancura de su piel, bueno, esa es célebre».

Las hermanas habían posado para Scannone, con quien tienen parentesco, en el entendido de que las imágenes no se harían públicas. No mas allá de la acotada audiencia de una galería de arte. Pero el resultado fue demasiado tentador para un editor que la seleccionó como imagen de portada para una revista. En cuestión de días, la estampa romántica de Margarita Zingg estaba en los kioscos de todo el país.

La princesa de cuentos

Margarita Zingg Reverón, conocida también por su nombre de casada (de Blohm) era mucho más que una mujer hermosa o una dama de sociedad, que ambas lo era. Y el alto rango. Era una diseñadora de moda, vestuarista de la escena, cradora de tendencias y empresaria. Una artista, puede decirse.

Proviene, además, de dos familias cuya trayectoria en Venezuela puede rastrearse por dos siglos, con un origen en Maracaibo, puesto que su abuelo, Gustav August Heinrich Zingg Miersen (Alemania, 1878 – Caracas, 1963) llegó a la capital zuliana, de su natal Hamburgo, para incorporarse como empleado de la Christern & Co. «Era costumbre», escribió el historiador Ebelio Espínola Benítez, «de las casas alemanas de Maracaibo contratar empleados jóvenes a través de las casas matrices o de sus agentes en Hamburgo o Bremen. Estas tenían siempre aprendices de unos 20 años de edad, a los cuales animaban a aprender el español».

En 1889, cuando arribó a Maracaibo el primer Zingg que hacía vida venezolana, las firmas alemanas más poderosas del país estaban en esa ciudad portuaria, y eran, entre otras, Blohm & Co., creada en 1854, y Christern & Co., fundada en 1876. Contratado por esta vendría el joven Zingg. Nótese, pues, la coincidencia de los apellidos, que luego se verían entrelazados en el matrimonio de Margarita Zingg y Federico Blohm.

La casa Christern & Co., por cierto, tenía entre sus líneas comerciales la representación de diversos artículos de moda, importados de Francia, Alemania y Nueva York. Tras siete años de trabajo con Christern & Co., en 1906, Gustav Zingg fue  ascendido a apoderado general de la empresa. Para entonces había ingresado a los círculos más refinados de la sociedad local y en 1907 contrajo matrimonio con Margarita Aranguren Pocaterra, quien, según rastreó el historiador Ebelio Espínola Benítez, era hija de doña Isabel P. de Aranguren, quien en 1885 consta en la lista de comerciantes importadores y, por el lado paterno, era familiar cercano de Antonio Aranguren Leboff, «el famoso millonario, quien entre otras cosas obtuvo las primeras concesiones petroleras e intervino activamente en la política venezolana».

En 1925, Gustav Zingg, ya independizado de la casa Christern & Co., fundó con otros socios, la Cervecería Zulia, que estaría solita en el mercado del occidente del país hasta que 1931, cuando le salió competencia al crearse la Cervecería Regional. A partir de 1930, Christern, Zingg y Co. empezó a llamarse Gustavo Zingg y Co., y dos años después extendió sus operaciones Caracas, adonde terminaría mudando su sede, que basó en el mítico edificio, entonces prodigio de moderneces, que los caraqueños conocen todavía como Pasaje Zingg.

El hijo de Gustav (y padre Margarita), Hermann Zingg Aranguren (1917-2005), devendría en los años 50, junto con su hermano Gustavo, representante exclusivo de Mercedes Benz en Venezuela.

Lejos de dormirse en esos laureles, la sangre emprendedora que corría en sus venas desde todos los afluentes la impulsó a abrir ella sus propios caminos. Según documentó Verónica Dichy, en su tesis de grado para graduarse de Comunicación Social en la UCAB, en 2007, Margarita Zingg de Blohm «comenzó su carrera en 1976 con una marca de ropa infantil llamada ‘Microshop’. Posteriormente, inaugura la tienda ‘Bellocotton’ y se asocia con el diseñador Hernán Suárez. En los años 80, los dos diseñadores reciben la licencia para Venezuela de Christian Dior Prêt  a Porter, que fabrican en paralelo con la que lleva el nombre de ambos, firma que llevan en sociedad con Mercedes Mancini».

—Desde 1984, -sigue la investigadora Dichy, en su trabajo de grado sobre la moda en los años 80 de Venezuela- Zingg diseña el vestuario de las concursantes del Miss Venezuela, y el guardarropa para los concursos internacionales. Ha colaborado para vestuarios de películas como ‘Roraima’, de Carlos Oteyza (1983) o ‘Un día feliz’, de Diego Rísquez. A esta diseñadora se le caracteriza por su aporte a nobles causas, en 1985 fue presidenta de la Cruz Roja Venezolana y ha aportado con sus colecciones a fundaciones como Fueduca, que ayuda a jóvenes de escasos recursos en su educación y Pro-cura de la parálisis. Hoy en día, Zingg  se encuentra radicada en los Estados Unidos, alejada del mundo de la moda, pero sus colecciones y el aporte a la industria nacional, será recordado por siempre.

Cuando se hizo esta foto, el rostro de Margarita Zingg era, pues, más que conocido. No solo por su asiduidad a las páginas de Sociales, en las que compartía reinado con alguna más, sino porque constaba entre los abanderados de propuestas vanguardistas y porque era una generosa promotora de talentos emergentes; y claro, porque Christian Dior no iba a coser su marca a la de ninguna cogida a lazo.

El espejo estalla en pedazos

El sábado 21 de julio de 2001, una década después de hecha esta fotografía, Margarita Zingg y Federico Blohm, el hombre con quien se había casado a los 17 años, estaban a punto de salir de su casa, la quinta La Llanada, en El Hatillo, Gran Caracas. Tenían, de hecho, el motor del carro encendido, cuando irrumpieron cuatro delincuentes. Amarraron a la pareja y a otros familiares. Entraron a la casa, registraron por todos lados e iban arramblando con los objetos de valor que a su paso encontraban… incluida la vida de él. Lo asesinaron en su propia casa. Entre los criminales se encontraba un tipo que había trabajado 12 años con la familia. Encontrados los asesinos, la policía le echó garra al botín, que contenía un buen moño de joyas, que desaparecieron por segunda vez, ahora en manos uniformadas.

Los Blohm Zingg tenían fama más que de bien avenidos, de idílicos. «Creo», declaró a Faitha Nahmens el periodista Roland Carreño, quien los conocía de cerca, «que una pareja de ese calibre, con tanto esplendor y estilo, que irradiara tanta armonía, es casi irrepetible. Este suceso, una tragedia colectiva, pone una raya en la Caracas alegre y luminosa. Y no hablo de gente adinerada, hablo de elegancia».

Muchos vieron en el brutal crimen una respuesta a la reiterada prédica de odio a los empresarios. Como decía Chávez, a la oligarquía, que él presentaba como alimañanas que debían pisotearse en sus guaridas.

Pero, en fin, Blancanieves está acostumbrada a atravesar el bosque, con sus peligros y presagios, y seguir adelante sin perder el encanto ni la fe en el mundo.

 

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